1932. Maruja Mallo cruza la Puerta del Sol de Madrid sin sombrero. A su lado caminan Federico García Lorca y Salvador Dalí, que también se han descubierto la cabeza. Los transeúntes las miran con desprecio; alguno les lanza piedras. Aquel gesto, en apariencia menor, encerraba un desafío a las normas que dictaban cómo debía comportarse una mujer en la España de entreguerras. Lo que vino después fue todavía más llamativo: un grupo de poetas, pintoras, novelistas, filósofas y activistas que compartieron tertulias, exposiciones y proyectos con los nombres más célebres de la Generación del 27, pero cuyos apellidos desaparecieron de los manuales durante décadas. Se las conoce como Las Sinsombrero, y su historia obliga a reescribir buena parte de lo que se ha contado sobre la cultura española del siglo XX.
¿Quiénes fueron Las Sinsombrero de la Generación del 27?
Las Sinsombrero fueron mujeres que participaron de lleno en la renovación artística y literaria de los años veinte y treinta en España. No se limitaron a acompañar a los poetas varones: escribieron, pintaron, esculpieron, pensaron y publicaron con una ambición que nada tenía de secundaria. Frecuentaron los mismos círculos que Lorca, Alberti o Cernuda, y sus obras dialogaron con las corrientes de vanguardia europea. Pese a todo ello, la historiografía las relegó a un segundo plano durante más de medio siglo. El término «Sinsombrero» agrupa a creadoras de perfiles muy distintos —desde la poesía pura hasta el activismo anarquista, desde el surrealismo pictórico hasta la filosofía—, unidas por un rasgo compartido: el talento que la guerra, el exilio y el olvido no consiguieron borrar del todo.
El origen del nombre Sinsombrero en 1932
El episodio que dio nombre al grupo ocurrió en la Puerta del Sol, cuando Maruja Mallo y varios compañeros de la vanguardia madrileña decidieron caminar sin sombrero por el centro de la capital. En la España de aquella época, prescindir del sombrero equivalía a una provocación: la prenda marcaba el decoro, la clase social y, sobre todo, la obediencia a unas convenciones que reservaban a las mujeres un papel estrictamente doméstico. Quitárselo en plena calle significaba reclamar visibilidad, ocupar el espacio público en las mismas condiciones que cualquier hombre y declarar sin rodeos que ellas también tenían derecho a la vida intelectual de su tiempo.
No fue un acto aislado. Aquel paseo sin sombrero condensaba una actitud que muchas creadoras ya practicaban en privado: la negativa a plegarse al modelo de feminidad impuesto. La anécdota, recuperada por la documentalista Tània Balló, se convirtió con el tiempo en símbolo de la emancipación que estas mujeres buscaban a través del arte, la escritura y el pensamiento.
Las mujeres de la Generación del 27 más destacadas
Entre las poetas sobresalen Rosa Chacel, Concha Méndez, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre, cada una con un registro lírico propio y una trayectoria que el exilio truncó de formas diferentes. En la pintura y la escultura, Maruja Mallo, Ángeles Santos, Marga Gil Roësset, Margarita Manso y Delhy Tejero experimentaron con el surrealismo, el cubismo y el expresionismo, renovando el lenguaje visual español desde dentro.
María Zambrano aportó la vertiente filosófica del grupo; María Teresa León combinó la narrativa con el activismo cultural. Y la lista no se agota ahí: Lucía Sánchez Saornil cofundó el movimiento Mujeres Libres; Carmen Conde fue la primera académica de la Real Academia Española; Luisa Carnés retrató la vida de las trabajadoras madrileñas con una precisión que pocos novelistas de su tiempo igualaron; Margarita Nelken ejerció la crítica de arte y ocupó escaño parlamentario en las tres legislaturas de la Segunda República. Todas compartían una voluntad de renovación que desbordaba cualquier casilla generacional.
Por qué fueron olvidadas de la Generación del 27
La Guerra Civil y la dictadura franquista interrumpieron de golpe las carreras de estas creadoras. Muchas partieron al exilio —México, Argentina, Francia—, donde siguieron trabajando lejos de los focos editoriales españoles. Otras se vieron forzadas al silencio interior, con obras confiscadas, destruidas o simplemente abandonadas en casas vacías. La historiografía de posguerra, dominada por una mirada exclusivamente masculina, redujo su papel al de musas o acompañantes de los «verdaderos» poetas.
El proceso de invisibilización no fue casual. Las estructuras académicas cerraron las puertas a las mujeres durante décadas; las antologías se compilaron sin incluirlas; las exposiciones prescindieron de sus cuadros. Solo a partir de los años noventa, y con un impulso decisivo del documental de Tània Balló estrenado en 2015, la investigación empezó a rescatar nombres, obras y documentos que permanecían dispersos en archivos de medio mundo.
¿Qué artistas y pintoras formaron parte de Las Sinsombrero?
El núcleo de artistas plásticas del grupo reunió a algunas de las pintoras y escultoras más atrevidas de la España de preguerra. Experimentaron con las vanguardias europeas, absorbieron influencias del surrealismo y el expresionismo, y abordaron temas que sus contemporáneos varones rara vez tocaban: la experiencia del cuerpo femenino, la vida cotidiana de las mujeres urbanas, las tensiones entre tradición y modernidad vistas desde una perspectiva que solo ellas podían ofrecer. Expusieron en galerías de Madrid y de París, recibieron elogios de la crítica y, tras la guerra, desaparecieron de las salas y de los libros de texto durante medio siglo largo.
Maruja Mallo y su vanguardismo pictórico
Nacida en 1902 en Viveiro, Lugo, Maruja Mallo creó un lenguaje pictórico que mezclaba el surrealismo con una mirada sardónica sobre la España profunda. Sus series «Verbenas» y «Cloacas y campanarios» confrontan lo festivo y lo macabro, la tradición popular y la modernidad urbana, con una potencia visual que pocos pintores de su generación alcanzaron. Mallo compartió tertulias con Lorca, Dalí y Buñuel; participó en exposiciones que sacudieron la escena madrileña; provocó a la sociedad bienpensante con su forma de vestir, de hablar y de estar en el mundo.
La guerra la empujó al exilio argentino, donde continuó pintando y exponiendo durante más de tres décadas. Su nombre prácticamente se borró de la historia del arte español hasta los años ochenta, cuando una nueva generación de investigadoras empezó a reivindicar su obra. Hoy, sus lienzos cuelgan en museos que antes ni siquiera los catalogaban.
Ángeles Santos y su obra en los años 20
El caso de Ángeles Santos roza lo inverosímil. Tenía dieciocho años cuando pintó «Un mundo», un lienzo de más de tres metros de ancho donde arquitecturas imposibles, figuras etéreas y ciudades flotantes configuran una visión que la crítica comparó con las mejores piezas del surrealismo europeo. La obra causó sensación en 1929 y atrajo la atención de galeristas, escritores y artistas.
Lo que ocurrió después fue casi lo contrario de una carrera artística. Las presiones familiares, las dificultades económicas y el clima represivo de la posguerra apartaron a Santos de la pintura durante décadas. Su historia ilustra algo que se repitió en muchas Sinsombrero: un talento desbordante que las circunstancias sociales cortaron en seco, dejando apenas un destello de lo que podría haber sido una trayectoria mucho más extensa.
Marga Gil Roësset: la escultora olvidada
Marga Gil Roësset nació en 1908 en el seno de una familia culta madrileña y, desde muy joven, mostró una habilidad poco común para la escultura y la ilustración. Sus piezas combinan elegancia formal con una sensibilidad poética que empezaba a llamar la atención en los círculos artísticos de la capital. Tenía apenas veinticuatro años cuando se quitó la vida en 1932, marcada por un amor no correspondido hacia el poeta Juan Ramón Jiménez.
Su muerte prematura privó a la cultura española de una escultora que apenas había empezado a desplegar su capacidad creativa. Pero el drama de Marga Gil Roësset va más allá de lo personal: refleja las restricciones emocionales y sociales que pesaban sobre las mujeres españolas de su tiempo, incluso las que se movían en ambientes aparentemente abiertos a la modernidad.
¿Cuáles fueron las escritoras y poetas de Las Sinsombrero?
Las escritoras del grupo cultivaron géneros muy variados: poesía, novela, ensayo, teatro, periodismo. Compartían con los poetas varones la pasión por la renovación formal y el interés por las corrientes europeas, pero sus voces literarias exhibían rasgos propios. Una atención más directa a la subjetividad femenina. Una exploración de los conflictos entre lo heredado y lo moderno que pasaba inevitablemente por la cuestión de género. Un cuestionamiento de los roles asignados que, en la España de entonces, resultaba tan literario como político.
Pese a la calidad de sus textos, las antologías las ignoraron durante décadas. En el mejor de los casos, aparecían mencionadas de pasada, como compañeras sentimentales de los grandes líricos o como curiosidades biográficas.
Rosa Chacel y Concha Méndez en la Residencia de Estudiantes
Rosa Chacel, nacida en 1898, escribió una narrativa de una complejidad intelectual que la emparenta con las corrientes filosóficas europeas de su época. Su novela «Memorias de Leticia Valle» está considerada una de las obras maestras de la literatura española del siglo XX, aunque permaneció prácticamente desconocida durante décadas. Chacel se interesó por la fenomenología y la psicología, y volcó esas lecturas en una prosa densa, exigente, alejada de cualquier concesión al lector apresurado.
Concha Méndez, por su parte, cultivó una poesía que unía la tradición lírica española con las innovaciones formales de la vanguardia. Frecuentó la Residencia de Estudiantes, participó en la vida cultural madrileña y, detalle nada menor, fundó su propia editorial e imprenta. Las dos compartieron el destino del exilio tras la guerra, lo que contribuyó a que sus nombres se difuminaran en la memoria colectiva española durante la larga posguerra.
María Teresa León, Ernestina de Champourcín y Carmen Conde
María Teresa León fue narradora, dramaturga, ensayista y periodista. Esposa de Rafael Alberti, desarrolló una carrera propia que la fama de su marido eclipsó durante mucho tiempo. Dirigió las Misiones Pedagógicas, defendió la República durante la guerra y escribió textos de una lucidez que hoy se empieza a reconocer.
Ernestina de Champourcín representa la vertiente más lírica y espiritual del grupo. Su poesía evolucionó desde un intimismo cercano a Juan Ramón Jiménez hasta una escritura religiosa de gran intensidad mística, un itinerario poco habitual entre las voces de su generación. Carmen Conde recorrió otro camino: fue la primera mujer en ingresar en la Real Academia Española, en 1978, y dejó una obra poética amplia que combina sensibilidad lírica con compromiso social y reivindicación feminista. Su escritura constituye un reflejo valioso de la experiencia de las mujeres españolas a lo largo del siglo XX.
Josefina de la Torre y Luisa Carnés en los años 20 y 30
Josefina de la Torre, canaria de nacimiento, reunió en su figura a la poeta, la novelista y la actriz. Sus poemarios «Versos y estampas» y «Poemas de la isla» captan con delicadeza la atmósfera y el paisaje de las islas, con una voz lírica refinada que la distingue del resto del grupo. Fue, con diferencia, una de las pocas creadoras de su generación que logró destacar simultáneamente en el cine, el teatro y la literatura.
Luisa Carnés encarna la vertiente más comprometida socialmente. Proveniente de una familia obrera, Carnés escribió una narrativa de denuncia que retrata las condiciones de vida de las trabajadoras en la España de entreguerras. Su novela «Tea rooms. Mujeres obreras» ofrece un relato preciso y conmovedor de la vida de las empleadas de comercio en el Madrid de los años treinta, combinando la observación documental con la conciencia política y una sensibilidad literaria que la aleja del panfleto.
¿Qué filósofas y pensadoras destacaron en Las Sinsombrero?
El grupo no se circunscribió a las artes plásticas y la literatura. Varias intelectuales abordaron la filosofía, la crítica de arte, la política y el feminismo con una profundidad que desafiaba los paradigmas de su tiempo. Lo hicieron, conviene recordarlo, en un contexto donde las mujeres apenas accedían a la universidad y las instituciones académicas les cerraban las puertas con naturalidad. Pese a esas barreras, lograron construir obras que dialogaban con las corrientes filosóficas europeas y que, décadas después, mantienen su vigencia.
María Zambrano y su pensamiento filosófico
María Zambrano es, probablemente, la intelectual española más influyente del siglo XX. Discípula de Ortega y Gasset y de Zubiri, Zambrano construyó un sistema de pensamiento propio que bautizó como «razón poética»: una propuesta que intenta reconciliar la lógica con el sentimiento, el pensamiento abstracto con la experiencia vivida. Obras como «El hombre y lo divino», «Claros del bosque» o «La confesión: género literario» la sitúan entre las voces filosóficas más originales del siglo pasado.
Participó activamente en los debates culturales y políticos de los años veinte y treinta, colaboró en revistas y mantuvo una correspondencia intelectual con buena parte de la élite pensante de la época. Tras la guerra, vivió un exilio de más de cuarenta años en el que su obra permaneció casi invisible dentro de España. Solo al final de su vida recibió el reconocimiento que le correspondía, coronado con el Premio Cervantes en 1988.
Lucía Sánchez Saornil: poeta y activista
Lucía Sánchez Saornil empezó publicando poemas de vanguardia ultraísta en revistas como «Los Quijotes» y «Tableros», casi siempre bajo seudónimos masculinos para esquivar los prejuicios de la época. Su poesía muestra una capacidad de experimentación formal que la coloca entre las figuras más innovadoras de la lírica española de los años veinte.
Pero Sánchez Saornil es recordada sobre todo por su activismo. Cofundó la organización Mujeres Libres durante la Guerra Civil, un colectivo anarquista que defendía la emancipación de las trabajadoras y su participación igualitaria en la lucha revolucionaria. Su postura feminista no solo cuestionaba el patriarcado tradicional, sino también el machismo que detectaba dentro de las propias organizaciones de izquierda. Una doble batalla que pocas intelectuales de su tiempo se atrevieron a plantear con tanta claridad.
Margarita Nelken y su labor intelectual
Nacida en 1894 en una familia de origen judío-alemán, Margarita Nelken recibió una educación cosmopolita que le permitió mirar la cultura española con una perspectiva amplia, comparativa, a menudo incómoda para el establishment. Su libro «La condición social de la mujer en España», publicado en 1919, ofrece uno de los análisis más lúcidos sobre la situación femenina en las primeras décadas del siglo XX español.
Nelken fue elegida diputada en las tres legislaturas de la Segunda República, una de las pocas mujeres que ocuparon escaño parlamentario en aquel periodo. Su defensa de los derechos de las mujeres y de las clases trabajadoras la convirtió en una figura controvertida pero difícil de ignorar. Tras la guerra se exilió en México, donde continuó escribiendo y ejerciendo la crítica de arte hasta su muerte en 1968.
¿Cómo fue la vida de Las Sinsombrero en los años 20 y 30?
Los años veinte y treinta fueron, para estas mujeres, un periodo de efervescencia sin precedentes. La Segunda República amplió los derechos femeninos: acceso a la educación superior, derecho al voto, posibilidad de ejercer profesiones que antes estaban vedadas. En ese contexto, las Sinsombrero pudieron frecuentar espacios que antes les resultaban inaccesibles y tejer redes de colaboración con los protagonistas de la renovación cultural española. Aquella apertura fue, con todo, breve y frágil. El estallido de la Guerra Civil en 1936 la interrumpió de golpe, empujando a muchas de estas creadoras al exilio, al silencio o, en los casos más trágicos, a la muerte.
La Residencia de Estudiantes y el ambiente cultural
La Residencia de Estudiantes funcionó como epicentro de la vida intelectual española durante aquellos años. Concebida originalmente como institución masculina, la Residencia y su complemento femenino —la Residencia de Señoritas— se convirtieron en puntos de encuentro donde coincidían los miembros más conocidos de la Generación del 27 con las mujeres que formaban parte del mismo movimiento. Conferencias, conciertos, exposiciones y tertulias se sucedían en un ambiente de libertad intelectual que, para las creadoras, representaba algo más que un estímulo: era la posibilidad de desarrollar sus inquietudes sin las restricciones que imponía la sociedad fuera de aquellos muros.
El Lyceum Club Femenino, fundado en 1926, cumplió una función parecida. Creado específicamente para promover la educación y la participación cultural de las mujeres, el Lyceum ofreció un espacio donde las Sinsombrero podían debatir, organizar exposiciones y construir las redes de apoyo que la sociedad les negaba en otros ámbitos.
Margarita Manso, Delhy Tejero y las artistas plásticas
Margarita Manso desarrolló una obra pictórica de influencia cubista y surrealista, y participó en las exposiciones de vanguardia de los años veinte y treinta. Su compromiso con la educación artística la llevó a colaborar con las Misiones Pedagógicas de la República, que acercaban el arte y la cultura a las zonas rurales de España. Delhy Tejero, por su parte, creó un lenguaje pictórico personal: paleta cromática vibrante, fusión de tradición popular española con innovaciones formales venidas de Europa.
Estas pintoras compartían talleres, exponían juntas y mantenían relaciones de amistad y colaboración profesional que formaban una red de apoyo mutuo imprescindible en un ambiente artístico dominado por hombres. La guerra dispersó sus obras y condenó a la mayoría al olvido durante décadas. Recuperar sus cuadros ha exigido rastrear archivos, colecciones privadas y almacenes de museos que ni siquiera sabían lo que guardaban.
La relación con Luis Cernuda y otros poetas de la Generación del 27
Las Sinsombrero mantuvieron vínculos variados con los poetas varones del grupo: colaboraciones artísticas, amistades íntimas, relaciones sentimentales, lazos familiares. Lorca fue amigo cercano de Maruja Mallo y participó con ella en provocaciones culturales como el paseo sin sombrero. Dalí trató con varias de estas mujeres durante sus años en la Residencia de Estudiantes. Cernuda compartía con ellas una sensibilidad poética afinada y cierta posición de marginalidad frente a las convenciones sociales.
Con todo, esas relaciones no siempre fueron equitativas. En muchos casos, las contribuciones de las mujeres quedaron minimizadas por sus propios compañeros. Y la historiografía posterior agravó el problema: tendió a presentar a las Sinsombrero como musas o acompañantes de los grandes poetas, negándoles la condición de creadoras autónomas con voz propia. Corregir esa distorsión ha sido uno de los objetivos de la investigación reciente.
¿Por qué es importante recuperar la memoria de Las Sinsombrero?
Recuperar la memoria de estas mujeres no responde solo a un acto de justicia histórica. Responde a una necesidad cultural: durante décadas, la historia de la Generación del 27 se contó de manera parcial, omitiendo la participación femenina y ofreciendo una imagen sesgada del movimiento. Esa omisión empobreció la comprensión del pasado y privó a generaciones de lectoras y artistas de modelos de creatividad e independencia intelectual. El trabajo de Tània Balló y de numerosas investigadoras académicas ha permitido redescubrir obras de gran valor que estaban dispersas o mal catalogadas, enriqueciendo el patrimonio cultural español y abriendo nuevas perspectivas sobre lo que significó la modernidad en España.
El legado artístico y cultural de estas mujeres olvidadas
El legado de Las Sinsombrero abarca prácticamente todos los ámbitos de la creación. Las pinturas de Maruja Mallo y Ángeles Santos, la poesía de Concha Méndez y Ernestina de Champourcín, la filosofía de María Zambrano, la narrativa de Rosa Chacel y María Teresa León, el compromiso intelectual de Margarita Nelken y Lucía Sánchez Saornil: cada una de estas contribuciones tiene peso propio y ocupa un lugar diferenciado en la cultura española del siglo XX.
Pero el legado va más allá de las obras concretas. Estas mujeres propusieron modelos alternativos de feminidad, reclamaron el derecho a participar en la vida pública, cultural y política, y lo hicieron manteniendo el compromiso con la creación incluso en las condiciones más adversas del exilio y la represión. Esa determinación constituye, en sí misma, una aportación que trasciende lo estrictamente artístico.
Norah Borges y otras Sinsombrero internacionales
El fenómeno de Las Sinsombrero no se circunscribió a España. Norah Borges, hermana del escritor argentino Jorge Luis Borges, fue pintora y grabadora con estrechos vínculos con la vanguardia española, especialmente durante su estancia en los años veinte. Su obra, influida por el ultraísmo y el expresionismo, dialoga con las propuestas de las artistas españolas y comparte su espíritu de experimentación. Serrana Torres y otras creadoras latinoamericanas participaron de un movimiento transnacional de mujeres que buscaban abrirse camino en el arte y la literatura, afrontando obstáculos similares a los que encontraban las Sinsombrero en España.
Estas conexiones internacionales revelan algo que conviene no pasar por alto: la invisibilización de las mujeres creadoras no fue un fenómeno local, sino una constante en las sociedades occidentales de la época. Entender las redes que estas artistas tejieron entre países ayuda a calibrar la magnitud de lo que se perdió y de lo que, poco a poco, se está recuperando.
La influencia de Las Sinsombrero en la cultura actual
Desde que Tània Balló presentó su documental, el interés por Las Sinsombrero no ha dejado de crecer. Investigaciones académicas, exposiciones, reediciones de obras y proyectos educativos han devuelto estos nombres a la conversación cultural. Para los movimientos feministas contemporáneos, las Sinsombrero representan algo más que figuras históricas: son ejemplos de mujeres que desafiaron las normas de su tiempo y lucharon por crear con libertad en una sociedad que se lo ponía difícil.
Su redescubrimiento ha enriquecido la comprensión de la Generación del 27, mostrando que aquel movimiento fue bastante más diverso de lo que los manuales han enseñado durante décadas. Queda todavía trabajo por hacer. Hay archivos sin explorar, obras sin catalogar, nombres sin rescatar. La historia de las Sinsombrero no es un capítulo cerrado: es una investigación en curso que sigue ampliando el mapa de la cultura española.