¿William Shakespeare era bisexual? La verdad sobre los sonetos de amor del dramaturgo

Imagen
¿Era William Shakespeare bisexual?
Redacción | Vie, 30 Ene 2026 - 19:52
Comentar: 0
Algunos estudios de la obra poética de William Shakespeare, especialmente parte de sus sonetos, señalan que el poeta más importante de la literatura británica podría haber sido bisexual y haber amado de forma indiferente a hombres y mujeres.

La sexualidad de William Shakespeare lleva siglos provocando discusiones encendidas entre académicos. El análisis de sus sonetos de amor ha avivado ese debate más que cualquier otro aspecto de su obra. ¿Sintió el dramaturgo más influyente d la lengua inglesa atracción hacia personas de ambos sexos? Los indicios sugieren que su vida sentimental fue bastante más enrevesada de lo que nos contaron en el colegio. Sus 154 sonetos, diseccionados por generaciones de expertos, contienen elementos que apuntan hacia una sexualidad compleja, aunque cualquier conclusión debe leerse con cautela: hablamos de alguien que vivió hace más de cuatro siglos, en una época que concebía la intimidad de formas radicalmente distintas a las nuestras.

¿Qué evidencias sugieren que William Shakespeare era bisexual?

Los 182 sonetos y su destinatario masculino

La cifra canónica habla de 154 sonetos, pero algunos estudiosos elevan el recuento hasta 182 cuando incluyen variantes y versiones alternativas de la colección. Lo verdaderamente llamativo es que una porción considerable de estos poemas va dirigida a un hombre: un joven aristócrata al que los especialistas llaman el "Fair Youth" o joven bello. Los primeros 126 de la secuencia están dedicados a esta figura masculina; los restantes se dirigen a la misteriosa "dama oscura". Esta distribución ha obligado a muchos investigadores a replantearse la orientación sexual del poeta desde una perspectiva menos rígida que la lectura heteronormativa que dominó durante siglos la crítica shakespeariana.

El tono de estos sonetos dirigidos al joven aristócrata es apasionado, íntimo. Profundamente cariñoso. El soneto 119, por citar un caso concreto, contiene pasajes que numerosos académicos leen como expresiones de deseo romántico y físico. El doctor Paul Edmondson, especialista reconocido en la obra del dramaturgo, ha insistido en que estos textos no pueden despacharse como simples muestras de amistad platónica típica del Renacimiento. Merecen, según él, un análisis desde un contexto primordialmente homosexual o, con mayor precisión, bisexual, dado que Shakespeare expresó amor hacia mujeres tanto en su obra como en su vida personal.

Imagen
Portada de los sonetos de Shakespeare

La relación de Shakespeare con Henry Wriothesley

Entre las teorías más sólidas sobre la identidad del destinatario masculino destaca la que señala a Henry Wriothesley, conde de Southampton. Este joven noble y mecenas de las artes recibió la dedicatoria de varios trabajos tempranos del poeta. La relación entre ambos ha sido objeto de un escrutinio intenso porque las dedicatorias de Shakespeare hacia este aristócrata emplean un lenguaje extraordinariamente efusivo, que desborda las convenciones habituales entre un artista y su patrocinador. Wriothesley era culto, considerado hermoso según los cánones de su tiempo, y significativamente más joven que el dramaturgo: un perfil que encaja con las descripciones del "Fair Youth".

Quienes investigan la posible bisexualidad del poeta destacan que la intensidad emocional de los sonetos dirigidos al conde trasciende la mera gratitud profesional. El profesor Sir Stanley Wells, una de las máximas autoridades mundiales en estudios shakespearianos, ha comentado que resulta difícil interpretar estos textos sin reconocer al menos la posibilidad de una atracción romántica y quizá física. Vista a través del prisma de esta relación con Wriothesley, la vida amorosa de Shakespeare adquiere dimensiones mucho más complejas que la narrativa tradicional del poeta felizmente casado con Anne Hathaway durante todos sus años.

Análisis de expertos sobre la sexualidad del escritor

Revistas académicas y medios de divulgación cultural como The Independent han dedicado páginas y páginas a diseccionar este asunto. ¿Qué dicen los análisis más recientes? Que las pruebas textuales pesan lo suficiente para sostener que Shakespeare sintió atracción por hombres y mujeres. Nadie pretende encasillar a una figura del siglo XVI con etiquetas del XXI; la intención es otra: entender la vida emocional de quien escribió las obras más representadas de la historia del teatro. Edmondson y sus colegas llevan años advirtiendo que pasar por alto esta faceta empobrece cualquier lectura seria de los sonetos.

Imagen
Imagen de Henry Wriothesle, el supuesto objeto del deseo homosexual de Shakespeare

¿Qué revelan los sonetos de Shakespeare sobre su orientación sexual?

Contenido erótico en los sonetos dirigidos a hombres

El análisis del contenido erótico en los sonetos de amor masculinos revela un lenguaje cargado de deseo, anhelo y pasión que muchos académicos consideran inequívocamente romántico y sexual. En el soneto 119, entre otros, aparecen imágenes del cuerpo, alusiones directas a la belleza física del destinatario, frases que transmiten una voluntad de pertenencia. Leerlos como pura amistad exige cerrar los ojos ante lo evidente. El poeta describe la juventud del joven, el efecto casi narcótico que provoca en él, cómo le consumen los sentimientos. Sir Stanley Wells, tras décadas estudiando estos versos, ha llegado a una conclusión difícil de rebatir: lo que expresan es amor romántico vivido, no un ejercicio retórico al uso de la época.

Hay en estos sonetos una desnudez emocional que choca con las normas de masculinidad vigentes en la Inglaterra isabelina. Shakespeare no se limita a elogiar la apariencia del joven: confiesa celos, reconoce su propia inseguridad, anhela ser correspondido, teme que le abandonen. Son las emociones de quien está enamorado hasta los huesos. Esa franqueza, que ha sobrevivido cuatro siglos, nos deja asomarnos a la intimidad del dramaturgo y apunta a que su capacidad de desear incluía a personas de su mismo sexo.

Comparación entre sonetos masculinos y femeninos

Cuando se ponen lado a lado los sonetos para el joven y los dedicados a la dama oscura, saltan a la vista diferencias notables de tono, intensidad y registro emocional. Los primeros rebosan admiración idealizada, una devoción que roza lo espiritual, un amor casi etéreo. Los otros tienen un aire más sombrío, recorridos por el deseo de la carne, el sentimiento de culpa, el reprocharse cosas a uno mismo. A ojos de Edmondson, el contraste no puede ser accidental: responde a experiencias sentimentales de naturaleza distinta según a quién iban dirigidos los versos.

La diferencia no se queda en el contenido: afecta a la factura misma de los poemas. Los sonetos para el joven suelen considerarse más pulidos, con mayor altura poética, emocionalmente más hondos. ¿Qué significa eso? Algunos lo leen como indicio de que el lazo con el destinatario masculino era más genuino, más hondo. Otros prefieren pensar en etapas distintas de la vida del poeta o en convenciones diferentes según el género. Sea cual sea la explicación, lo que queda claro es que estos sonetos dibujan un mapa de la sexualidad humana que no cabe en categorías sencillas.

Imagen
Casa de Shakespeare en Strattford

El lenguaje de la sexualidad en la obra shakespeariana

El vocabulario de la sexualidad no se circunscribe a los sonetos; recorre todo el teatro de Shakespeare. "Como gustéis" y "Noche de Reyes" juegan con la identidad sexual, presentan amores entre personajes del mismo sexo (muchas veces bajo disfraz) y exploran la maleabilidad del deseo. Sir Brian Vickers ha subrayado que Shakespeare entendía la complejidad sexual de un modo sorprendentemente moderno, y ha especulado con que ese entendimiento procedía de la experiencia propia. ¿Por qué vuelve una y otra vez a situaciones de ambigüedad de género, de travestismo, de triángulos amorosos enredados? Quizá porque esas cuestiones le tocaban de cerca.

¿Cómo interpretan los académicos si el escritor era bisexual?

La postura de Sir Stanley Wells sobre la bisexualidad de Shakespeare

El profesor Sir Stanley Wells, editor de la prestigiosa edición de Oxford de las obras completas de Shakespeare y presidente honorario de la Sociedad Shakespeare Británica, ha sido uno de los académicos más prominentes en afirmar públicamente que la evidencia sugiere bisexualidad. Según Wells, los sonetos transmiten amor verdadero hacia un hombre joven. Descartarlos como convención literaria o camaradería de época obliga a ignorar un lenguaje que es, a todas luces, erótico y romántico. Reconoce que hay que tener cuidado al trasladar conceptos actuales a figuras del pasado, pero sostiene que la honestidad intelectual exige admitir lo que los versos dicen: Shakespeare sintió atracción romántica —y probablemente física— hacia personas de los dos sexos.

No todo el mundo en la academia comparte esta visión; Wells ha recibido críticas. Pero su lectura representa una ruptura con décadas de interpretaciones que barrían bajo la alfombra cualquier rastro homoerótico en los textos de Shakespeare. A su modo de ver, reconocer que el poeta sentía atracción por hombres no empequeñece su legado. Lo contrario: añade capas a nuestra idea de quién fue y de dónde venía esa profundidad emocional que empapó su escritura. Y lo cierto es que, gracias a trabajos como el suyo, los investigadores más jóvenes pueden ahora acercarse al tema sin cargar con los prejuicios que pesaban sobre generaciones anteriores.

Imagen
Escultura de Shakespeare en Chicago

Investigaciones de Paul Edmondson sobre los sonetos

El doctor Paul Edmondson, investigador principal de la Sociedad Shakespeare Británica y coautor de varios estudios sobre los sonetos, lleva años analizando estos poemas con lupa. A su juicio, los 154 sonetos forman una secuencia coherente que narra experiencias emocionales reales, por más que estén filtradas por la estilización literaria. Su trabajo detalla cómo el soneto 119 y textos afines usan un vocabulario que, en el contexto isabelino, cualquier lector habría entendido como declaración de amor apasionado, no como muestra de amistad entre varones. La especificidad e intensidad de lo que se expresa apuntan a vivencias de primera mano, no a ejercicios de estilo.

Edmondson sitúa los sonetos dentro de la tradición renacentista más amplia y demuestra que, aunque existían moldes para expresar afecto entre hombres, Shakespeare los desborda con creces. Quien lea estos poemas dejando a un lado los filtros de la heteronormatividad encontrará que el componente homosexual salta a la vista en buena parte de ellos. Para Edmondson, esa faceta resulta imprescindible si queremos captar de verdad lo que hay en la poesía del autor. Su trabajo ha puesto negro sobre blanco algo que ya no cabe esquivar: acercarse a Shakespeare obliga a tomarse en serio su sexualidad y el modo en que esta nutrió su talento para dar voz a todo el abanico de emociones humanas.

Debate académico en publicaciones especializadas

El tema ha saltado a medios de referencia como The Telegraph. Allí han cruzado argumentos voces muy distintas. Por un lado, académicos de perfil más tradicional alertan de que estaríamos trasladando esquemas mentales de hoy a una época que entendía las relaciones entre hombres de otra manera. Por otro, hay quienes responden con un argumento difícil de tumbar: el amor, como experiencia, cruza fronteras y siglos. The Telegraph ha recogido tanto los argumentos de quienes ven las pruebas textuales como concluyentes como los de quienes mantienen reservas.

Lo notable en este debate es el creciente consenso de que, independientemente de cómo categorizemos su sexualidad, los sonetos indiscutiblemente expresan amor romántico hacia un hombre joven. Hasta los académicos que evitan la palabra "bisexual" admiten que estos versos no se explican solo con convenciones literarias. Ese reconocimiento supone un salto importante en los estudios shakespearianos: abre la puerta a lecturas más sinceras y matizadas de la vida amorosa del poeta, y a entender mejor cómo sus vivencias personales moldearon una obra que sigue viva cuatro siglos después.

Imagen
Los personajes de las principales obras de Shakespeare en una pintura anónima

¿Qué diferencias hay entre Romeo y Julieta y los sonetos de amor masculinos?

Expresiones de amor heterosexual en Romeo y Julieta

Si hay una obra que encarna el amor entre hombre y mujer en la literatura occidental, esa es "Romeo y Julieta". Lleva siglos moldeando nuestra idea de lo que significa la pasión juvenil. Shakespeare pinta el amor de los protagonistas como un rayo: instantáneo, devastador, trágico y, a la vez, envuelto en idealización. Las palabras de Romeo al describir a Julieta están llenas de cielo, de luz, de comparaciones con lo divino, de entrega sin reservas. Pero si ponemos ese lenguaje junto al de los sonetos dedicados al joven aristócrata, asoman parecidos y diferencias que vale la pena mirar de cerca.

En la tragedia veronesa, el amor se desarrolla dentro de un contexto que lo presenta como legítimo a ojos de la sociedad; lo que lo convierte en tragedia son factores externos: las familias enfrentadas, el azar, la fatalidad. Nada en la naturaleza misma de la relación la condena. Los sonetos de amor dirigidos a hombres, en cambio, carecen de este contexto de legitimidad social; existen en un espacio más ambiguo y privado. El poeta sabía perfectamente que declarar amor a un hombre tenía implicaciones muy distintas a hacerlo a una mujer. Que pudiera expresar ambas formas con igual hondura y convicción refuerza la idea de que experimentaba atracción hacia los dos géneros.

Intensidad emocional en los sonetos dirigidos a hombres

La carga emocional de los sonetos masculinos supera, en muchos pasajes, la pasión de "Romeo y Julieta". En el escenario, el amor de los protagonistas corre hacia su desenlace trágico a toda velocidad. Los sonetos, en cambio, dejan ver una relación que se extiende en el tiempo, llena de pliegues, vuelta hacia dentro. El poeta se mira a sí mismo con una franqueza que pocas veces asoma en sus obras de teatro. Los sonetos de amor masculinos expresan no solo pasión, sino inseguridad, celos, gratitud, adoración y la dolorosa conciencia del paso del tiempo y la mortalidad.

El lenguaje de estos poemas contiene referencias más veladas, pero igual de potentes, al deseo físico, entrelazadas con una exaltación espiritual del amor que, en ciertos aspectos, eclipsa los momentos más románticos de los protagonistas veroneses. Lo carnal y lo espiritual, la pasión de la carne y una devoción casi religiosa, conviven en un retrato del amor que muchos estudiosos juzgan más maduro y complejo que el ímpetu adolescente de Romeo y Julieta. Que Shakespeare dedicara tantos sonetos a explorar esas emociones hacia un destinatario masculino indica que fueron parte sustancial de su vida afectiva y creativa.

Imagen
Grabado con una escande la familia de Shakespeare

Contraste del lenguaje romántico según el destinatario

El contraste en el registro romántico que emplea Shakespeare según el género de quien recibe sus versos revela tanto las convenciones de la época como, muy probablemente, vivencias personales. En "Romeo y Julieta" y otras obras que presentan amor heterosexual, el lenguaje resulta apasionado pero generalmente opera dentro de marcos poéticos convencionales que el público isabelino habría reconocido de inmediato. En los sonetos al joven aristócrata, el poeta rompe o trasciende esas convenciones a menudo, forjando un lenguaje más personal, idiosincrático, íntimo. Parece que, mientras las obras de teatro se escribieron pensando en audiencias públicas y posibles censores, los sonetos constituían un espacio más privado donde cabían emociones más auténticas.

¿Cómo afecta el contexto histórico de hace 400 años a la interpretación de si Shakespeare era bisexual?

Convenciones sociales isabelinas sobre la sexualidad

No se puede hablar de la sexualidad de Shakespeare sin meterse de lleno en el barro de la Inglaterra isabelina y jacobina. La mentalidad de entonces sobre el sexo, la identidad y las relaciones entre personas poco tenía que ver con la nuestra. Nadie pensaba en términos de "orientación sexual" como algo fijo, como un rasgo que te define; lo que importaba era si un acto concreto era pecado o no, y punto. Dos hombres podían profesarse afecto intenso, escribirse cartas que hoy sonarían a declaración de amor, y eso entraba dentro de lo tolerable. Otra cosa eran los actos físicos: la sodomía estaba penada con dureza en los códigos legales, aunque en la práctica los juicios y condenas fueran escasos.

Todo esto enturbia la pregunta sobre la bisexualidad del poeta. Ponerle una etiqueta de identidad sexual contemporánea a alguien que vivió bajo un sistema de ideas completamente diferente tiene algo de trampa histórica. Con todo, voces como la de Sir Stanley Wells nos recuerdan algo que merece la pena no perder de vista: los conceptos cambian, sí, pero ciertas experiencias humanas se repiten siglo tras siglo. El amor romántico, el deseo físico, la atracción emocional profunda existían hace cuatro siglos tanto como existen hoy, independientemente de cómo se conceptualizaran o expresaran. De modo que, aun manejando las palabras con pinzas, la pregunta sigue teniendo sentido: ¿vivió Shakespeare algo que hoy reconoceríamos como bisexualidad?

Imagen
Supuesto retrato de William Shakespeare

El matrimonio de Shakespeare con Anne Hathaway

William Shakespeare se casó con Anne Hathaway en 1582; él tenía dieciocho años y ella veintiséis, una diferencia de edad llamativa para la época, más aún siendo la mujer mayor. Pasó muchos años con Anne, aunque la mayor parte de su vida adulta transcurrió en Londres, alejado de su familia en Stratford-upon-Avon. De ese matrimonio nacieron tres hijos: Susanna, la primogénita, y después los gemelos Hamnet y Judith. Nadie duda de que Shakespeare tuvo una vida conyugal con una mujer. Eso prueba atracción heterosexual, pero no descarta nada más. Al revés: encaja con la idea de una vida amorosa que abarcaba a personas de uno y otro sexo.

Los años junto a Anne Hathaway estuvieron marcados por largas separaciones geográficas, un patrón que ha generado especulación sobre la naturaleza de su relación matrimonial. Algunos biógrafos sugieren que el matrimonio fue primordialmente convencional y social, posiblemente resultado de un embarazo prematrimonial (su primera hija nació seis meses después de la boda), mientras que la vida emocional y posiblemente romántica de Shakespeare se desarrolló en gran medida en Londres, donde trabajó como dramaturgo y actor. Existe una leyenda persistente sobre el poeta William Davenant, quien afirmaba ser hijo ilegítimo de Shakespeare, sugiriendo relaciones extramaritales heterosexuales. Con todo, el testimonio más potente sobre su sexualidad proviene no de especulaciones biográficas sino de sus propios escritos: los sonetos que expresan amor apasionado hacia un hombre joven.

Limitaciones para expresar abiertamente la bisexualidad en el siglo XVI

Las limitaciones legales, sociales y religiosas para expresar abiertamente cualquier forma de sexualidad no heterosexual en la Inglaterra del siglo XVI eran extraordinariamente severas. La sodomía era oficialmente un delito capital, aunque las ejecuciones por este cargo resultaban raras y generalmente involucraban acusaciones adicionales de traición o herejía. Aun así, el estigma social y el potencial de ruina personal habrían bastado para garantizar que cualquier persona, particularmente alguien en la posición relativamente precaria de un dramaturgo profesional, mantuviera absoluta discreción sobre cualquier atracción o actividad homosexual. Este contexto de represión hace que la relativa apertura de los sonetos resulte aún más notable, aunque fueron publicados de manera que mantenían ambigüedad plausible sobre la identidad real del destinatario y del autor.

En ese contexto, cualquier bisexualidad de Shakespeare solo puede ser oblicua, latente, abierta a mil lecturas. Que no existan confesiones abiertas no prueba nada; solo muestra lo que era la vida en una cultura que criminalizaba y estigmatizaba con fuerza las relaciones homosexuales. Los sonetos, leídos con este telón de fondo, cobran el valor de un acto de coraje artístico: preservaron para la posteridad expresiones de amor y deseo que, pese a su ambigüedad y su cobertura poética, permiten a los lectores de hoy reconocer emociones que resuenan a través de cuatrocientos años. La obra de Shakespeare, en el teatro y en la poesía, sigue ofreciendo intuiciones profundas sobre la complejidad de la sexualidad humana, precisamente porque su autor poseía un entendimiento extraordinariamente matizado del amplio espectro de experiencias amorosas y románticas.