Si tuviéramos que elegir a los gigantes de la literatura española, Benito Pérez Galdós (1843-1920) estaría ahí arriba, codo con codo con Cervantes. Este canario de pluma afilada transformó por completo la manera de contar historias en España con joyas como "Fortunata y Jacinta" y sus monumentales "Episodios Nacionales". Y aun así su nombre jamás apareció en la lista de ganadores del Premio Nobel de Literatura. ¿Cómo es posible? Esta es la historia de una injusticia que todavía duele en el corazón de las letras españolas y universales.
Benito Pérez Galdós: el candidato perpetuamente olvidado por la academia sueca
Durante cuatro años, entre 1912 y 1915, el nombre de Galdós sonaba una y otra vez en los despachos de la Academia Sueca donde se debatían los posibles candidatos para elegir el Premio Nobel de Literatura. Y no era para menos: Galdós había escrito más de 80 novelas, obras de teatro y ensayos. Su maestría narrativa le plantaba cara a Dickens o Balzac sin despeinarse. Tenía esa capacidad única, casi sobrenatural, de diseccionar la sociedad española como si fuera un cirujano de las palabras.
Emilia Pardo Bazán, que lo admiraba profundamente, no se cansaba de repetirlo: "Después de Cervantes, nadie ha retratado España con la profundidad y amplitud de Galdós". La escritora gallega, de hecho, no se quedó de brazos cruzados ante la indecisión de la Academia Sueca: en 1912 movió cielo y tierra para que la Real Academia Española propusiera oficialmente a Galdós como candidato al Nobel.
Todo parecía cuadrar perfectamente. Para esa época, Galdós ya había publicado prácticamente todas sus obras maestras y era considerado un genio de las letras. Pero lo que tendría que haber sido el reconocimiento natural a una carrera extraordinaria se convirtió en el escenario de una traición vergonzosa por rencores personales y odios políticos.
El origen del boicot: enemigos en casa
Cuentan que Marcelino Menéndez Pelayo llegó a decir: "Galdós nunca recibirá el Nobel mientras yo pueda impedirlo". Este intelectual conservador, que tenía línea directa con la Academia Sueca y dentro de los intelectuales españoles de su tiempo era seguramente el que más influencia tenía en ella, representa perfectamente la saña con la que los sectores más reaccionarios de España persiguieron al escritor canario.
Pues mayor enemigo de Galdós no estaba en Suecia, sino en su propia casa, en Madrid. Su defensa apasionada del liberalismo y de las ideas republicanas, y sus críticas despiadadas contra los excesos del conservadurismo y el clericalismo le ganaron adversarios poderosos. Sus novelas, que a menudo ponían el dedo en la llaga sobre el papel de la Iglesia católica en España, resultaban especialmente molestas para los círculos más rancios del país.
En 1913, cuando las gestiones para promover su candidatura se intensificaron, la contraofensiva fue brutal. Una avalancha de cartas y telegramas desde España inundó el despacho del secretario permanente de la Academia Sueca. El objetivo era claro: destrozar la reputación de Galdós y poner en duda su calidad literaria. Esta campaña de desprestigio, maquinada desde las élites conservadoras, tuvo consecuencias devastadoras.
El precedente de Echegaray y la sombra de la política
Para entender realmente el boicot contra Galdós, hay que mirar lo que había pasado antes. En 1904, José Echegaray se había convertido en el primer premio Nobel de Literatura que se concedía a un español. Fue una decisión polémica, y muchos la vieron como un guiño a ciertas posiciones políticas más que como un reconocimiento literario genuino.
En este tablero de ajedrez, las simpatías republicano-socialistas de Galdós eran como llevar una diana en la espalda a la que disparaban gustosos todos los que no estaban de acuerdo con él. Además, mientras figuras conservadoras como Antonio Cánovas del Castillo habían tejido una red de contactos diplomáticos con los países nórdicos, los círculos progresistas españoles estaban completamente aislados. Resultado: Galdós no tenía quien lo defendiera en Estocolmo, pero sí un ejército de voces dispuestas a hundirlo.
1915: la gran oportunidad perdida
Si hubo un momento en que Galdós pudo ganar el Nobel, fue en 1915. Europa ardía con la Primera Guerra Mundial, y la Academia Sueca buscaba premiar a figuras que representaran valores humanistas y de progreso. La candidatura del canario cobraba todo el sentido del mundo.
El Ateneo de Madrid se volcó en una campaña internacional. Pesos pesados como Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez pusieron su prestigio al servicio de la causa. Pero fue como intentar apagar un incendio con un vaso de agua. El premio se lo llevó el francés Romain Rolland, mientras que en 1913 había sido para el indio Rabindranath Tagore.
La muerte de Galdós
El 4 de enero de 1920, Galdós moría en Madrid. Ciego, arruinado, olvidado por muchos en un tiempo en el que el Realismo había pasado de moda y los más jóvenes se entregaban con fervor a las vanguardias. Dos años después, como una broma cruel del destino, el Nobel de Literatura recaía en otro español: Jacinto Benavente. Para entonces, el dramaturgo madrileño contaba con el visto bueno de los sectores conservadores, ese sello de aprobación que el propio Galdós nunca consiguió ni, de hecho, buscó.
Lo verdaderamente trágico de esta historia no es solo que Galdós se quedara sin el Nobel. Lo peor es que fue su propio país, esa España que él había retratado con tanto amor y dolor, la que se encargó de cerrarle las puertas. El escritor que mejor había comprendido las contradicciones españolas acabó siendo víctima de esas mismas fracturas que tan brillantemente había plasmado en sus páginas.
Hoy, más de cien años después, mientras el nombre de Galdós sigue siendo imprescindible para entender la literatura en español, su ausencia en la lista de premios Nobel grita como uno de los errores más escandalosos en la historia del galardón. Como dijo Gerhart Hauptmann, Nobel de Literatura en 1912: "Si hay un escritor en Europa que merece este reconocimiento, ese es Pérez Galdós".
Al final, la historia del boicot contra Benito Pérez Galdós nos enseña una lección amarga: cuando las peleas ideológicas se meten de por medio, hasta la obra literaria más extraordinaria puede quedar sepultada bajo el peso del rencor y la mezquindad.