Biografía
Aquella mañana del 16 de septiembre de 1851, las campanas de La Coruña repicaban como cualquier otro día. Nadie podía imaginar que acababa de nacer una niña que iba a poner patas arriba el mundo de las letras españolas. Emilia Pardo Bazán tuvo la suerte —o quizás el destino— de crecer en una familia noble que, contra todo pronóstico, prefería los libros a los prejuicios. ¿Puedes imaginarte lo que era ser una chica con hambre de conocimiento en aquellos tiempos? Mientras sus amigas aprendían a bordar pajaritos y a tocar valses insípidos, ella se perdía entre páginas y páginas, con esa sed insaciable de quien sabe que está llamada a algo grande. Y vaya si lo estaba: su obstinación la catapultó hasta la cima de la literatura española, forzando cerraduras que parecían imposibles de abrir para una mujer.
Si tuviera que elegir una sola obra para explicar quién era esta mujer extraordinaria, me quedaría con Los pazos de Ulloa (1886). Este libro no es una novela más que coger polvo en la estantería: es un grito desgarrador que nos muestra, sin filtros ni paños calientes, cómo era realmente la Galicia rural y cómo se desmoronaba una aristocracia podrida hasta los huesos. Siguiendo los pasos de Émile Zola —su ídolo literario—, Pardo Bazán creó personajes tan reales que casi puedes oler su sudor y sentir su desesperación. Y cuando pensabas que no podía ir más lejos, llegó con La madre naturaleza (1887), una secuela que se adentra en los laberintos más tenebrosos del corazón humano con una audacia que dejaba boquiabiertos a sus contemporáneos. Pero ojo, que su pluma no se limitaba a las novelas largas: sus cuentos te dejaban sin aliento, sus ensayos encendían discusiones que duraban hasta el amanecer en las tertulias, y sus artículos... bueno, digamos que más de uno pensaba que una señora no debería escribir sobre esas cosas.
Pero lo que de verdad hace especial a Pardo Bazán es que no se quedó quieta detrás del escritorio. Esta mujer tenía agallas de sobra: fue la primera en conseguir una cátedra de literatura en la Universidad Central de Madrid —me encantaría haber visto las caras de sus compañeros cuando entró por primera vez—. También llamó a las puertas de la Real Academia Española, y aunque se las cerraron en las narices (porque era mujer, qué novedad), su gesto fue como un terremoto que anunciaba que los tiempos estaban cambiando. Es difícil, desde nuestra perspectiva actual, calibrar lo tremendamente rompedor que era todo esto: hablamos de una época en la que las mujeres tenían que pedirle permiso al marido hasta para sonarse la nariz en público. Cuando nos dejó aquel 12 de mayo de 1921 en Madrid, su legado iba mucho más allá de sus obras maestras. Nos enseñó que merece la pena plantar cara cuando crees en algo, aunque todo el mundo te repita que ese no es tu sitio. Sus libros siguen hablándonos, sus ideas siguen siendo urgentes, y su coraje sigue empujando a quienes piensan que las palabras pueden, efectivamente, cambiar el mundo.