Biografía
Un 6 de septiembre de 1921, Barcelona veía nacer a quien se convertiría en una de las plumas más brillantes de la literatura española. Carmen Laforet, esa niña catalana que creció entre palmeras canarias, llevaba dentro una historia que necesitaba contar. Su infancia transcurrió en Las Palmas de Gran Canaria, lejos del bullicio barcelonés, entre el sol y el mar que más tarde inspirarían algunas de sus páginas.
A los dieciocho años, con esa mezcla de valentía e ingenuidad propia de la juventud, Carmen regresó a la península. Primero Barcelona, donde se matriculó en Filosofía y Letras; después Madrid, probando suerte con Derecho. Pero seamos sinceros: ¿cuántos de nosotros hemos empezado carreras que nunca terminamos porque algo más fuerte nos llamaba? En su caso, era la escritura la que tiraba de ella con fuerza irresistible. Y menos mal que fue así, porque con apenas veintitrés años –¡veintitrés!– nos regaló Nada, esa joya que se llevó el primer Premio Nadal en 1944.
Nada fue como abrir una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada. Andrea, su protagonista, llegaba a una Barcelona gris y hambrienta para estudiar, igual que la propia Carmen años atrás. Pero lo que encontró en casa de sus parientes de la calle Aribau fue un microcosmos de toda la España rota de aquellos años: familias destruidas, sueños aplastados, violencia soterrada. Laforet pintó todo aquello con pinceladas precisas, sin melodramas, dejando que el lector sintiera en carne propia esa atmósfera asfixiante. El éxito fue arrollador, y de repente, aquella chica tímida se vio convertida en la nueva promesa de las letras españolas.
Pero Carmen era de esas personas a las que el ruido mediático les pesa como una losa. Siguió escribiendo, eso sí: La isla y los demonios nos llevó de vuelta a sus queridas Canarias adolescentes, mientras que La mujer nueva exploraba territorios más íntimos, esos procesos de transformación espiritual que ella misma experimentó. También comenzó La insolación, primera parte de una trilogía que, ay, nunca llegó a completar. Sus relatos cortos y ensayos completaban una obra que, aunque no muy extensa, destilaba autenticidad en cada línea.
Los años fueron pasando y Carmen se fue replegando cada vez más sobre sí misma. Problemas de salud, ese carácter introvertido que siempre tuvo... Madrid fue su último refugio hasta aquel 28 de febrero de 2004 cuando nos dejó definitivamente. Es curioso pensar que alguien que escribió relativamente poco en comparación con sus contemporáneos haya dejado una huella tan profunda. Pero es que Nada sigue ahí, en las estanterías, en las aulas, recordándonos que a veces basta una sola obra maestra para cambiar el curso de la literatura. Y vaya si lo cambió.