La historia de los últimos años del poeta Miguel Hernández Gilabert es una de las más desgarradoras de la literatura de España del siglo XX. Un poeta joven, lleno de vida, de ideales y de talento, que termina sus días en el Reformatorio de Adultos de Alicante aquel 28 de marzo de 1942. Su paso por las prisiones franquistas nos habla del dolor de quienes se mantuvieron fieles a la lucha por sus ideales hasta el final y pagaron por ello con sus vidas. Y sin embargo, incluso entre rejas, rodeado de miseria y enfermedad, Miguel siguió escribiendo hasta que la muerte le sorprendió.
¿Cuál fue el recorrido penitenciario de Miguel Hernández durante su encarcelamiento?
¿Cómo fue detenido y procesado Miguel Hernández?
Cuando terminó la guerra, en abril del 39, Miguel intentó escapar a Portugal cruzando por el paso onubense de Rosal de la Frontera. Pero la suerte no estuvo de su lado: la policía portuguesa lo detuvo, alertada por un reloj que llevaba el poeta y que había sido regalo de su amigo Vicente Aleixandre. Unos días más tarde, el 3 de mayo, lo entregaron a las autoridades franquistas. Ahí comenzó el vía crucis de Miguel Hernández, tres años que terminarían con su muerte. Primero lo llevaron a la cárcel de Huelva, donde ya empezó a probar el sabor amargo del cautiverio. Para el régimen, Miguel no era solo otro soldado republicano, sino algo mucho peor: un intelectual que había puesto su pluma al servicio del pueblo al tiempo que cogía el fúsil. Su "Viento del pueblo" era exactamente todo lo que Franco quería borrar del mapa.
En septiembre de 1939 llegó el juicio en Madrid para el poeta de Orihuela. Un consejo de guerra sumarísimo lo acusó de "adhesión a la rebelión", la acusación que recibían todos aquellos que se mantuvieron fieles a la República. Su compromiso político, esos versos que habían dado voz a los campesinos y trabajadores, bastaron para que lo condenaran a muerte. Mientras tanto, José María de Cossío y otros intelectuales conservadores y franquistas movieron hilos, hablaron con quien había que hablar, y lograron que le conmutaran la pena por treinta años de cárcel. En las condiciones de aquellas prisiones, con la salud ya tocada, era como una pena de muerte postergada, pero que permitía albergar alguna esperanza.
¿Por qué cárceles pasó el poeta oriolano antes de llegar a Alicante?
Miguel Hernández fue de cárcel en cárcel durante un tiempo. Después de Huelva, lo mandaron a Madrid, a la prisión provincial. Luego a Palencia, y más tarde a la temible cárcel de Torrijos. Cada traslado significaba adaptarse de nuevo, perder los pocos contactos que había hecho, empezar desde cero. Era parte del plan, por supuesto: desgastar a los presos, romperles el espíritu poco a poco. Las condiciones no podían ser peores: celdas abarrotadas donde no cabía un alfiler, sin apenas luz, con un hedor que te revolvía las tripas. Comida escasa y podrida, agua sucia, chinches por todas partes. Y nulo acceso a la atención médica.
A finales del 41, cuando ya estaba muy enfermo, lo trasladaron al Reformatorio de Adultos de Alicante. Dijeron que era para acercarlo a su familia —Josefina, su mujer, vivía en Orihuela con el hijo de ambos—. Las autoridades penitenciarias sabían perfectamente que Miguel se estaba muriendo. Probablemente pensaron que era mejor que falleciera en una cárcel de provincia, lejos de Madrid, donde su muerte pasaría más desapercibida. Un cálculo frío, como todo lo que hacían. Alejarlo de la capital era una forma de lavarse las manos, de que nadie pudiera señalarlos directamente cuando llegara lo inevitable.
¿Qué ocurrió durante su estancia en la cárcel de Torrijos?
Torrijos fue el infierno en la tierra para Miguel. Si creías que ya lo había pasado mal, aquí todo empeoró. Las celdas, pensadas para cuatro o cinco personas, albergaban a veinte, treinta presos. Dormir apiñados como sardinas, respirar el mismo aire viciado día tras día. La suciedad era tal que las enfermedades campaban a sus anchas. Y fue ahí, en ese ambiente pútrido, donde la tuberculosis empezó a hacer mella en Miguel.
Los primeros síntomas graves aparecieron en Torrijos, pero ninguna autoridad hizo nada para mejorar sus condiciones. Aun así, Miguel seguía escribiendo. En medio de ese horror, sacaba fuerzas de donde no las había para crear algunos de sus versos más desgarradores. Se juntaba con otros intelectuales presos, formaban pequeños grupos donde compartían ideas, poemas, cualquier cosa que les recordara que seguían siendo humanos. Gracias a esos compañeros, parte de lo que escribió en prisión pudo salvarse.
¿Cómo fueron las condiciones en la prisión de Alicante donde falleció Miguel Hernández?
¿Cómo era el día a día en el Reformatorio de Adultos de Alicante?
El Reformatorio de Adultos de Alicante era un lugar donde la esperanza iba a morir. Los días empezaban al alba con una misa obligatoria. Después venían los trabajos forzados, los interrogatorios que no llevaban a ninguna parte, las horas interminables en celdas donde no cabía ni un pensamiento libre. La prisión estaba hasta los topes; había sido construida para muchos menos presos de los que albergaba. La posguerra había llenado las cárceles de gente como Miguel, gente que había cometido el terrible crimen de pensar diferente.
¿La comida? Un caldo que era más agua que otra cosa, con algún trozo de verdura flotando si tenías suerte. Pan duro como una piedra. Y de vez en cuando, algo que parecía comida pero que estaba a medio pudrir. Con esa dieta, Miguel, que ya venía tocado por la tuberculosis, se fue consumiendo día a día. Josefina, su mujer, hacía milagros para llevarle algo de comer desde Orihuela, pero ¿qué podía llevarle una mujer que ella misma apenas tenía pan y cebolla para alimentarse? La España de entonces era un país hambriento, y ellos, los vencidos, eran los más hambrientos de todos. Esa imagen de Josefina comiendo solo pan y cebolla mientras amamantaba al niño fue lo que destrozó a Miguel y lo llevó a escribir uno de sus poemas más hermosos y tristes, las Nanas de la Cebolla.
¿Qué enfermedades sufrió en la cárcel de Alicante?
La tuberculosis fue la sentencia definitiva para Miguel. Probablemente la cogió en alguna de las cárceles anteriores —con tanto hacinamiento y suciedad, era cuestión de tiempo—. En aquella época, sin antibióticos ni tratamientos modernos, tener tuberculosis en la cárcel era estar condenado. Pero no fue solo eso: también padeció tifus, una bronquitis que no se le iba nunca, y una desnutrición tan severa que su cuerpo ya no tenía fuerzas para luchar. Todo junto formó un cóctel letal que fue minándolo poco a poco, día tras día.
Cuando ya no pudo más, lo llevaron a la enfermería del reformatorio. Pero llamarla enfermería es ser generoso: era más bien un depósito de moribundos, un lugar donde juntaban a los enfermos sin darles tratamiento real, donde el contagio entre unos y otros era pan de cada día. Sus compañeros de celda contaban después cómo en sus últimos meses Miguel ya no podía ni levantarse. La fiebre lo consumía, esa tos seca y persistente de la tuberculosis no lo dejaba en paz ni de día ni de noche. Sin medicinas, sin comida adecuada para un enfermo, en un ambiente que era veneno puro... El final era inevitable. El 28 de marzo de 1942, con apenas 31 años, Miguel Hernández exhaló su último aliento.
¿Quiénes visitaron al poeta durante su estancia en prisión?
Josefina Manresa fue su ángel en medio del infierno. Esa mujer valiente viajaba constantemente desde Orihuela para ver a su marido, cargando con lo poco que podía llevarle y cuidando al mismo tiempo de su hijo pequeño. Los guardias la sometían a registros humillantes, le ponían mil pegas, le recortaban el tiempo de visita. Pero ella seguía yendo, porque sabía que esos momentos juntos eran lo único que mantenía vivo el espíritu de Miguel. Cada visita era un acto de amor y resistencia.
También consiguió verlo Miguel Abad Miró, el pintor, quien después contaría el estado lamentable en el que encontró al poeta en sus últimos días —una sombra de lo que había sido—. Otros amigos lo intentaron, pero muchos no consiguieron los permisos necesarios. Vicente Aleixandre y José María de Cossío, que estaban moviendo cielo y tierra para conseguir su libertad, no pudieron visitarlo en Alicante. Las restricciones eran férreas. Se dice que Luis Almarcha, el sacerdote que había sido su mentor cuando Miguel era un adolescente, también quiso ayudar, pero cuando por fin pudo hacer algo, ya era tarde.
¿Qué obra literaria produjo Miguel Hernández durante su encarcelamiento?
¿Cómo surgieron las "Nanas de la cebolla" y cuál es su significado?
Las "Nanas de la cebolla" es un poema que nació del dolor más puro: Josefina le escribió contándole que solo comía pan y cebolla mientras amamantaba al niño. ¿Te imaginas recibir esa carta estando preso, sabiendo que no puedes hacer nada por tu familia? Miguel cogió ese dolor y lo transformó en uno de los poemas más bellos y tristes de nuestra literatura. Es una nana para su hijo, pero es mucho más que eso. Es un grito de amor en medio de la desesperación, un canto a la vida cuando la muerte ya está llamando a la puerta.
La cebolla en el poema es todo un mundo de significados. Es la pobreza, sí, pero también es la pureza, lo esencial, lo que queda cuando todo lo demás se ha perdido. Miguel convierte el llanto que provoca la cebolla en una metáfora de la vida misma: amarga pero necesaria, dolorosa pero real. Años después, cuando Serrat le puso música, el poema se convirtió en un himno, en un símbolo de todos los que resistieron, de todos los que no se dejaron vencer. Que Miguel escribiera algo así, en esas condiciones, enfermo y sabiendo que se moría nos dice todo sobre qué clase de hombre y poeta era.
¿Qué otros poemas escribió en la cárcel?
Las "Nanas de la cebolla" no fueron lo único que Miguel nos dejó desde la cárcel. Durante esos años terribles escribió un montón de poemas que después se recopilarían en el "Cancionero y romancero de ausencias". Son versos diferentes a los de sus etapas anteriores. Más desnudos, más directos. Como si no tuviera tiempo para adornos, como si cada palabra tuviera que contar. En ellos habla del amor a Josefina y al niño, de la libertad que ya no tiene, de la muerte que siente cerca, pero también —y esto es lo increíble— de la esperanza. Porque Miguel, hasta el final, siguió creyendo que vendría un mañana mejor. Son textos escritos desde el borde del abismo, pero con una humanidad que te deja sin palabras. Miguel no escribía solo para él; escribía para todos nosotros, para que no olvidáramos, para que entendiéramos que incluso en los momentos más oscuros, la poesía —la belleza, el arte, la palabra— puede ser un acto de resistencia. Y lo fue. Cada verso que escribió entre rejas fue una pequeña victoria contra quienes querían silenciarlo.