El suicidio de Mariano José de Larra: la muerte del mejor prosista del romanticismo español

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Retrato de Larra
Redacción | Sáb, 9 Ago 2025 - 21:43
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Mariano José de Larra se quitó la vida pegándose un tiro en la cabeza, en una de las muertes más célebres del romanticismo español. ¿Pero por qué Larra se llegó a suicidar?

Hay figuras que brillan con tal intensidad que iluminan toda una época, para después apagarse de golpe. Mariano José de Larra fue una de ellas. Su pluma afilada cortaba como un bisturí las entrañas de la sociedad española del siglo XIX, pero el 13 de febrero de 1837, esa misma lucidez que lo hizo grande terminó por devorarlo. Con apenas 27 años, el escritor decidió que ya había visto suficiente. Lo que nos dejó trasciende cualquier época: un legado que convirtió a este genio satírico en uno de los grandes prosistas del romanticismo español. Esta es la historia de una vida breve pero intensa, marcada por el talento y la tragedia a partes iguales.

¿Quién fue Mariano José de Larra y por qué es importante en la literatura española?

El surgimiento de un genio satírico en el panorama literario español

Madrid, 24 de marzo de 1809. En plena Guerra de la Independencia, mientras las calles hervían de conflicto, nació Mariano José de Larra y Langelot. Su padre era médico y afrancesado, lo que marcaría desde el principio el destino de la familia. Cuando los ejércitos franceses de José I perdieron la guerra, tuvieron que escapar rumbo a Burdeos. Esa experiencia del exilio le dio algo único: la capacidad de mirar España con ojos de dentro y de fuera al mismo tiempo, como quien observa un cuadro alejándose unos pasos para verlo mejor.

El niño mostró desde pronto que tenía talento. No era solo inteligente; poseía esa chispa especial que distingue a los genios de los meramente talentosos. Sus primeros escritos ya apuntaban maneras: dominio del lenguaje, ojo crítico, y sobre todo, esa capacidad para la sátira que le traería tantas alegrías como sinsabores. 

Larra como figura clave del romanticismo español

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Retrato de Larra por Gutiérrez de la Vega

Veintisiete años. Eso es todo lo que vivió Mariano José de Larra, pero en tan poco tiempo dejó una huella imborrable en la literatura española. Mientras otros románticos se perdían en ensoñaciones medievales y suspiros melancólicos, él plantó los pies en el barro de la realidad española. Su romanticismo estaba hecho de indignación ante las injusticias, de rabia contenida, de una sensibilidad a flor de piel que le hacía sentir cada absurdo de su tiempo como una puñalada personal.

¿Qué tenía de especial su prosa? Para empezar, resultaba moderna incluso para los estándares de hoy. No se andaba con florituras innecesarias ni se escondía tras artificios retóricos. Sus escritos destilaban una melancolía que ahora, conociendo su final, resulta estremecedora. España se debatía entre quedarse anclada en el pasado o dar el salto a la modernidad, y Larra vivía esa tensión en sus propias carnes. Jesús Miranda de Larra, su descendiente y biógrafo, lo expresó con claridad: esa lucha entre el ideal y la cruda realidad no solo definió su obra; acabó por definir —y destruir— su vida.

Larra en la prensa española: Fígaro y El Pobrecito Hablador

Fue en las páginas de los periódicos donde Larra encontró su verdadera voz. "Fígaro" —nombre tomado del barbero intrigante de Beaumarchais— y antes "El Pobrecito Hablador" se convirtieron en personajes tan reales como el propio Larra. Con estos seudónimos revolucionó el periodismo patrio, mezclando humor negro, brillantez estilística y una capacidad de análisis que dejaba al descubierto todas las miserias nacionales. Sus artículos, recogidos en diversas antologías, son la cumbre de la prosa periodística española. 

Con sus artículos, Fígaro se convirtió en el azote de los poderosos y el ídolo de quienes ansiaban cambios. A través de "La Revista Española" y "El Observador", Larra transformó la prosa periodística española. Ya no bastaba con informar; había que pensar, cuestionar, remover conciencias.

Tras la muerte de Fernando VII, cuando se aflojó un poco la soga de la censura, su pluma se volvió todavía más incisiva. Claro que sortear a los censores requería ingenio, y vaya si lo tenía. Envolvía sus críticas en capas de ironía tan fina que a veces los propios censurados tardaban en darse cuenta de que les había caído encima. Esta faceta periodística es hoy lo más valorado de su obra, y con razón: cambió para siempre la forma de hacer periodismo en España.

¿Cómo desarrolló Larra su carrera como escritor satírico en la prensa española?

El Duende Satírico del Día: sus inicios en el periodismo

En 1828, Larra, con solo 19 años, decide lanzar su propio periódico. Así nació "El Duende Satírico del Día", que duró lo que un suspiro —cinco números nada más— antes de que la censura le echara el cierre. Pero en esos cinco números el joven Larra ya mostraba los colmillos, experimentando con un personaje, ese duende observador, que miraba perplejo las rarezas de la sociedad española.

La experiencia fue corta pero intensa. Le puso en el mapa cultural madrileño y le enseñó una lección fundamental: en la España de Fernando VII había límites, y si querías sobrevivir como escritor crítico, mejor aprender a bailar con la censura. José María de Carnerero, que primero lo apoyó y luego se convirtió en uno de sus detractores, fue testigo de cómo aquel joven prometedor empezaba a afilar sus armas. El cierre del periódico por meterse con quien no debía le mostró que había que ser más sutil, más inteligente. La sátira directa tenía sus riesgos; la indirecta, sus ventajas.

Evolución de su estilo costumbrista y de crítica social

Después del tropiezo con el Duende, Larra maduró como escritor y como observador social. Ya no le bastaba con retratar costumbres pintorescas al estilo de otros costumbristas que se recreaban en lo folklórico. No, él iba a la yugular: cada costumbre era síntoma de un mal más profundo, cada tradición absurda escondía un problema estructural que había que sacar a la luz.

El viaje por Europa que pudo hacer con algo más de veinte años fue revelador. Ver con sus propios ojos el progreso de otros países le confirmó lo que ya sospechaba por su infancia en el exilio: España iba con retraso, y no era cuestión de mala suerte. A su vuelta, sus artículos ganaron en profundidad. Ya no era solo el joven ingenioso que hacía reír; ahora mezclaba lo personal con lo social, la anécdota con la reflexión filosófica. Su prosa se depuró como el buen vino, ganando cuerpo sin perder frescura. La ironía se hizo más sutil, más efectiva.

La muerte de Fernando VII en 1833 abrió nuevas posibilidades. Con un poco más de libertad, Larra pudo meter el dedo en llagas políticas que antes eran intocables. Seguía usando la sátira como escudo, pero ahora sus dardos volaban más lejos y daban en dianas más importantes.

Repercusión de sus artículos en la sociedad de su tiempo

Los artículos de Fígaro eran acontecimientos. La gente los esperaba con ansiedad, los comentaba en cafés y tertulias, repetía sus frases más ingeniosas. Había dado en el clavo con temas que todos reconocían pero nadie se atrevía a expresar con tanta claridad: la burocracia, el caciquismo, los falsos sabios, la hipocresía social... Todo desfilaba por sus páginas convertido en literatura de primera.

Pero los últimos artículos de Larra muestran ya cambios en el autor. "El día de difuntos de 1836" muestra Madrid convertido en cementerio, las esperanzas de progreso enterradas junto a las ilusiones liberales. ¿Premonición o simple reflejo de su estado anímico? Probablemente ambas cosas. El pesimismo que destilan esas páginas finales contrasta dolorosamente con el vigor combativo de sus primeros escritos.

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Posible retrato de Dolores Armijo

¿Cuáles fueron las circunstancias que llevaron al suicidio de Larra?

El día de la muerte de Mariano José de Larra

En el centro del drama final de Larra late un nombre: Dolores Armijo. Casada, de buena posición social, todo lo que no debía ser para complicarle la vida a un hombre que ya la tenía bastante complicada. Pero el corazón tiene razones que la razón desconoce, y la relación entre ambos fue de esas que marcan para siempre. No era una aventura más; era una pasión de las que queman por dentro, de las que alimentan la creatividad tanto como destrozan el alma.

Larra, que se había separado de Josefa Wetoret después de tener tres hijos, vivía su relación con Dolores como una montaña rusa emocional. Rupturas, reconciliaciones, encuentros furtivos, despedidas dramáticas... Todo ese cóctel explosivo se filtraba en sus escritos, velado pero reconocible para quienes estaban al tanto. El 13 de febrero de 1837, Dolores acudió a su casa de la calle de Santa Clara. Venía a decir adiós, esta vez para siempre, y a pedir que le entregara todas las cartas que ella le había enviado. Esa negativa definitiva fue la gota que colmó el vaso. Horas después de que ella saliera por esa puerta, Larra tomó la decisión: se llevó una pistola a la sien y apretó el gatillo. Su hija Adela encontró su cuerpo sin vida unas horas más tarde. 

¿Qué pasó exactamente entre Larra y su amante aquel día? Los biógrafos han intentado reconstruir esa última conversación, pero algunos secretos se los llevó la tumba. Lo que sí sabemos es que para un hombre tan sensible como Larra, tan dado a los extremos emocionales, aquella despedida significó mucho más que el fin de una relación. Era el certificado de defunción de sus últimas esperanzas personales.

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Pistola del siglo XIX

El contexto político y social: el Motín de La Granja

Pero sería injusto —y simplista— achacar el suicidio de Larra solo a un desengaño amoroso. España ardía por los cuatro costados. La Primera Guerra Carlista desangraba el país, y el experimento liberal tras la muerte de Fernando VII se tambaleaba entre pronunciamientos y contrarrevoluciones. El Motín de La Granja del verano anterior había sido la enésima demostración de que los cambios en España llegaban siempre a golpe de sable.

Aquel motín que forzó a María Cristina a jurar la Constitución del 12 había despertado esperanzas en liberales como Larra. Por fin parecía que el país avanzaba hacia la modernidad. Pero pronto vino el desencanto: los mismos vicios de siempre con distinto collar. Los pronunciamientos se sucedían, las camarillas conspiraban, y el pueblo seguía sumido en la ignorancia y la miseria. ¿Para qué tanto sacrificio si al final todo seguía igual?

Larra, que en su momento había apostado por el infante don Francisco de Paula y cultivado relaciones con políticos de todos los colores, se encontraba cada vez más aislado. Sus críticas no perdonaban a nadie: ni a absolutistas ni a progresistas, ni a moderados ni a exaltados. Todos le parecían parte del mismo problema. Esa lucidez implacable, esa incapacidad para el autoengaño, lo fue arrinconando en una soledad intelectual que se sumaba a su soledad afectiva. En sus últimos escritos late la convicción de que España era incorregible, de que todos los esfuerzos por modernizarla estaban condenados al fracaso.

Estado emocional de Larra en sus últimos escritos

Leer los últimos artículos de Larra produce escalofríos. "La Nochebuena de 1836" y "El día de difuntos de 1836" son el testimonio de un hombre al borde del abismo. La ironía mordaz de otros tiempos se ha vuelto sarcasmo amargo, casi nihilista. Ya no hay esperanza de reforma; solo la constatación terrible de que todo está perdido.

"Aquí yace el trono; allí la libertad", escribe en "El día de difuntos", convirtiendo Madrid en un camposanto donde están enterradas todas las ilusiones. ¿Hablaba solo de España o también de sí mismo? Las dos cosas, probablemente. Su último artículo publicado, una crítica sobre "Los amantes de Teruel" —obra sobre un suicidio por amor—, resuena ahora con ecos siniestros. ¿Casualidad o presagio?

Lo más terrible es que su lucidez no disminuyó con la crisis personal; al contrario, se agudizó hasta volverse insoportable. Ver con tanta claridad los defectos propios y ajenos, las contradicciones personales y sociales, puede ser un don, pero también una maldición. Larra pagó el precio de su genio: la imposibilidad de cerrar los ojos ante una realidad que le resultaba cada vez más intolerable. Sus últimos textos son el grito desesperado de alguien que ha perdido la fe en todo: en el amor, en la política, en el progreso, en la propia vida. El abandono de Dolores fue solo el último empujón que el alma sensible y destrozada de Larra necesitaba para dar el salto al vacío. 

La influencia de Larra no murió con él. Generaciones de escritores bebieron de su fuente: Rosalía de Castro encontró en él un modelo de compromiso, Clarín admiró su precisión crítica, y los del 98 —Unamuno, Baroja, Azorín— vieron en Larra al precursor que había diagnosticado los males de España medio siglo antes que ellos.