Guía completa de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós

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Guía de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós
Redacción | Dom, 25 Oct 2026 - 10:04
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Guía de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós: una guía para ni perderse en la serie de los Episodios Nacionales. Descubre la historia de España a través de la obra de Galdós.

Pocos proyectos literarios españoles alcanzan la desmesura de los Episodios Nacionales. Cuarenta y seis novelas, cinco series, casi cuarenta años de trabajo continuado entre 1873 y 1912. Galdós quiso contar España desde Trafalgar hasta la Restauración, y lo hizo mezclando héroes inventados con ministros reales, batallas documentadas con peripecias de taberna. La obra se quedó a medias —la quinta serie interrumpida por la ceguera del autor— y aun así cubre un siglo entero. Este recorrido se centra en lo esencial de cada tramo, con especial atención a la primera serie, la de la Guerra de la Independencia, que sigue siendo la puerta de entrada más natural al conjunto.

¿Qué son los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós y cuántas series existen?

Estructura general de los Episodios Nacionales

El canario planteó la serie como bloques de diez títulos. Cada bloque cubre un tramo histórico compacto, con personajes de ficción que viajan, luchan y se enamoran entre figuras reales que el lector reconoce de los manuales escolares. Esa arquitectura explica la longevidad del proyecto: podía detenerse en cualquier serie sin dejar cabos sueltos y, al mismo tiempo, empalmar con la siguiente cuando Galdós decidía retomar el pulso. La quinta serie, última y truncada, tiene apenas seis volúmenes; las otras cuatro respetan el modelo de diez. En total, 46 novelas. El primer episodio, Trafalgar, salió en 1873; el último completado, Cánovas, en 1912. Entre medias pasó la vida literaria entera del autor, incluidas obras como Doña Perfecta, Miau o la colosal Fortunata y Jacinta. Los Episodios no son, por eso, una obra de juventud ni de vejez: fueron casi un hábito permanente, un cuaderno histórico que el novelista abría y cerraba según las demandas editoriales y su propio ánimo.

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Guía de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós

Las cinco series de Galdós: desde la primera serie hasta la quinta serie

La primera serie, publicada entre 1873 y 1875, arranca en la batalla naval frente a Cádiz y termina en los Arapiles. Diez títulos, un protagonista-testigo, un relato casi de aventuras donde la Guerra de la Independencia aparece filtrada por la mirada de un joven narrador llamado Gabriel Araceli. La segunda, escrita de 1875 a 1879, cambia de héroe: ahora acompaña a Salvador Monsalud por los vaivenes del reinado de Fernando VII, el Trienio Liberal y la ofensiva absolutista. Tras esa segunda entrega Galdós dejó el proyecto aparcado durante casi veinte años, un hueco que aprovechó para escribir algunas de sus obras contemporáneas más ambiciosas. Regresó en 1898 con la tercera serie, que llegó hasta 1900 y cubrió la llamada década ominosa junto a las primeras guerras carlistas. La cuarta, de 1902 a 1907, aborda el Sexenio Democrático, el reinado corto de Amadeo I y el ensayo de la Primera República. La quinta arrancó en 1908 y quedó interrumpida cuatro años después, con la Restauración apenas esbozada. Cada serie muestra un Galdós distinto: el de los treinta años se lanzó al épico; el de los setenta, enfermo y casi ciego, dictaba textos más breves, más alegóricos, menos abundantes en escenas de acción.

Importancia histórica y literaria de los Episodios Nacionales

El impacto de los Episodios desborda lo literario. Durante décadas funcionaron como manual oficioso de historia contemporánea para un lector medio español que nunca hubiese pisado una facultad. La burguesía liberal del último tercio del siglo XIX aprendió a leer su propio pasado con las imágenes que el novelista ponía en circulación: el heroísmo de Daoíz y Velarde, el pintoresquismo de Juan Martín el Empecinado, el drama íntimo del motín de Aranjuez. Los historiadores profesionales se quejaban —y con razón— de ciertas simplificaciones, pero ninguno podía igualar el alcance popular del proyecto. Galdós había leído a Balzac y a Dickens; de ambos heredó la ambición de construir una comedia humana española capaz de explicar cómo el país del Antiguo Régimen se transformó en el país de las ciudades industriales y los diputados en Cortes. La literatura española posterior le debe la novela histórica seria, no la rosa. Pío Baroja reconoció esa deuda, Camilo José Cela también, y la legión de novelistas históricos contemporáneos —desde Arturo Pérez-Reverte hasta Almudena Grandes, con sus Episodios de una guerra interminable— funciona como eco directo del modelo galdosiano. Que Grandes titulase así su propia serie es un homenaje explícito. Pocos autores del canon decimonónico siguen proyectando tanta sombra sobre el siglo XXI.

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¿Qué narra la primera serie de los Episodios Nacionales sobre la Guerra de la Independencia?

Trafalgar: el inicio de los Episodios Nacionales I

Trafalgar (1873) es, probablemente, el mejor arranque posible de toda la serie. Galdós tenía treinta años cuando lo publicó y escogió un escenario cargado de símbolos: la derrota naval que marcó el ocaso definitivo del imperio español en el mar. El narrador es Gabriel Araceli, un huérfano gaditano que sube al navío Santísima Trinidad como grumete y vive el combate de 1805 desde la cubierta. Esa mirada de abajo arriba —pobre, joven, aterrorizada, orgullosa— define toda la primera serie. La novela se lee como relato de aventuras, pero por debajo construye ya un argumento histórico: España entra en el siglo XIX subordinada a Francia, mal equipada y peor mandada, y la Guerra de la Independencia que estallará tres años después no nace en vacío. Los lectores de 1873 entendieron el mensaje: el patriotismo regeneracionista que Galdós predicaba tenía raíces concretas en esa humillación marítima. Trafalgar vendió bien, la crítica lo recibió con sorpresa admirativa y la editorial pidió más. Habían nacido los Episodios Nacionales y el modelo narrativo —testigo ficticio, hechos reales, combinación de costumbrismo y épica— estaba ya maduro desde la página uno.

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La corte de Carlos IV: 19 de marzo y el 2 de mayo

Los episodios tercero y quinto de la serie cuentan la caída del régimen absolutista y el estallido popular. El 19 de marzo y el 2 de mayo (1873) es en realidad una única novela dividida en dos bloques cronológicos: por un lado, el motín de Aranjuez y la caída de Godoy, con Carlos IV abdicando forzado en su hijo Fernando; por otro, la rebelión madrileña contra las tropas francesas que Napoleón había hecho entrar bajo el pretexto del paso hacia Portugal. Galdós documentó las escenas con testimonios directos, algunos recogidos de ancianos que aún recordaban aquellos días. El segundo bloque —el 2 de mayo en la Puerta del Sol, la ejecución de los patriotas en la Moncloa— aparece narrado con una fuerza visual que explica por qué la novela se convirtió rápidamente en lectura escolar. Los nombres de Daoíz, Velarde y Luis Daoíz, que los manuales recitan de forma rutinaria, recobran aquí carne y voz. Entre medias, La corte de Carlos IV (cuarto episodio) explora las intrigas palaciegas con un tono distinto, más novela de enredos que de armas. Galdós aprovecha para cargar contra Godoy, a quien presenta como arquetipo de valido cortesano sin escrúpulos. La imagen del favorito que Galdós fijó en estas páginas resultó tan eficaz que ha tardado más de un siglo en ser revisada por la historiografía moderna.

De Napoleón en Chamartín a la batalla de los Arapiles

La serie continúa con el Napoleón real entrando en Madrid. Napoleón en Chamartín (1874) sitúa al emperador francés en el palacio del marqués de Perales durante las semanas en que dictaba los decretos que supuestamente iban a modernizar España. Galdós le permite hablar poco, pero lo suficiente para mostrar el choque entre las ideas ilustradas que Napoleón traía —desamortización de tierras eclesiásticas, abolición de la Inquisición, reforma del sistema fiscal— y la resistencia popular, que rechazaba al invasor con todas sus reformas incluidas. La contradicción es el nervio de la novela: los afrancesados ilustrados querían esas reformas, los patriotas analfabetos las rechazaban, y la Guerra de la Independencia acaba convirtiéndose, por eso mismo, en algo más complejo que una simple invasión exterior. Zaragoza (1874) narra el asedio en clave épica, con la figura de Agustina de Aragón disparando el cañón en la batería del Portillo. Gerona (1874) hace lo propio con la ciudad catalana, prolongando el tema de la resistencia urbana prolongada. Cádiz (1874) aborda los debates constitucionales de las Cortes reunidas en la ciudad sitiada, donde se gestó la Constitución de 1812. La serie cierra con La batalla de los Arapiles (1875), que narra la victoria angloportuguesa-española sobre los franceses en julio de 1812, cerca de Salamanca. Wellington, aparece en las páginas como comandante aliado, y la retirada de los últimos contingentes franceses deja el país devastado pero libre. Gabriel Araceli, tras diez novelas y una década narrativa, se casa y sale de escena. La primera serie termina sin concesiones a la fórmula feliz: la independencia se ha ganado, pero el reinado absolutista de Fernando VII ya se perfila al horizonte.

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¿Cómo continúa la historia en la segunda serie y tercera serie de los Episodios Nacionales?

Segunda serie: del equipaje del rey José a Juan Martín el Empecinado

La segunda serie arranca con un cambio de tono radical. El equipaje del rey José (1875) abre con los franceses en retirada y el destino de los afrancesados —esos españoles ilustrados que habían servido a Bonaparte creyendo que modernizarían España— convertido en tragedia de proscripciones, exilios y procesos. El nuevo protagonista es Salvador Monsalud, un joven liberal que sustituye a Gabriel Araceli y cuyo perfil moral resulta mucho más ambiguo. No es héroe épico: es testigo desencantado. Galdós quería mostrar que la victoria contra Napoleón no trajo la modernidad prometida, sino el regreso del absolutismo con Fernando VII. Juan Martín el Empecinado (1874) narra la trayectoria trágica del guerrillero castellano que luchó contra los franceses con fama de invencible y terminó ahorcado en la plaza de Roa en 1825, a manos del mismo régimen fernandino al que había ayudado a reinstaurar. Esa paradoja —el patriota ejecutado por el rey que él defendió— recorre toda la segunda serie como una herida. Otros títulos destacados son 7 de julio (1876), sobre la sublevación de la Guardia Real en Madrid; El Grande Oriente (1876), sobre la masonería liberal; y El terror de 1824 (1877), que cierra la serie con las represalias que el rey desencadenó tras la caída del Trienio Liberal. Galdós es aquí más severo, más pesimista, menos dado a las escenas costumbristas luminosas de la serie anterior. El país que describe no va hacia ninguna parte: los héroes de ayer acaban en la horca, los ideales ilustrados se convierten en delito, y España inaugura una centuria de guerras civiles que la obra irá contando en las series siguientes.

Tercera serie: Memorias de un cortesano de 1815 y El faccioso más y algunos frailes

Entre 1879 y 1898 Galdós no escribió ningún Episodio. Publicó en su lugar las grandes novelas contemporáneas: La desheredada, Fortunata y Jacinta, Miau, Tristana, Tormento. Cuando volvió al proyecto, era ya un escritor maduro de cincuenta y cinco años, con un dominio narrativo muy superior al de 1873. La tercera serie arranca con Zumalacárregui (1898) y continúa con Mendizábal, De Oñate a La Granja, Luchana, La campaña del Maestrazgo, La estafeta romántica, Vergara, Montes de Oca, Los Ayacuchos y Bodas reales (1900). Diez títulos que cubren la Primera Guerra Carlista completa (1833-1840), el reinado de Isabel II en sus primeros años y el alzamiento de las provincias vascas contra la regencia liberal. El ritmo narrativo cambia: más análisis político, menos acción militar, mayor atención a las mujeres como agentes históricos. Jenara de Baraona, la protagonista femenina de varios títulos, encarna esa evolución; no es decorado ni figura romántica pasiva, sino conspiradora activa con capacidad de decisión sobre los hombres que la rodean. La tercera serie es seguramente la más equilibrada de todo el proyecto: combina el rigor documental con una reflexión madura sobre por qué España se pasó medio siglo en guerras civiles en lugar de construir un estado moderno. Galdós no da respuestas sencillas. Señala la culpa del clero carlista, la torpeza de la corte isabelina, la arrogancia de los generales liberales y el cansancio de un pueblo que llevaba ya cuarenta años en armas.

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Personajes recurrentes: la segunda casaca y el cortesano de 1815

La expresión "cambiar de casaca" circulaba desde el siglo XVIII para designar al político que mudaba de bando según los vientos. Galdós la convirtió en título y protagonismo en La segunda casaca (1876), donde un cortesano oportunista sortea revoluciones y reacciones sin perder nunca la mesa puesta. La figura resultó tan eficaz que terminó integrándose en el habla política española: todavía hoy, un periodista puede hablar del "cortesano de casaca doble" sin necesidad de explicar la referencia. Salvador Monsalud, protagonista recurrente desde la segunda serie, representa el contramodelo: liberal honesto condenado a perseguir un país que nunca termina de estar a la altura de sus propios ideales. Entre estos dos polos morales se mueve el fresco galdosiano completo. Otros personajes cruzan las series con menor protagonismo pero con la misma función de puente narrativo: el propio Araceli aparece envejecido en la tercera serie; Jenara de Baraona vuelve convertida en madre y conspiradora; Fernando Calpena asoma en la cuarta serie para enlazar con el Sexenio. Esa red de figuras que envejecen a lo largo del siglo es uno de los rasgos más balzaquianos del proyecto. Permite al lector atento entender la historia como biografía colectiva, no como cronología abstracta. Lo que en un tratado académico serían décadas, en Galdós son arrugas, viudedades, hijos perdidos y cuentas pendientes.

¿Qué temas aborda Galdós en la cuarta serie de los Episodios Nacionales?

La Primera República y los conflictos políticos

La cuarta serie, escrita entre 1902 y 1907, es la más políticamente amarga del conjunto. Galdós había vivido de adulto los acontecimientos que narraba: la Gloriosa de 1868, el destronamiento de Isabel II, el reinado efímero de Amadeo I de Saboya, la Primera República de 1873, el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto y la restauración de Alfonso XII bajo la batuta de Cánovas. Era testigo directo. Había sido, además, diputado en Cortes por el Partido Progresista y mantenía tratos con Sagasta y con Emilio Castelar. Esa proximidad personal se nota. España sin rey (1908, cruce entre cuarta y quinta serie) narra el interregno entre Isabel II y Amadeo con una lucidez desencantada: los revolucionarios de septiembre no sabían qué hacer con la victoria. Amadeo I (1910) muestra al monarca italiano luchando por gobernar constitucionalmente en un país que lo rechazaba por extranjero y por demócrata a partes iguales. Abdicó en 1873, tras apenas dos años y cuatro meses, y la República que siguió vivió once meses escasos antes de disolverse en manos del general Pavía, que entró en el Congreso al frente de la Guardia Civil. Galdós, republicano convencido, narra ese fracaso con más pena que ira. La Primera República cae por incompetencia interna, por cantonalismos regionales, por faccionalismo entre Pi y Margall, Castelar, Salmerón y Figueras. Ningún sector quiso ceder; ningún líder logró imponerse. El régimen naufragó en menos de un año. Esa lección marcaría al novelista hasta el final de su vida.

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Episodios destacados de la cuarta serie

Entre los títulos más logrados de la cuarta serie figuran Las tormentas del 48 (1902), sobre las revoluciones europeas que también repercutieron en España; Narváez (1902), sobre el general espadón andaluz que dominó la política moderada durante dos décadas; Los duendes de la camarilla (1903), dedicado a la madeja de confidentes que rodeaban a Isabel II; La revolución de julio (1904); O'Donnell (1904), y Aita Tettauen (1905), novela híbrida que narra la Guerra de África desde dos perspectivas: la del ejército español y la de la ciudad de Tetuán ocupada. Este último título es quizá el más innovador del conjunto: Galdós alterna capítulos escritos en castellano con otros supuestamente traducidos del árabe, concediendo al pueblo marroquí una voz propia que ningún escritor español contemporáneo había siquiera imaginado. Carlos VI en la Rápita (1905) y La vuelta al mundo en la Numancia (1906) continúan la serie con el mismo afán por salirse de Madrid y llevar la mirada a los márgenes geográficos. Prim (1906) y La de los tristes destinos (1907) cierran la secuencia con la caída de Isabel II y el magnicidio del general progresista Juan Prim en 1870, probablemente el hecho político que más condicionó el futuro de la Restauración. La cuarta serie, en conjunto, constituye un tratado novelado sobre por qué la transición española del XIX fracasó donde otros países europeos tuvieron éxito. La respuesta de Galdós es pesimista: faltó pueblo ilustrado, sobró oligarquía y los políticos serios murieron antes de consolidar sus proyectos.

La evolución narrativa de Benito Pérez Galdós

A medida que avanzan las series, Galdós se vuelve más experimental. La primera serie era épica lineal; la cuarta incorpora ya técnicas que anuncian el siglo XX: capítulos presentados como cartas, narradores múltiples, fragmentos supuestamente traducidos de idiomas extranjeros, sueños y alegorías que rompen la estructura realista. Aita Tettauen, con su voz marroquí, es el ejemplo más extremo, pero hay otros. En algunas novelas el narrador omnisciente se retira y deja hablar a personajes secundarios durante capítulos enteros; en otras, aparecen recursos oníricos que Galdós no se hubiese permitido en los años setenta. Esa evolución se explica en parte por las lecturas europeas del novelista. Había frecuentado a Zola, a los naturalistas franceses, al ruso Tolstói. Cuando escribe la cuarta serie, tiene ya en mente Guerra y paz como referencia, y la comparación no le incomoda. Se permite, además, digresiones filosóficas sobre el sentido de la historia que en las primeras series hubiesen frenado la acción. El paso del tiempo, la enfermedad, la ceguera creciente lo vuelven también más oral: dicta en lugar de escribir, lo cual favorece un estilo más conversacional. La serie final, la quinta, llevará estas tendencias al extremo y perderá por el camino parte del arraigo realista que había definido el proyecto desde 1873.

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¿Cuál es el contenido de la quinta serie y la serie final de los Episodios Nacionales?

La quinta serie: los últimos episodios de Galdós

La quinta serie arranca en 1908 con España sin rey y se interrumpe en 1912 con Cánovas. Entre medias, España trágica (1909), Amadeo I (1910), La primera República (1911) y De Cartago a Sagunto (1911). Seis títulos en lugar de los diez previstos. La ceguera galdosiana, que le venía acosando desde hacía años, se había vuelto total. El novelista dictaba a secretarios, reescribía de memoria, perdía el hilo. Sus allegados —Teodosia Gandarias entre ellas— ayudaban a mantener el proyecto en marcha, pero el cansancio era ya físicamente evidente. Cánovas, publicado pocos años antes de la muerte del autor en 1920, tiene algo de testamento. Narra la figura de Antonio Cánovas del Castillo, arquitecto de la Restauración, sin complacencias pero sin encono, como si el Galdós anciano hubiese terminado reconciliándose en parte con un sistema que siempre había criticado. La serie queda, en todo caso, incompleta. Los historiadores lamentan no tener la versión galdosiana del desastre colonial del 98, de los atentados anarquistas, de la Semana Trágica de Barcelona en 1909. Todo eso sucedió mientras el novelista escribía, pero la ceguera y la enfermedad impidieron que lo incorporase al fresco. Cuando murió, en enero de 1920, España entraba ya en el reinado convulso de Alfonso XIII y se acercaba a la dictadura de Primo de Rivera. La historia seguía corriendo; los Episodios habían parado.

Temas políticos y sociales en la serie final

La quinta serie muestra a un Galdós obsesionado con la corrupción sistémica. El turnismo cánovista —la alternancia pactada entre conservadores y liberales— aparece retratado como farsa institucional donde las elecciones se amañaban mediante caciques locales y gobernadores civiles dóciles. Esa descripción coincide con la que historiadores posteriores, de Tuñón de Lara a Borja de Riquer, harían del periodo. Galdós se adelantó por instinto novelístico donde la historiografía universitaria tardaría décadas en llegar con método académico. La cuestión social —el movimiento obrero, las huelgas, las primeras organizaciones socialistas— asoma en la quinta serie con más fuerza que en ninguna anterior. El autor había mantenido contactos con Pablo Iglesias y simpatizaba con el PSOE recién fundado, aunque su propia militancia siguiera siendo republicana burguesa. La pérdida de Cuba y Filipinas en 1898 atraviesa también la serie como trauma nacional que Galdós no quiere disimular: la llamada Generación del 98 nacería precisamente de ese golpe, y el novelista canario es, de algún modo, su precursor directo aun sin haberse integrado en la marca generacional. La quinta serie, pese a su carácter truncado, documenta la transición entre el liberalismo decimonónico y la crisis del sistema de la Restauración. Pocos testimonios literarios tan lúcidos sobre ese cambio de siglo existen en la narrativa española.

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Relación con otras obras como Fortunata y Jacinta

Un lector que se acerque a los Episodios conviene que lea también las novelas contemporáneas de Galdós, porque ambos proyectos se iluminan mutuamente. Fortunata y Jacinta (1886-1887), pieza central de la narrativa española del XIX, cuenta el Madrid de la Restauración desde la intimidad doméstica: dos mujeres, un hombre común a las dos, una trama familiar que parece ajena a la política. Y sin embargo, la Restauración entera —sus valores burgueses, sus hipocresías religiosas, sus estructuras de clase— aparece retratada con una precisión sociológica que ni siquiera los Episodios logran igualar. Entre las cuatro mil quinientas páginas de Fortunata y las cuarenta y seis novelas del ciclo histórico se reparten, en la práctica, dos abordajes complementarios de la misma materia: la España contemporánea vista desde fuera y desde dentro, desde la batalla y desde el dormitorio, desde el discurso parlamentario y desde la conversación de patio. El Galdós que escribe Nazarín en 1895 está pensando en el mismo país que el Galdós que firma Zumalacárregui en 1898. Los protagonistas cambian, el ángulo cambia, pero la obsesión por comprender qué clase de nación estaba construyéndose no varía. Por eso los críticos serios, desde Joaquín Casalduero hasta José Carlos Mainer, insisten en leer a Galdós como un único proyecto con dos cauces paralelos. Separar la novela histórica de la contemporánea es útil para las estanterías; para la lectura profunda, más bien deforma.

¿Dónde encontrar la mejor edición de Dolores Troncoso de los Episodios Nacionales?

Características de la edición de Dolores Troncoso

Dolores Troncoso ha sido, durante las últimas dos décadas, la investigadora que más ha trabajado sobre los textos galdosianos con criterios filológicos modernos. Su edición de los Episodios Nacionales para la editorial Destino, dentro de la Biblioteca de Autor, fija un texto limpio y corregido a partir de las impresiones originales, eliminando las erratas que se habían ido acumulando en reediciones descuidadas a lo largo del siglo XX. El aparato crítico incluye notas históricas al pie que explican referencias a personajes, lugares y acontecimientos que el lector contemporáneo puede desconocer. Las introducciones a cada volumen contextualizan la obra en su momento de composición y aportan datos biográficos del autor relevantes para cada serie. Ese trabajo filológico es lo que distingue una edición solvente de una mera reimpresión. Troncoso sabe de qué habla: colabora habitualmente con la Sociedad Galdosiana de Las Palmas y ha firmado varios volúmenes del Anuario Galdosiano. Para quien aborde los Episodios por primera vez, esta edición ofrece la combinación más accesible de rigor académico y claridad pedagógica. El precio no es barato —los volúmenes individuales rondan los veinte euros y el conjunto completo supera los setecientos— pero la calidad del texto y del aparato justifica la inversión para un lector serio. Casa del Libro la distribuye, la red Fnac también, y en ambos canales aparece disponible tanto en formato impreso como en electrónico.

Otras ediciones recomendadas de los Episodios Nacionales

Si el presupuesto aprieta, hay opciones. Alianza Editorial mantiene en catálogo los títulos principales de las primeras series en su colección de bolsillo, con introducciones breves y notas mínimas, pero texto fiable. Cátedra, en la serie Letras Hispánicas, tiene ediciones críticas de volúmenes individuales como Trafalgar o La corte de Carlos IV con aparato más extenso. Para el investigador especializado, la edición de la Fundación José Antonio de Castro, en sus tomos de las Obras Completas, ofrece los textos con criterios que siguen siendo referencia académica. El proyecto Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes digitalizó hace años los Episodios completos en sus ediciones domínio público, con acceso gratuito online, opción razonable si se busca familiarizarse con la obra antes de comprar nada. Las ediciones de Cátedra incorporan también cronologías, mapas de campañas militares y biografías breves de los principales personajes históricos, útiles para el estudiante que lee la novela en paralelo a un curso de historia del XIX. Cada opción tiene su nicho. La elección depende del uso: placer lector, investigación universitaria, preparación de oposiciones, docencia secundaria.

Guía de lectura: orden cronológico vs orden de publicación

La pregunta surge casi siempre: ¿por dónde empezar? La respuesta mayoritaria es Trafalgar y el orden de publicación. Leer cada serie completa de principio a fin permite apreciar el arco narrativo de sus protagonistas recurrentes: Gabriel Araceli en la primera, Salvador Monsalud en la segunda, Fernando Calpena y Jenara en la tercera, Santiago Ibero y Vicente Halconero en las siguientes. Saltar episodios rompe la continuidad de esas biografías ficticias que Galdós construyó con cuidado. Ahora bien, un lector con intereses históricos concretos puede también entrar por la serie que le interese: quien quiera Primera República, directamente a la cuarta; quien quiera carlismo, a la tercera; quien quiera 2 de mayo, al episodio tercero de la primera. Las series funcionan con bastante autonomía, sobre todo a partir de la tercera, donde Galdós renueva a los protagonistas. Lo que no se recomienda es leer títulos sueltos dentro de una misma serie saltando capítulos: eso rompe la arquitectura interna de los diez bloques. Para lectores con poco tiempo, una selección razonable es Trafalgar, El 19 de marzo y el 2 de mayo, Zaragoza, La batalla de los Arapiles, Juan Martín el Empecinado, Zumalacárregui, Amadeo I y Cánovas. Con esos ocho títulos, el lector tiene una imagen completa del siglo XIX español filtrado por el ojo galdosiano y puede decidir después si continúa con el proyecto completo o se conforma con esa panorámica. La obra de Galdós soporta cualquiera de las dos aproximaciones sin perder su fuerza.