George Orwell en la Guerra Civil Española: su experiencia como miliciano anarquista y su homenaje a Cataluña

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George Orwell y su experiencia en la guerra civil española
Redacción | Lun, 29 Sep 2025 - 14:51
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George Orwell fue un escritor visionario en muchos aspectos, y una gran parte de su pensamiento se forjó durante la Guerra Civil Española, algo que plasmó en obras como Homenaje a Cataluña

¿Qué lleva a un escritor británico a dejar su cómoda vida para luchar en una guerra que no es la suya? La historia de Eric Arthur Blair —verdadero nombre de George Orwell— en la Guerra Civil Española es precisamente eso: la crónica de un hombre que no pudo quedarse de brazos cruzados mientras se libraba en España la que para él era la primera gran batalla contra el fascismo. Su llegada a España en aquel frío diciembre de 1936 y los meses que pasó como miliciano cambiarían para siempre su manera de ver el mundo. "Homenaje a Cataluña" no es solo el relato de su aventura española; es el testimonio en carne viva de alguien que vio cómo el bando republicano se desgarraba por dentro mientras intentaba ganar una guerra imposible.

¿Cuál fue el papel de George Orwell como miliciano dentro de la guerra civil española?

¿Por qué decidió George Orwell combatir en España?

Diciembre de 1936. Eric Blair —porque así seguía firmando sus cartas personales, aunque ya publicaba como George Orwell— tomó una decisión que cambiaría su vida. Y no fue un impulso romántico. Después de ver con sus propios ojos la miseria colonial en Birmania y de compartir el pan duro con los vagabundos de Londres y París, algo le abrasaba por dentro. El fascismo se estaba comiendo Europa a bocados, y nadie parecía dispuesto a hacer nada. ¿Qué podía hacer él? ¿Escribir artículos indignados desde Londres? No era su estilo. Necesitaba hacer más. 

Barcelona lo recibió con los brazos abiertos, pero también con algo que no esperaba: una ciudad en plena efervescencia revolucionaria. El plan original era simple: ir como periodista, tomar notas, escribir reportajes. Pero cuando vio aquello, cuando respiró ese aire de cambio radical que flotaba en las Ramblas, algo se movió en su interior. 

Mientras otros intelectuales extranjeros paseaban con sus libretas y sus cámaras, Orwell pidió un fusil. No era un gesto teatral; él creía de verdad que España era la primera línea de defensa contra una ola que amenazaba con tragárselo todo. Si el fascismo ganaba aquí, ¿qué vendría después? Londres no le parecía tan lejos de repente.

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George Orwell y su experiencia en la guerra civil española

¿En qué unidad militó Orwell durante el conflicto?

Orwell acabó en las filas del POUM —el Partido Obrero de Unificación Marxista— casi por casualidad. Sus amigos del Independent Labour Party británico tenían contactos allí, y así, sin más ceremonias, se encontró vestido con el mono azul de miliciano en una organización que muchos consideraban "trotskista" y que se negaba a aceptar sin más la sumisión de las fuerzas españolas a los dictámenes de Moscú. 

El POUM era un elemento reciente en el panorama político español. Fundado apenas un año antes por Andreu Nin y Joaquín Maurín, navegaba en aguas turbulentas entre el anarquismo de la CNT y el comunismo oficial del PCE sometido a Moscú. Estos tipos creían que se debía hacer la revolución mientras se peleaba contra Franco. Los comunistas del PCE, con Moscú susurrándoles al oído, pensaban justo lo contrario: primero echamos a los fascistas, luego vendrá la revolución.

Esta diferencia, que puede parecer poca cosa vista desde lejos, era dinamita pura. Y Orwell, el inglés despistado que solo quería luchar con los fascistas, se encontró metido hasta el cuello en una pelea que ni siquiera entendía del todo al principio. Pronto descubriría que en esta guerra había enemigos con uniformes del mismo color que el suyo.

¿Cómo fue su experiencia en el frente de Aragón?

Si Orwell esperaba épicas batallas y cargas heroicas, el frente de Aragón fue una ducha de agua helada —literalmente, porque el frío en aquella región era de los que te cala hasta los huesos—. Entre enero y mayo de 1937, Orwell descubrió que la guerra real se parece poco a las películas. Fusiles que parecían sacados de un museo, granadas caseras que daban más miedo al que las tiraba que al enemigo, y un frío que te hacía preguntarte si no sería mejor que te pegaran un tiro y acabar con el sufrimiento.

En "Homenaje a Cataluña", Orwell no escatimó detalles. Las trincheras aragonesas eran un purgatorio de aburrimiento salpicado por momentos de terror absoluto. Pasabas semanas enteras sin ver más acción que algún disparo perdido, gritándole propaganda a las líneas enemigas, y rezando para que llegara el relevo antes de que se te congelaran los pies dentro de las botas.

Y entonces un francotirador franquista que había tenido mejor puntería que de costumbre le metió una bala en el cuello. Por centímetros —literalmente por centímetros— Orwell no se quedó en tierras aragonesas para siempre. Esa bala no solo estuvo a punto de matarlo; le dejó la salud tocada para el resto de sus días. Pero también le dio algo más: la autoridad moral de quien ha estado allí, en el barro, con el miedo metido en el cuerpo, lejos de los despachos donde se tomaban las grandes decisiones.

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George Orwell y su experiencia en la guerra civil española

¿Cómo describe George Orwell el movimiento anarquista en "Homenaje a Cataluña"?

¿Qué impresión le causó la Barcelona revolucionaria de 1936?

Barcelona, diciembre de 1936. Orwell bajó del tren y se frotó los ojos. La ciudad parecía sacada de un sueño febril —o de una pesadilla, según quien lo mirara—. En sus primeras páginas de "Homenaje a Cataluña", el británico plasma su asombro con la honestidad de quien no puede creerse lo que está viendo. "Un estado de cosas que yo no había soñado que pudiera sobrevivir", escribió, y se nota que las palabras se le quedaban cortas.

Los tranvías pintados de rojo y negro cortaban la ciudad como arterias revolucionarias. Los hoteles Ritz y Colón, ahora en manos de sus camareros y cocineros, tenían carteles de la CNT en las ventanas. ¿Señor? ¿Señora? Esas palabras habían muerto. Ahora todos eran "camarada", desde el limpiabotas hasta el que ayer era banquero. Los mendigos habían desaparecido de las calles. Los coches de lujo habían desaparecido como por arte de magia.

Para un inglés criado en la rígida sociedad de clases británica, aquello era como aterrizar en otro planeta. Orwell caminaba por las Ramblas y veía algo que jamás hubiera imaginado en Londres: gente común y corriente dirigiendo sus propios asuntos, sin jefes, sin amos. Había electricidad en el aire, una especie de fiebre colectiva que hacía que hasta el más escéptico se preguntara si realmente otro mundo era posible. 

¿Qué aspectos del anarquismo español destacó en sus escritos?

Orwell nunca se puso la etiqueta de anarquista, pero hay que reconocer que quedó impresionado por lo que vio. En "Homenaje a Cataluña" no escatima elogios para ciertos logros del movimiento libertario español, aunque tampoco se muerde la lengua cuando ve problemas.

Lo que más le llamó la atención fue ver fábricas funcionando sin patrones. ¿Podía ser? Pues ahí estaban: los trabajadores decidiendo en asamblea, repartiendo el trabajo, manteniendo los tranvías en marcha. Las colectivizaciones agrarias en Aragón, los servicios públicos autogestionados... Para alguien acostumbrado al "así son las cosas y punto" de la muy capitalista Inglaterra, ver alternativas reales funcionando era una revelación.

Las milicias anarquistas eran otro cantar. Oficiales elegidos por votación, decisiones tomadas en grupo, nadie saludando militarmente a nadie. "Una locura", dirían los militares profesionales. "Tal vez", pensaba Orwell, "pero mira cómo pelean estos tipos cuando creen en lo que defienden". Claro que también veía el desorden, los rifles tirados por ahí, la disciplina que brillaba por su ausencia cuando más falta hacía.

Pero había algo en ese caos organizado que le tocaba la fibra. Gente de media Europa peleando codo con codo, sin importar de dónde vinieran, unidos por algo más grande que banderas o himnos nacionales. Los anarquistas españoles no querían esperar a ganar la guerra para cambiar el mundo; lo estaban cambiando mientras peleaban. 

¿Cómo influyó esta experiencia en su visión política?

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Barricada en Barcelona durante la guerra civil

España le dio la vuelta como un calcetín a las ideas políticas de Orwell. Llegó siendo un socialista tibio, y se fue con las ideas mucho más claras —y mucho más peligrosas para los poderosos de cualquier bando—.

Ver Barcelona funcionando sin jefes le mostró que el socialismo podía ser algo más que burocracia y planes quinquenales. Pero también vio cómo los comunistas del PCE aplastaban cualquier experimento que no siguiera el guion estricto de Moscú. La lección fue brutal: el totalitarismo puede vestirse de rojo y hablar de revolución mientras te pone una pistola en la nuca.

Esta experiencia española fue como una vacuna. Le inmunizó contra las mentiras bonitas, vengan de donde vengan. Cuando años después escribió "Rebelión en la granja" y sobre el Gran Hermano de "1984", no estaba inventando nada. Había visto con sus propios ojos cómo los supuestos defensores de la libertad podían convertirse en sus peores enemigos. España le enseñó que la libertad había que defenderla tanto de los fascistas con camisa azul como de los comisarios con estrella roja.

¿Qué impacto tuvieron los Fets de Maig (Jornadas de Mayo) en la experiencia de Orwell durante la guerra civil? Una guerra civil dentro de la guerra civil 

¿Cómo vivió Orwell las luchas internas del bando republicano?

Mayo de 1937. Orwell estaba de permiso en Barcelona, probablemente pensando en tomarse unas cervezas y descansar del frío aragonés, cuando la ciudad estalló. Los "Fets de Maig" lo pillaron con el pie cambiado.

De repente, la Barcelona revolucionaria se convirtió en un campo de batalla entre personas que se suponían que eran del mismo bando. Esta vez el enemigo no llevaba el yugo y las flechas; llevaba el mismo mono azul que tú. CNT y POUM de un lado, comunistas del PCE y fuerzas gubernamentales de la República del otro. 

En "Homenaje a Cataluña", Orwell cuenta esos días con la perplejidad de quien asiste a una pesadilla. Ahí estaba él, defendiendo con un fusil la sede del POUM en las Ramblas, disparando mientras intentaba entender qué demonios estaba pasando. Las mismas calles donde meses antes había visto el nacimiento de un mundo nuevo ahora eran trincheras improvisadas.

Lo más surrealista vino después. La prensa comunista empezó a llamar a los del POUM "trotskistas-fascistas". ¿Fascistas? ¿Los mismos que llevaban meses pudriéndose en las trincheras de Aragón peleando contra Franco? Orwell vio en directo cómo se fabricaban las mentiras, cómo se repetían hasta que la gente empezaba a creérselas. Era un manual de manipulación en tiempo real, y él estaba tomando notas. Notas que años después servirían para escribir sobre el Ministerio de la Verdad en "1984".

¿Por qué se enfrentaron comunistas y trotskistas durante la guerra?

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Manifestación en Barcelona durante la guerra civil

La pelea entre comunistas y trotskistas en España no era nueva; venía de lejos, desde los días en que Stalin y Trotsky se disputaban el alma de la Revolución Rusa. Pero en medio de una guerra contra el fascismo, la cosa adquirió tintes casi surrealistas. Los comunistas del PCE, con el Kremlin tirándoles de las orejas, tenían las ideas claras: primero echamos a Franco, luego ya hablaremos de revolución. Querían tranquilizar a Francia e Inglaterra, demostrar que no eran unos locos peligrosos. Stalin necesitaba aliados contra Hitler, y una España revolucionaria espantaría a las democracias burguesas.

El POUM veía las cosas de otra manera. Para ellos guerra y revolución eran como las dos caras de una moneda. ¿Cómo vas a motivar a los campesinos y obreros para que mueran en las trincheras si no les ofreces algo más que volver al mismo infierno de antes? La gente no da su vida por cambiar un amo por otro.

Pero había algo más oscuro. Mientras en España se jugaba el futuro de Europa, en Moscú se celebraban los Procesos, los juicios donde los viejos bolcheviques confesaban crímenes imposibles antes de recibir un tiro en la nuca. La palabra "trotskista" se había convertido en una sentencia de muerte. Y esa locura se exportó a España. El POUM, que ni siquiera era estrictamente trotskista, acabó pagando el pato. Sus militantes fueron perseguidos, encarcelados, algunos asesinados. Andreu Nin desapareció en circunstancias que todavía resultan objeto de polémica.

Orwell lo vio todo desde primera fila. Y entendió algo fundamental: cuando la paranoia y el sectarismo se apoderan de un movimiento, la causa original —en este caso, derrotar al fascismo— pasa a segundo plano. Los republicanos españoles no solo perdieron la guerra contra Franco; se destrozaron a sí mismos en el proceso.

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George Orwell y su experiencia en la guerra civil española