La vida secreta de Patricia Highsmith: Carol o cuando el amor prohibido se convierte en literatura

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La escritora Patricia Highsmith
Redacción | Lun, 17 Nov 2025 - 10:03
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Patricia Highsmith fue una de las escritoras más importantes de la novela anglosajona en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, el carácter difícil de la escritura y su controvertida forma de vivir su sexualidad han hecho de ella todo un enigma.

Patricia Highsmith sabía lo que era vivir con miedo. Nacida en 1921, esta escritora estadounidense tuvo que esconder quién era realmente durante décadas, y esa experiencia de vivir en las sombras acabó convirtiéndose en el motor de sus mejores obras. ¿Te has preguntado alguna vez cómo sería tener que fingir ser alguien que no eres cada día de tu vida? Highsmith lo sabía perfectamente, y volcó toda esa angustia en personajes como Carol, Therese y el fascinante Tom Ripley, posiblemente su creación maestra. Su obra no es solo literatura de suspense: es el testimonio de una mujer que transformó su dolor en arte, un canto a la agonía que nace de una homosexualidad reprimida y castrada por la sociedad. 

¿Cómo plasmó Patricia Highsmith su verdad en "Carol" (1952)?

Cuando lees "Carol" (originalmente publicada como "The Price of Salt" en 1952), estás leyendo algo más que una historia de amor. Es como si Highsmith hubiera abierto su diario más íntimo y lo hubiera convertido en ficción. En aquellos años, que una mujer amara a otra mujer no solo era tabú: podías acabar en la cárcel o en un psiquiátrico sometido a todo tipo de tratamientos que eran en realidad torturas encubiertas. Y ahí estaba Patricia, escribiendo sobre Carol y Therese con una delicadeza que solo alguien que ha vivido ese amor prohibido podría lograr.

Lo revolucionario no era solo que escribiera sobre dos mujeres enamoradas. Lo que realmente sacudió los cimientos fue que les dio esperanza. Mientras otros autores mataban a sus personajes lésbicos o los "curaban" con un buen matrimonio heterosexual, Highsmith tuvo las agallas de escribir: "¿Y si pueden ser felices?". Era 1952 y hacía falta una gran valentía para poner eso sobre el papel.

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La escritora Patricia Highsmith

El seudónimo de Claire Morgan: más que un simple nombre falso

Patricia ya era conocida por "Extraños en un tren" cuando decidió publicar "Carol". Alfred Hitchcock había llevado su thriller al cine con gran éxito, y ahí estaba ella, con un manuscrito explosivo entre las manos. Su editor prácticamente le suplicó que no usara su nombre real. "Te vas a arruinar", le dijeron. Y tenían razón, al menos desde el punto de vista comercial de aquella época.

Así nació Claire Morgan. Pero esto no era un simple juego de disfraces literario. En sus cuadernos personales (que Anna von Planta ha editado), Highsmith escribió algo desgarrador: "Siento que debo mantener separadas mis vidas". ¿Te imaginas tener que dividirte en dos personas? Una para el mundo, otra para ti misma. Claire Morgan no era solo un seudónimo; era el refugio donde Patricia podía ser honesta, aunque fuera a escondidas.

Durante años, nadie supo quién era realmente Claire Morgan. Patricia miraba desde la distancia cómo su novela más personal circulaba por el mundo sin poder reclamarla como suya. Era como tener un hijo al que no puedes reconocer públicamente. La ironía es brutal: escribió sobre el amor que no se atreve a decir su nombre, y tuvo que hacerlo... sin decir su nombre.

Los ecos de su vida en cada página de "Carol"

La historia detrás de "Carol" es casi tan fascinante como la novela misma. En la Navidad de 1948, Patricia trabajaba en unos grandes almacenes (como Therese en la novela). Un día entró una mujer rubia, elegante, que compró una muñeca. Algo en ella dejó a Patricia completamente trastocada. ¿Qué hizo? Una locura solo explicable por la obsesión: memorizar el recibo de compra, buscar la dirección y rondar por su barrio como una adolescente enamorada. 

Los diarios de Patricia son una mina de oro para entender cómo transformaba sus experiencias en ficción, y en concreto en esta novela. Joan Schenkar, su biógrafa, encontró descripciones tan detalladas de sus encuentros amorosos que prácticamente podías superponer los pasajes del diario con las escenas de la novela. Patricia documentaba todo: las miradas nerviosas en los restaurantes, el pánico cuando alguien las miraba demasiado tiempo, esa sensación de estar siempre actuando para un público invisible.

Por otro lado tenemos la diferencia de edad entre Carol y Therese, que curiosamente coincide con el patrón de muchas relaciones de Highsmith. Ella siempre se sintió atraída por mujeres mayores, más seguras de sí mismas. Era como si buscara en ellas la libertad que ella misma no podía permitirse.

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La escritora Patricia Highsmith y su novela Carol

Una novela diferente en un mar de tragedias

En 1952, si querías leer sobre lesbianismo, tus opciones eran bastante deprimentes. Estaba "El pozo de la soledad" de Radclyffe Hall, o las novelitas baratas donde las protagonistas siempre terminaban muertas o "redimidas" con una vida ordenada y heterosexual. "Carol" fue como encontrar agua en el desierto.

Truman Capote, que por supuesto sabía quién era realmente Claire Morgan por su amistad con Patricia, dijo que la novela iba más allá del morbo barato. Y tenía razón. Mientras otras obras trataban el lesbianismo como una curiosidad exótica o una tragedia griega, Highsmith escribió sobre dos mujeres reales, complejas, que simplemente querían estar juntas.

Lo triste es que tuvo que esperar hasta 2015, con la película de Todd Haynes, para recibir el reconocimiento que merecía. Imagínate escribir tu mejor obra y no poder presumir de ella durante décadas. En sus cuadernos, Patricia confesaba su frustración: había creado algo hermoso y no podía gritarlo al mundo.

El precio de los secretos: una vida dividida

Vivir ocultando algo tan fundamental como tu orientación sexual te cambia. Te conviertes en una actriz profesional, siempre midiendo tus palabras, tus gestos, hasta tu forma de mirar. Patricia se volvió experta en este juego macabro, y esa experiencia impregna toda su obra.

Sus personajes viven en ese mismo limbo entre lo que son y lo que aparentan ser. No es casualidad. Cuando has pasado años perfeccionando el arte de la invisibilidad selectiva (mostrar solo lo que es seguro mostrar), desarrollas una comprensión única de la naturaleza humana. Patricia entendía que todos, en cierto modo, actuamos. Pero para ella no era opcional: era supervivencia.

Anna von Planta, al editar sus diarios, encontró reflexiones que parten el corazón. Patricia escribía sobre sentirse como dos personas diferentes habitando el mismo cuerpo. Una sonreía en las fiestas y hablaba del tiempo; la otra gritaba en silencio, desesperada por ser vista de verdad.

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La escritora Patricia Highsmith

Tom Ripley: el maestro del disfraz

Si hay un personaje que encarna la experiencia de vivir con un secreto fundamental, ese es Tom Ripley. Es cierto que Highsmith nunca dijo explícitamente que fuera gay, pero las señales están ahí. Un hombre que vive obsesionado con ocultar su verdadera naturaleza, que observa y copia a otros para encajar, que siente pánico constante a ser descubierto. Un prototipo que muchos homosexuales de aquella época reconocerían a la perfección. 

En 1954, mientras trabajaba en la primera novela de Ripley, Patricia escribió en su diario: "Vivo constantemente alerta, como un animal que puede ser cazado en cualquier momento". Podría ser Ripley hablando, ¿verdad? La paranoia, la vigilancia constante, esa habilidad camaleónica para adaptarse a cada situación... Patricia no estaba inventando; estaba transcribiendo su propia experiencia.

Joan Schenkar señala algo fascinante: la capacidad de Ripley para "leer" a las personas y darles exactamente lo que esperan ver es una habilidad que muchas personas LGBTQ+ de aquella época tuvieron que desarrollar. Era cuestión de supervivencia social. Patricia era una maestra en este arte, y se lo regaló a su personaje más famoso.

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Los diarios revelan la vida de Patricia Highsmith. ¿Era realmente lesbiana? 

Cuando Anna von Planta publicó los diarios de Highsmith en 2021, fue como abrir la caja de Pandora. Ahí estaba todo: más de 300 relaciones documentadas (Patricia llevaba la cuenta, como si necesitara pruebas de su propia existencia), pasajes codificados, fragmentos en francés o alemán cuando el inglés se volvía demasiado peligroso.

Los años 40 y 50 son especialmente duros de leer. Patricia oscilaba entre la rabia y la desesperación. Escribía sobre su "hambre insaciable" de conexión femenina, sobre amores imposibles como Virginia Kent Catherwood, una mujer casada que sirvió de inspiración para Carol.

Hay una entrada particularmente dolorosa donde considera brevemente someterse a terapia de conversión. Era joven, estaba asustada, y la sociedad le decía que estaba enferma. Que finalmente rechazara esa idea y abrazara su identidad es un testimonio de su fortaleza, pero el hecho de que lo considerara nos recuerda la brutalidad de aquella época.

Una galería de personajes con máscaras para ocultar la realidad

Desde Guy y Bruno en "Extraños en un tren" hasta el escurridizo Ripley, Highsmith creó un universo poblado por personas que no pueden (o no quieren) mostrar quiénes son realmente. No es coincidencia. Cuando has pasado tu vida adulta cambiando de máscara según la audiencia, entiendes profundamente lo agotador que es mantener una fachada.

En 1953, escribió: "Soy experta en presentar diferentes versiones de mí misma según la audiencia". Esta frase podría ser el lema de todos sus protagonistas. Andrew Wilson, otro de sus biógrafos, sugiere que Patricia encontró en la ficción el único lugar donde podía explorar libremente las consecuencias de vivir así. Sus novelas son, en cierto modo, estudios sobre el costo psicológico del secreto.

La serie Ripley es quizás donde esta exploración alcanza su punto más alto. Tom navega entre identidades con la misma facilidad con que Patricia navegaba entre el mundo hetero y normativo de día y los bares clandestinos de noche. 

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La ambigüedad sexual de Ripley: entre líneas

Ripley es fascinante porque nunca sabes exactamente qué quiere. ¿Está enamorado de Dickie? ¿Quiere ser él? ¿Ambas cosas? Patricia construyó esta ambigüedad con precisión quirúrgica. En sus diarios, encontramos una frase de 1955 que podría ser el mantra de Ripley: "He aprendido a existir en los márgenes, observando y aprendiendo a imitar".

Es genial cómo Patricia logró crear un personaje que vive exactamente la misma ansiedad social que ella experimentaba, pero por razones aparentemente diferentes. O quizás no tan diferentes. Al final, tanto Patricia como Ripley eran expertos en el arte de la supervivencia social en un mundo que no los aceptaría tal como eran.

Dickie y Tom: una obsesión con subtexto

La relación entre Ripley y Dickie Greenleaf es una masterclass en tensión homoerótica no resuelta. Patricia sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando escribió esas escenas donde Tom observa a Dickie con una intensidad que va mucho más allá de la admiración platónica.

Fíjate en los detalles: Tom no solo quiere la vida de Dickie; quiere a Dickie. La forma en que describe su cuerpo, sus movimientos, su ropa... hay un deseo ahí que no se atreve a nombrarse. Y cuando Marge aparece, los celos de Tom son tan viscerales que casi puedes sentirlos saltar de la página.

Pero aquí está el genio de Highsmith: nunca lo dice abiertamente. Todo queda en ese espacio liminal entre la amistad intensa y el deseo romántico. Es el mismo espacio en el que ella tuvo que vivir durante años, ese territorio ambiguo donde los sentimientos no pueden expresarse claramente porque hacerlo sería peligroso.

¿Tom quiere acostarse con Dickie? ¿Quiere ser Dickie? ¿Las dos cosas son inseparables para él? Patricia nos deja con las preguntas, porque ella misma vivió en un mundo donde ciertas preguntas no podían tener respuestas claras. Y quizás por eso Ripley sigue fascinándonos: porque habita esa zona gris donde tantas personas han tenido que vivir, donde el deseo y la identidad se mezclan hasta volverse indistinguibles.

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