La poeta Sylvia Plath tenía apenas 30 años cuando decidió que ya no podía resistir más el dolor que le causaba la vida, de modo que tomó la decisión de suicidarse. Sylvia Plath se suicidó en febrero de 1963, y con su muerte se apagó una de las voces más genuinas y desgarradoras que la poesía ha conocido. Lo paradójico—y triste— es que su obra más brillante nació precisamente de ese dolor que la consumía por dentro y que la empujó a quitarse la vida. ¿Cómo alguien puede crear belleza desde un lugar tan oscuro? Es una pregunta que todavía nos hacemos cuando nos acercamos al inigualable universo poético de Sylvia Plath.
¿Cómo y cuándo ocurrió el suicidio de Sylvia Plath?
Los eventos del 11 de febrero de 1963
Aquel lunes 11 de febrero de 1963 amaneció gélido en Londres. Inglaterra atravesaba uno de los peores inviernos que se recordaban, con temperaturas que congelaban hasta el alma. Antes de que saliera el sol, Plath ya estaba despierta en su apartamento de Primrose Hill. Sus dos pequeños, Frieda y Nicholas, dormían en sus cuartos. Con gran cuidado, tomó toallas mojadas y las colocó bajo las puertas de sus habitaciones. Quería protegerlos de lo que estaba por hacer. Les preparó el desayuno —pan con mantequilla y dos vasos de leche— y se lo dejó en la mesita de noche. Después, abrió las ventanas de par en par, para mayor seguridad. Su último acto como madre.
Ese mismo barrio había sido el hogar de William Butler Yeats, otro poeta que también había elegido irse por su propia mano. Como si el lugar estuviera marcado por alguna maldición literaria. La noche anterior, Plath había llamado a su vecino médico pidiendo ayuda, pero cuando llegaron ya era tarde. Para entonces, la separación de Ted Hughes, su esposo poeta, la había dejado completamente rota, intentando sobrevivir sola con dos niños pequeños en medio de ese invierno brutal que parecía no tener fin.
La manera en que Plath eligió irse se ha vuelto parte inseparable de su leyenda, aunque sea terrible decirlo así. Fue hasta la cocina de su apartamento y comenzó a sellar cada rendija de la puerta con trapos y toallas. Encendió el gas del horno, se arrodilló frente a él y metió la cabeza dentro. En aquella época, el gas doméstico en Inglaterra contenía monóxido de carbono en concentraciones letales. No tardó mucho en perder el conocimiento y poco después la vida.
Cuando la noticia se esparció entre escritores y poetas, nadie podía creerlo. La muerte de Sylvia Plath metiendo la cabeza en el horno desató todo un debate sobre esa frontera difusa entre el talento artístico, la inestabilidad mental y la depresión profunda. Algunos encontraron una ironía amarga en su elección: Plath, que había denunciado en sus versos las cadenas de la vida doméstica, eligió un instrumento tan hogareño como un horno para su salida. Como si fuera su última metáfora, su poema final escrito con su propia vida.
La última carta que dejó antes de su muerte
Antes de irse, Plath escribió una carta para su médico, el Dr. Horder. Le pedía que fuera a verla y le explicaba qué hacer si la encontraba en mal estado. Dejó anotado el teléfono de la niñera y también el de Ted Hughes. Es desgarrador pensar que hasta en sus momentos más oscuros seguía siendo práctica, seguía pensando en los detalles, en sus hijos sobre todo.
Ted Hughes mencionó años después que había otra carta, una dirigida a él, pero que desapareció. O la destruyó. O nunca existió. ¿Qué decía esa carta fantasma? ¿La eliminó Hughes para proteger su reputación? Las teorías no han parado de circular desde entonces. Esta incógnita sobre las últimas palabras de Plath le añade otra capa de misterio a una muerte ya de por sí envuelta en sombras.
¿Qué factores contribuyeron a la depresión y tendencias suicidas de Sylvia Plath?
Su tormentosa relación con Ted Hughes
El encuentro entre Sylvia y Ted marcó un antes y un después en sus vidas. Ocurrió en 1956, en una fiesta literaria en Cambridge donde ella estudiaba con una beca Fulbright. Según contó la propia Sylvia en su diario, esa noche lo mordió en la mejilla hasta hacerlo sangrar. Un comienzo violento que parecía anunciar todo el dolor que vendría después. Se casaron a los cuatro meses —demasiado rápido, dirían algunos—. Al principio todo era pasión y poesía compartida.
Pero las cosas se torcieron. Ted era ya reconocido como el poeta más prometedor de Inglaterra. Sylvia, mientras tanto, luchaba por encontrar su lugar, siempre a su sombra. La balanza del poder en su matrimonio estaba completamente desequilibrada. Y entonces llegó el golpe definitivo: en 1962, Ted la engañó con Assia Wevill.
Para Plath no fue solo perder al hombre que amaba. Era perder a su compañero creativo, su primer lector, el padre de sus hijos, su ancla en el mundo. Los poemas que escribió después, los que conformarían "Ariel", son puro fuego y dolor. Tomó esa traición y la convirtió en arte, en versos que todavía hoy te dejan temblando cuando los lees.
El intento de suicidio anterior en 1953
La primera vez que Plath intentó quitarse la vida tenía solo 20 años. Era agosto de 1953, y acababa de regresar de Nueva York donde había trabajado como editora invitada en la revista Mademoiselle. El verano había sido durísimo, y cuando rechazaron su solicitud para un curso de escritura con Frank O'Connor, algo se quebró dentro de ella.
El 24 de agosto dejó una nota diciendo que salía a caminar. Bajó al sótano de la casa familiar y se tomó un frasco entero de pastillas para dormir. Estuvo desaparecida tres días. Tres días en los que su familia la buscó desesperadamente hasta que su hermano la encontró, todavía con vida pero inconsciente, escondida en el sótano. Este episodio se convertiría en el centro de "La campana de cristal", donde su protagonista Esther vive una crisis similar.
Después vinieron los tratamientos con electroshock en el McLean Hospital, una experiencia que Plath describió como una tortura y que aparece con toda su crudeza en sus escritos. Este primer intento nos dice algo fundamental: la batalla de Plath contra sus demonios internos venía de lejos. Era una guerra que llevaba librando desde muy joven, y que diez años después finalmente perdería.
La influencia de la muerte de su padre Otto
Otto Plath murió cuando Sylvia tenía ocho años. Era 1940, y él era profesor universitario, un hombre serio de origen alemán que estudiaba las abejas. Murió por complicaciones de una diabetes que no quiso tratar a tiempo, dejando a una niña pequeña con un vacío imposible de llenar. Esa pérdida tan temprana marcó a fuego toda la obra de Plath.
Su poema "Daddy", escrito en octubre de 1962 —apenas cuatro meses antes de morir—, es un grito desgarrador sobre esta relación imposible. En él compara a su padre con un nazi y a ella misma con una víctima del Holocausto. "Tuve que matarte", escribió, "pero te moriste antes de que pudiera hacerlo". Son versos que te hielan la sangre por su crudeza y su rabia.
La ausencia de Otto la llevó a buscar figuras paternas toda su vida, hombres fuertes a los que admirar y contra los que rebelarse. Ted Hughes cumplió ese papel durante un tiempo. Mientras tanto, Aurelia, su madre, intentaba mantener viva una imagen perfecta del padre muerto. ¿El resultado? Una Sylvia que esperaba demasiado de los hombres, que los idealizaba y luego se estrellaba contra la realidad de los varones de su tiempo, educados para ser el centro del universo y actuar como si lo fueran. Otto nunca dejó de ser una sombra enorme en la vida de su hija, un fantasma que aparece una y otra vez en sus poemas más íntimos.
¿Qué obras póstumas de Sylvia Plath recibieron reconocimiento en la década de los 50 y después?
Ariel y su publicación póstuma
"Ariel" es el libro que consagró a Plath, aunque ella nunca lo vio publicado. Salió en 1965, dos años después de su muerte. Los poemas que lo componen fueron escritos en una especie de frenesí creativo durante sus últimos meses de vida, entre octubre del 62 y febrero del 63. Se levantaba antes del amanecer, cuando los niños todavía dormían, y escribía como poseída. Ella lo llamaba "la hora de la verdad", esos momentos robados al sueño cuando su mente estaba más clara y más oscura a la vez.
El "Ariel" que conoció el mundo no era exactamente el que Plath había preparado. Ted Hughes, como albacea literario, cambió el orden de los poemas y eliminó algunos que lo dejaban muy mal parado. Sacó "The Rabbit Catcher" y "The Detective", entre otros. Muchos pusieron el grito en el cielo. ¿Tenía derecho Hughes a editar así el legado de su ex esposa? Hubo que esperar hasta 2004 para que Frieda Hughes, la hija de ambos, publicara la versión original que su madre había planeado.
Los poemas de "Ariel" son pura electricidad. "Lady Lazarus", "Daddy", "Edge"... cada uno es un puñetazo al estómago. Plath había encontrado su voz definitiva, una voz que no le temía a nada, que hablaba de maternidad, muerte, traición y renacimiento con una honestidad brutal. Es terrible pensar que alcanzó su cima creativa justo antes de decidir que ya no podía seguir.
La obtención del Premio Pulitzer póstumo
Pasaron casi veinte años. En 1982, Sylvia Plath recibió el Premio Pulitzer por sus "Poemas completos". Un reconocimiento tardío que por fin la colocaba donde merecía estar: entre los grandes de la poesía estadounidense del siglo XX. La colección, editada por Ted Hughes (otra vez él), reunía más de doscientos poemas, muchos que nunca se habían publicado.
Mientras vivía, Plath peleó con uñas y dientes por ser reconocida. Publicó su primer poema a los ocho años en el Boston Herald. Siguió publicando toda su adolescencia en revistas juveniles. Pero su único poemario publicado en vida, "The Colossus" de 1960, apenas causó revuelo. Los críticos fueron educados pero tibios. Nada que ver con la admiración que despertaría después.
Robert Lowell, que había sido su mentor, dijo después que Plath había encontrado su verdadera voz justo antes de morir. El Pulitzer fue como una disculpa póstuma del mundo literario. Por fin se reconocía su genio, separado del morbo que siempre rodeó su biografía. Aunque uno no puede evitar preguntarse: ¿cómo habría sido su carrera si hubiera vivido para ver ese reconocimiento? ¿Habría seguido escribiendo con esa intensidad? ¿O el éxito la habría cambiado?
La campana de cristal como reflejo autobiográfico
"La campana de cristal" salió al mundo bajo un nombre falso, Victoria Lucas, apenas un mes antes de que Plath se fuera. Es su única novela, y es básicamente su vida disfrazada de ficción. Esther Greenwood, la protagonista, es Sylvia con otro nombre, contando su descenso al infierno de la depresión después de su experiencia en Nueva York y su intento de suicidio del 53.
La novela captura perfectamente lo que era ser una mujer joven y brillante en los años 50, atrapada entre lo que se esperaba de ti (casarte, tener hijos, ser feliz con eso) y lo que realmente querías (escribir, crear, ser alguien por ti misma). Esa imagen de la campana de cristal descendiendo sobre Esther, aislándola del mundo, dejándola sin aire... es quizás la mejor descripción de la depresión que se ha escrito jamás.
Al principio el libro pasó casi desapercibido. Las críticas fueron flojas, las ventas peores. Plath tenía planes de publicarlo en Estados Unidos con su nombre real, pero nunca llegó a verlo. Solo cuando se reeditó en 1971, ya con su verdadero nombre en la portada, el mundo entendió lo que tenía entre manos. Era el testimonio de una mente brillante luchando contra sus propios fantasmas, contado con una honestidad que todavía hoy, más de medio siglo después, te deja sin aliento cuando lo lees.