Biografía
Rubén Darío, nacido Félix Rubén García Sarmiento en Metapa, Nicaragua, el 18 de enero de 1867, encarna la figura fundacional del modernismo hispanoamericano y representa la primera gran renovación de la sensibilidad poética en lengua castellana desde el Siglo de Oro. Cosmopolita empedernido, siempre buscando formas nuevas de decir las cosas. No solo revolucionó su propia poesía: despertó una conciencia literaria americana que por fin podía mirar a Europa de tú a tú, sin complejos.
El talento de Darío era evidente desde chaval, pero con "Azul" (1888) estalló todo. Prosa y verso mezclados con una audacia que nadie había visto en castellano. Había leído a los parnasianos y simbolistas franceses —Verlaine, Mallarmé— y se los había tragado enteros, pero lo que salió no era copia: era otra cosa, una síntesis donde lo americano se vestía con ropajes europeos pero seguía siendo americano. "Azul" puso patas arriba las letras hispánicas.
Buenos Aires primero, París después. Darío necesitaba ciudades grandes, tertulias, ambiente cosmopolita. La Argentina de fin de siglo le dio exactamente eso. "Los raros" (1896) es un libro de retratos literarios donde presenta a sus héroes: Poe, Verlaine, Ibsen, Mallarmé. Un panteón personal que era también una declaración de intenciones: esto es lo que hay que leer, esto es hacia donde vamos.
"Prosas profanas" (1896) lo consagró definitivamente. Darío sacó a pasear metros que llevaban siglos muertos, inventó combinaciones rítmicas que nadie había oído, demostró que el castellano podía sonar tan refinado como el francés. "Era un aire suave", "Sonatina"... Poemas que todavía suenan frescos. Preciosismo formal puesto al servicio de una sensibilidad genuinamente moderna: belleza, deseo, melancolía.
Con "Cantos de vida y esperanza" (1905) el tono cambió. Darío seguía siendo Darío, pero ahora hablaba de América, de política, del futuro del continente. "A Roosevelt" es un poema que le planta cara al expansionismo gringo; "Salutación del optimista" sueña con un destino grande para la América hispana. El esteticismo puro de antes daba paso a preocupaciones más anchas, más urgentes.
La técnica seguía afinándose. Unamuno dijo que Darío había traído la "armonía verbal" al castellano, y tenía razón. Endecasílabos flexibles, alejandrinos importados del francés pero aclimatados, metros compuestos que nadie había probado. Darío entendía la música del idioma como pocos, y ese oído excepcional se nota en cada verso.
Ya en "El canto errante" (1907) la poesía se vuelve más reflexiva: el tiempo, la muerte, qué significa ser artista en un mundo que no te entiende. El "Nocturno" de ese libro es pura angustia existencial vertida en versos impecables. Darío había madurado, y su poesía con él.
La influencia de Darío trasciende ampliamente los límites de su obra personal para constituirse en fenómeno cultural de primer orden. Su magisterio sobre la generación modernista —desde José Martí hasta Leopoldo Lugones, de José Santos Chocano a Amado Nervo— establece por primera vez en la historia literaria hispanoamericana un movimiento de alcance continental que dialoga en términos de igualdad con las corrientes europeas contemporáneas.
Su muerte en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916, cierra una trayectoria que ha transformado definitivamente la poesía en lengua castellana, dotándola de una flexibilidad expresiva y una riqueza rítmica que la equiparan con las tradiciones poéticas más refinadas del mundo occidental.