Biografía
Paul Verlaine nació en Metz el 30 de marzo de 1844. Fue el poeta maldito por excelencia, el que mejor encarnó esa figura del artista destruido por sus propios demonios. Vida errante, amores tormentosos, una búsqueda de belleza que siempre pasaba por el dolor. Empezó bebiendo del parnasianismo, de esos versos pulidos como mármol, pero pronto encontró su propia voz: una poesía que sonaba a música, que hablaba desde las tripas, que abriría el camino hacia el simbolismo.
Con "Poemas saturnianos" (1866) ya asomaba el Verlaine que vendría después: melancólico hasta los huesos, con un oído para la música del verso que pocos han igualado. "Chanson d'automne" viene de ahí, y si lo lees en voz alta entiendes de qué va: el tipo convertía estados de ánimo borrosos en melodía, hacía que el paisaje de afuera y el de adentro se fundieran en una misma cosa.
Con "Fiestas galantes" (1869) Verlaine se metió en el siglo XVIII, en ese mundo de Watteau lleno de damas con pelucas y galanes enmascarados. No era imitación, era algo nuevo: tomó esa elegancia artificiosa y le metió una melancolía muy suya, muy moderna. "Claro de luna" sale de ahí, un poema donde todo parece a punto de desvanecerse, donde los sentimientos pesan tan poco como las figuras de un cuadro rococó.
Y entonces llegó Rimbaud. 1871. El encuentro más explosivo de la literatura francesa. Dos años de pasión, alcohol, poesía y violencia que terminarían con Verlaine disparándole a su amante adolescente en un hotel de Bruselas. "Romanzas sin palabras" (1874) nació de esos meses de vagabundeo por Bélgica e Inglaterra, y es puro impresionismo en verso: el poeta quería competir con la música, quitarle peso a las palabras hasta que solo quedara el sonido. "De la musique avant toute chose", escribió en su "Arte poética". La música por encima de todo.
La cárcel lo cambió, o eso pareció. En "Sabiduría" (1881) encontramos a un Verlaine que dice haberse convertido, que busca a Dios entre los barrotes. "El cielo está por encima del techo" viene de esa época: versos escritos desde una celda que hablan de libertad perdida y de una extraña paz interior. ¿Era sincero? Probablemente sí, al menos mientras lo escribía. Luego vendría la recaída, la bohemia, la miseria.
Los libros tardíos —"Antaño y otrora" (1884), "Amor" (1888)— muestran a un poeta gastado que oscila entre la nostalgia y el hedonismo triste. Su poesía adquiere entonces una transparencia confesional que la aproxima a la prosa, sin perder por ello su cualidad musical. Verlaine había inventado algo: el verso impar, los ritmos rotos, la sugerencia en lugar del trazo grueso. Esa manera de insinuar más que de decir. Todo eso pasaría al simbolismo y de ahí a la poesía moderna.
Como crítico también dejó huella. "Los Poetas malditos" (1884) es un libro donde Verlaine descubre a sus contemporáneos ignorados: Mallarmé, Corbière, el propio Rimbaud. Escribía sobre ellos con un entusiasmo contagioso, encontrando genio donde otros solo veían rareza. Tenía buen ojo para detectar lo que importaba.
Los últimos años de Verlaine fueron duros: pobreza, hospitales, cafés de mala muerte. Siguió escribiendo de todos modos. "Paralelamente" (1889), "Bonheur" (1891). En 1894 lo nombraron "príncipe de los poetas", un título honorífico que le llegó cuando ya estaba medio destruido. Murió en París el 8 de enero de 1896, pobre y enfermo, pero con una obra que había cambiado para siempre la poesía francesa. ¿Qué dejó? Una manera nueva de hacer versos: menos retórica, más música. Le quitó el corsé a la poesía francesa y le enseñó a cantar. La influencia verlainiana se extiende mucho más allá de las fronteras francesas, nutriendo movimientos poéticos que, desde el modernismo hispanoamericano hasta el simbolismo europeo, encuentran en su obra un modelo de refinamiento técnico y sinceridad emocional que inaugura verdaderamente la sensibilidad poética moderna.