Biografía
Newark, Nueva Jersey, 3 de febrero de 1947. En una casa típica de clase media americana nace Paul Auster, un niño que crecería observando las calles y las vidas ordinarias que más tarde poblarían sus novelas. ¿Quién hubiera imaginado que ese chico terminaría convirtiéndose en uno de los escritores más intrigantes de su generación? Tras graduarse en Literatura por Columbia, hizo las maletas y se largó a Francia —como tantos artistas americanos antes que él— donde se ganó la vida traduciendo y empapándose de esa atmósfera europea que dejaría huella en cada página que escribiría.
Los ochenta llegaron y con ellos el despegue de Auster. La trilogía de Nueva York (1985-1987) fue como un puñetazo en la mesa del género negro: tomó todas las reglas establecidas y las tiró por la ventana. ¿Un detective que pierde su propia identidad mientras investiga? ¿Personajes que se desdoblan y confunden? Era algo completamente distinto, una locura hermosa que te dejaba preguntándote qué era real y qué no. Y luego vinieron joyas como El palacio de la luna (1989), donde un huérfano busca su lugar en el mundo entre casualidades imposibles, o Leviatán (1992), con esa bomba que estalla al principio y te arrastra hacia atrás en el tiempo. Brooklyn Follies (2005) nos mostró un Auster más maduro, quizás más tierno, contando historias de gente común en ese barrio neoyorquino que tanto amaba.
Pero Auster no se quedó solo en los libros. El tipo dirigió Smoke en 1995 (¿recuerdas esa escena del estanco y las fotografías?), escribió poesía cuando le apetecía, y sus ensayos... bueno, te hacían pensar en cosas que ni siquiera sabías que necesitabas pensar. Su escritura tenía ese no-sé-qué: frases que fluían como jazz, personajes que se miraban al espejo y no se reconocían, coincidencias que parecían imposibles pero que, vamos, ¿acaso la vida no está llena de ellas? El 30 de abril de 2024 nos dejó, pero sus libros siguen ahí, esperando en las estanterías, listos para desorientarte y maravillarte a partes iguales. Y es que Auster tenía esa magia: convertir lo cotidiano en algo extraordinario, recordándonos que vivimos en un mundo mucho más raro y fascinante de lo que creemos.