Biografía
¿Conocés a esos escritores que te vuelan la cabeza cada vez que los leés? Bueno, Ricardo Piglia era uno de esos. Nacido en Adrogué allá por 1941, este tipo se convirtió en una de las voces más potentes de la literatura argentina del siglo pasado. Imaginate: un pibe de provincia que se crió en Mar del Plata y después se plantó en Buenos Aires para revolucionar la forma en que entendemos la ficción y la crítica literaria.
Lo que hacía único a Piglia era su manera de charlar con los grandes —Borges, Arlt, el loco de Macedonio Fernández— como si estuvieran tomando un café en algún bar de Corrientes. No era un diálogo reverencial, ¿sabés? Era más bien una conversación entre pares, donde él aportaba su propia visión sobre qué diablos significa escribir, leer y pensar la literatura.
Los primeros pasos de un genio
En 1967 apareció con La invasión, un libro de cuentos que ya mostraba las cartas. Después vino Nombre falso (1975), donde mezcló el policial con la metaliteratura de una forma que te dejaba pensando "¿cómo no se le ocurrió a nadie antes?". Pero el verdadero bombazo llegó con Respiración artificial en 1980. Mirá, esta novela... era como leer un código secreto sobre la dictadura mientras oficialmente no se podía hablar de nada. Dos tipos intercambiando cartas sobre literatura, historia y política, y vos ahí, dándote cuenta de que Piglia estaba diciendo todo lo que había que decir sin decirlo directamente.
El maestro del laberinto
La ciudad ausente (1992) fue su siguiente jugada maestra. ¿Te imaginás a Borges escribiendo ciencia ficción sobre la memoria y la dictadura? Algo así era este libro. Un laberinto de historias donde la tecnología, la identidad y los fantasmas del pasado se entrecruzaban de formas que todavía hoy, cuando lo releés, encontrás cosas nuevas. Y después, para cerrar su trilogía novelística, nos regaló Blanco nocturno (2010), con ese detective Croce que parecía salido de una pesadilla de Chandler pero bien argenta. Un tipo obsesionado con encontrar la verdad en un mundo donde todo está fragmentado, donde nada es lo que parece.
Más allá de la ficción
Pero Piglia no era solo un contador de historias. El tipo pensaba la literatura como otros piensan la física cuántica. Su libro Crítica y ficción (1986) es de esos textos que te cambian la forma de leer. ¿Cómo puede ser que la literatura sea una forma de resistencia? ¿Por qué escribir es también una manera de pensar? Piglia te lo explicaba con una claridad que daba miedo.
Y mirá, lo más conmovedor viene al final. Cuando ya estaba enfermo, sacó los Diarios de Emilio Renzi. ¿Te das cuenta? El tipo había estado escribiendo diarios toda su vida y los transformó en una obra monumental donde ficción y realidad se mezclaban hasta que ya no sabías dónde terminaba Ricardo y empezaba Renzi. Era como espiar por la cerradura de su mente, ver cómo funcionaba esa máquina de pensar y crear.
El legado que sigue vivo
Piglia se nos fue en 2017, pero acá estamos, todavía tratando de desentrañar todo lo que nos dejó. No es fácil, ¿viste? Porque leer a Piglia es como jugar al ajedrez con alguien que siempre está tres jugadas adelante. Te obliga a pensar, a releer, a conectar puntos que parecían no tener nada que ver.
Lo que queda claro es que sin Piglia, la literatura argentina —y latinoamericana— sería otra cosa. El tipo nos enseñó que se puede hablar de política haciendo literatura, que la ficción puede ser una forma de pensar la realidad, y que a veces las mejores verdades se dicen mintiendo. ¿No es acaso eso lo que hace grande a un escritor?