Biografía
Madrid, 24 de marzo de 1809. Nació ahí Mariano José de Larra, la voz más ácida y lúcida del romanticismo español. Quince años de escritura le bastaron para radiografiar una España que se resistía a cambiar, para inventar el periodismo moderno en castellano, para dejarnos una prosa que todavía escuece. Su vida fue corta y turbulenta, como correspondía a un romántico de verdad.
A los dieciocho ya estaba publicando. "El Duende Satírico del Día" (1828) mostraba a un chaval con lengua viperina y capacidad de análisis poco común. Cuando adoptó el seudónimo de "Fígaro" y empezó a colaborar en la prensa madrileña, su genio crítico se desplegó entero. Escribía con una modernidad que sorprende: frases que podrían haberse publicado ayer.
Los artículos costumbristas de Larra van mucho más allá del costumbrismo. "Vuelva usted mañana" (1833) no es solo una burla de la pereza burocrática española; es un diagnóstico de todo un país que se niega a modernizarse. Observación directa mezclada con reflexión filosófica, anécdota convertida en símbolo. Larra elevó el artículo periodístico a la categoría de literatura.
"El castellano viejo" (1832) hace lo mismo: una invitación a comer se convierte en choque de civilizaciones. Las maneras castizas contra las aspiraciones burguesas, lo tradicional contra lo moderno, y Larra en medio, incómodo y lúcido, mostrando que esos dos mundos no tienen forma de entenderse.
La política le interesaba tanto como la literatura. En artículos como "En este país" (1833) o "De las traducciones" (1836) reflexiona sobre qué es España, cómo se compara con Europa, hacia dónde debería ir. Era liberal, pero no ingenuo: desconfiaba tanto de los radicales como de los reaccionarios. Buscaba un camino intermedio que permitiera modernizar sin arrasar.
"Macías" (1834) fue su intento teatral más serio, un drama romántico sobre el trovador medieval. Larra se identificaba con el personaje: el artista incomprendido, el amor imposible, la sociedad que aplasta. No era solo literatura; era autobiografía disfrazada.
Los últimos artículos son los mejores y los más oscuros. "El día de difuntos de 1836", "La nochebuena de 1836"... La sátira social se ha convertido en meditación existencial. Larra mira Madrid y ve un cementerio; mira su propia vida y no encuentra sentido. La crítica se ha vuelto introspección, el análisis social se ha transformado en pregunta metafísica sobre para qué vivimos.
Se pegó un tiro el 13 de febrero de 1837. Tenía veintisiete años. Dolores Armijo lo había dejado, pero la crisis venía de más hondo: Larra ya no podía con España, ni consigo mismo, ni con la distancia entre lo que soñaba y lo que veía. Su muerte se convirtió en símbolo para toda una generación: el ideal romántico estrellándose contra la realidad.