Primo Levi: testimonio y memoria del Holocausto en Auschwitz

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Retrato de Primo Levi
Redacción | Jue, 28 Ago 2025 - 21:50
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El escritor italiano Primo Levi fue uno de los pocos judíos superviviente del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, una experiencia que plasmó en su novela Si esto es un hombre

Primo Levi (1919-1987), escritor italiano, superviviente del Holocausto, nos dejó uno de los testimonios más lúcidos y desgarradores sobre lo que fue la experiencia en los campos de exterminio nazis. Su obra "Si esto es un hombre" (Questo è un uomo) no es solo un testimonio histórico; es una ventana al infierno de Auschwitz en la Segunda Guerra Mundial. Con una prosa limpia, casi quirúrgica, que evita caer en el sentimentalismo fácil, Levi logró algo extraordinario: transformar el horror indescriptible en palabras que todos podemos entender. Su voz se alzó como un faro en medio de la oscuridad, recordándonos lo que puede ocurrir cuando la humanidad pierde el rumbo.

¿Quién fue Primo Levi y cómo sobrevivió al Holocausto?

Primo Levi nació en Turín en 1919, en el seno de una familia judía que llevaba generaciones viviendo totalmente integradas en su comunidad. Era un muchacho brillante, de esos que tenían todo el futuro por delante hasta que el fascismo y su veneno antisemita trastocaron su mundo por completo. Lo que había estudiado en la universidad —algo aparentemente mundano como la química— acabaría siendo su tabla de salvación en el infierno de Auschwitz. Es curioso cómo el destino juega estas cartas: un título académico que se convertiría en la diferencia entre vivir un día más o desaparecer en el horror de las cámaras de gas. 

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Entrada del campo de Auschwitz

¿Cuál era la profesión de Primo Levi antes de ser deportado a Auschwitz?

Antes de que su mundo se derrumbara, Primo Levi era químico. Se había licenciado en 1941 en la Universidad de Turín, y hay que tener en cuenta el mérito que esto tuvo: las leyes raciales de Mussolini ya estaban vigentes y cada día se lo ponían más difícil a los estudiantes judíos. Pero Levi era tenaz. Para él, la química no era solo una carrera; era una pasión, una forma de entender el mundo a través de sus elementos más básicos. Esta manera analítica de ver las cosas —qué paradoja— le ayudaría después a diseccionar y comprender el horror con una lucidez escalofriante.

En aquella Italia donde ser judío era cada vez más peligroso, Levi consiguió trabajo en una fábrica de medicamentos que operaba medio en las sombras. Un joven brillante obligado a trabajar casi clandestinamente solo por su origen. Pero él seguía adelante, aferrado a su profesión como quien se agarra a una identidad que le quieren arrebatar.

¿En qué circunstancias fue deportado a Auschwitz en 1944?

En febrero de 1944, cuando Italia estaba partida en dos por la invasión del sur a manos de los aliados y los alemanes ocupaban el norte, este químico de laboratorio decidió unirse a los partisanos en las montañas del Valle de Aosta. El problema es que Levi no tenía ni idea de cómo ser guerrillero —era un intelectual, no un soldado— y la milicia fascista lo capturó casi de inmediato.

Al ser detenido, tuvo que elegir entre identificarse como partisano (lo que significaba ejecución inmediata) o como judío. Eligió lo segundo, pensando quizás que le daría más tiempo. Fue enviado primero a Fossoli, cerca de Módena, y el 22 de febrero de 1944 lo metieron en un vagón de ganado junto a otros 649 judíos italianos. El viaje fue una pesadilla: días enteros apiñados como animales, sin agua, sin baños, con un frío que calaba hasta los huesos. De todos ellos, solo 24 volverían a ver Italia.

Al llegar, pasó por esa terrible selección en la rampa de Birkenau, donde los médicos de las SS decidían con un gesto quién vivía y quién moría. A sus 24 años, lo consideraron útil para trabajar. Se convirtió en el prisionero 174517 —un número que llevaría grabado en la piel y en el alma para siempre—.

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Fábrica de Farben Auschwitz

¿Cómo influyó su formación como químico en su supervivencia?

La química le salvó la vida a Primo Levi, así de simple y así de complejo. En enero de 1944, después de meses sufriendo el trabajo brutal al aire libre, fue seleccionado para el laboratorio de la planta Buna-Werke, parte del complejo industrial IG Farben en Auschwitz III-Monowitz. Mientras otros prisioneros morían congelados bajo la nieve polaca, él pudo trabajar bajo techo, con algo de calefacción.

Pero no era solo el refugio físico. En aquel laboratorio, Levi recuperó algo de su humanidad: podía usar su cerebro, aplicar sus conocimientos, sentirse aunque fuera por momentos como algo más que un número tatuado en el brazo. Su mente científica —esa que analizaba compuestos y reacciones— le permitió también estudiar y entender los mecanismos del campo, desarrollar estrategias de supervivencia donde cada pequeño detalle podía marcar la diferencia entre el amanecer siguiente o la muerte.

¿Cómo describe Primo Levi la vida cotidiana en el campo de concentración de Auschwitz?

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Retrato de Primo Levi

Lo extraordinario de los escritos de Levi es su frialdad aparente, esa capacidad para describir lo indescriptible sin caer en el melodrama. Como si estuviera diseccionando una muestra en su laboratorio, nos muestra la maquinaria del campo pieza por pieza: las jerarquías entre prisioneros, los trucos para conseguir un mendrugo extra de pan, la psicología del superviviente. No te dice qué sentir; simplemente te muestra los hechos y deja que el horror hable por sí mismo.

¿Qué diferenciaba a los "hundidos y los salvados" según Levi?

Esta distinción que hace Levi entre "los hundidos y los salvados" es quizás una de sus observaciones más desgarradoras y honestas. Los hundidos —los "sommersi" en italiano— eran aquellos que se rendían, que perdían esa chispa vital que te mantiene luchando incluso cuando todo está perdido. En el argot del campo los llamaban "musulmanes", figuras espectrales que arrastraban los pies hacia su inevitable final. Verlos era contemplar el triunfo absoluto del sistema nazi: seres humanos vaciados de humanidad incluso antes de morir.

Los salvados, en cambio, eran los que de alguna manera se las arreglaban para mantenerse a flote. Y aquí Levi es brutalmente honesto: no siempre eran los más nobles o virtuosos quienes sobrevivían. A veces eran los más astutos, los que sabían hacer trueques, los que tenían algún conocimiento útil, o sí, también los que estaban dispuestos a pisar a otros. Algunos Kapos, esos prisioneros convertidos en verdugos de sus compañeros, tenían más posibilidades de sobrevivir que el más bondadoso de los hombres. Pero Levi no juzga; simplemente observa y cuenta lo que vio.

¿Cómo era el sistema de supervivencia dentro del campo?

Imagínate un mundo donde cada migaja de pan, cada hilo de tu uniforme, cada paso que das puede determinar si vives o mueres. Así era Auschwitz según Levi. Había toda una jerarquía invisible pero férrea: arriba los Kapos y otros prisioneros con funciones especiales, que tenían pequeños privilegios —un poco más de comida, zapatos que no destrozaban los pies—; abajo, los recién llegados, los "nuevos", que aún no conocían las reglas no escritas del campo.

Los nazis ponían a los prisioneros a vigilarse y oprimirse entre ellos. Divide y vencerás llevado al extremo. Para sobrevivir había que aprender rápido: dónde colocarse en la fila de la sopa para que te tocara la parte menos aguada, cómo intercambiar tu ración de pan por unos cigarrillos que después podrías cambiar por zapatos mejores, cómo mantenerte mínimamente limpio aunque no hubiera jabón ni agua caliente. Porque enfermarse era prácticamente una sentencia de muerte. O te seleccionaban para la cámara de gas o simplemente morías porque nadie iba a cuidarte.

Levi cuenta cómo algunos prisioneros con oficios —sastres, zapateros, médicos— tenían una pequeña ventaja. Su conocimiento valía algo en aquella economía perversa. Un zapatero podía arreglar las botas de un Kapo a cambio de protección. Un médico podía trabajar en la enfermería, lejos del frío mortal. Cada uno jugaba las cartas que tenía, si es que tenía alguna.

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Primo Levi en una ceremonia de aniversario de la liberación de los campos

¿Qué papel jugaba el hambre y el frío en la deshumanización de los prisioneros?

El hambre que describe Levi es algo que te carcome desde dentro, que ocupa cada pensamiento, que transforma a las personas en algo irreconocible. Con apenas 700-800 calorías al día —un caldo transparente y un trozo de pan duro— mientras hacías trabajos que requerían el triple o el cuádruple de energía, el cuerpo empezaba a devorarse a sí mismo.

Y lo peor no era solo el deterioro físico —los edemas, la pérdida de músculo, los dientes que se caían—. Era lo que el hambre hacía con tu mente, con tu moral. Levi cuenta cosas terribles: prisioneros robándole el pan a un moribundo, hombres cultos y educados lamiendo platos sucios, personas rebuscando en la basura como animales. ¿Quiénes somos realmente cuando el hambre nos lleva al límite? Es una pregunta que Levi deja flotando en el aire.

Y luego estaba el frío polaco, ese frío de menos veinte grados que se metía en los huesos y no salía nunca. Con un uniforme de rayas fino como el papel y unos zuecos que destrozaban los pies, los prisioneros tenían que estar horas de pie en la plaza para el recuento o trabajar al aire libre. Las congelaciones eran el pan de cada día; dedos de pies y manos que se volvían negros y había que amputar sin anestesia. El frío y el hambre juntos eran una combinación letal que debilitaba el sistema inmunológico hasta tal punto que cualquier infección —tifus, tuberculosis, disentería— se convertía en una epidemia mortal.

Levi es implacable en su análisis: estas condiciones extremas no eran casuales ni desafortunadas. Eran parte del plan. Destruir el cuerpo para destruir el espíritu, reducir al ser humano a sus instintos más básicos hasta que la supervivencia personal se volviera más importante que cualquier consideración ética. Es difícil juzgar a quien roba un mendrugo de pan cuando sabes que sin ese mendrugo no verá el amanecer.

Enero de 1945: la liberación del campo

Cuando en enero de 1945 las tropas soviéticas del Ejército Rojo llegaron a Auschwitz descubrieron el error infinito que los nazis habían perpetrado allí. Un puñado de esqueletos cubiertos con piel los recibieron con los brazos abiertos y les informaron de que los últimos miembros de las SS habían abandonado el campo días antes ante las noticias del avance de los soviéticos. Primo Levi fue uno de los pocos que llegaron con vida a la liberación del campo, gracias a una combinación de suerte con las mejores condiciones de las que pudo gozar por sus conocimientos como químico. 

¿Qué diferencias y similitudes existen entre los testimonios de Primo Levi y Elie Wiesel como sobrevivientes del Holocausto?

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Retrato de Primo Levi

Primo Levi y Elie Wiesel, dos supervivientes de Auschwitz, dos formas radicalmente distintas de contar lo mismo. Mientras Levi disecciona el horror con bisturí de cirujano, Wiesel lo grita con el alma rota. No es que uno sea mejor que otro; son simplemente dos maneras de procesar lo improcesable, de poner palabras a lo que no tiene nombre.

¿Cómo procesaron ambos autores su experiencia como supervivientes?

La diferencia entre cómo Levi y Wiesel procesaron Auschwitz dice mucho sobre quiénes eran como personas. Levi, el químico, se puso a escribir "Si esto es un hombre" casi inmediatamente después de ser liberado. Era como si necesitara vomitar todo aquello sobre el papel, ordenarlo, clasificarlo, entenderlo. Su mente científica no podía dejar de analizar: ¿cómo fue posible? ¿qué mecanismos operaron? ¿qué nos dice esto sobre la naturaleza humana? Para él, escribir era casi una necesidad física, como respirar.

Wiesel, en cambio, se calló durante diez años. Diez años de silencio antes de poder articular "La Noche". Y cuando finalmente habló, su voz estaba teñida de una angustia espiritual profunda. ¿Dónde estaba Dios mientras su pueblo era asesinado? ¿Cómo reconciliar la fe con las chimeneas humeantes? Mientras Levi mantenía una distancia casi clínica —era agnóstico y veía el Holocausto como un fenómeno histórico-político—, Wiesel luchaba con preguntas teológicas que le desgarraban el alma.

Sus vidas posteriores reflejan estas diferencias. Levi volvió a Turín, a su trabajo como químico, escribiendo en su tiempo libre, viviendo una vida relativamente tranquila hasta su muerte en 1987. Wiesel se convirtió en una figura pública mundial, profesor, activista, ganador del Nobel de la Paz. Uno procesó el trauma hacia adentro; el otro, hacia afuera. Dos formas válidas de lidiar con lo inlidiable.