El 14 de febrero de 1989, Salman Rushdie recibía una noticia que le helaría la sangre: el ayatolá Ruhollah Jomeini, líder supremo de Irán, acababa de emitir una «fatwa» que básicamente ponía precio a su cabeza. Ese día despertó y descubrió que millones de personas en todo el mundo consideraban que su muerte era un deber religioso. Este decreto religioso condenaría al autor de raíces indias a décadas de persecución, amenazas constantes y, al final del camino, a un ataque salvaje que casi acaba con su vida. El caso Rushdie marcó un antes y un después en las ya complicadas relaciones entre Occidente y el mundo islámico, desatando un debate feroz —que aún hoy continúa— sobre dónde terminan los límites de la libertad de expresión y dónde comienza el respeto a las creencias religiosas.
¿Qué es una fatwa y por qué se emitió contra el escritor británico Salman Rushdie?
¿Qué significa el término "fatwa" en el contexto islámico?
Pese a que en occidente suele pensarse lo contrario, una fatwa no es automáticamente una sentencia de muerte, aunque el caso Rushdie nos haya hecho creer lo contrario. En realidad, en la tradición islámica una fatwa es una opinión legal emitida por un erudito islámico capacitado que interpreta la ley musulmana (la sharia) para resolver una pregunta específica. Estos dictámenes pueden tratar temas tan mundanos como qué tipo de inversiones son permitidas o tan serios como el que afectó a Salman Rushdie.
Lo que hace que algunas fatwas sean diferentes —y francamente aterradoras— es cuando tocan temas de blasfemia o apostasía. Y aquí es donde las cosas se ponen complicadas: no todas las fatwas obligan a todos los musulmanes por igual. Depende mucho de quién la emite y qué rama del Islam sigues. Cuando la fatwa contra Rushdie salió de la boca del máximo líder espiritual y político de Irán, la cosa cambió radicalmente. Para muchos fieles, esto no era solo una opinión más; era prácticamente una orden divina que ataba al menos a todos los chíies.
¿Quién emitió la fatwa contra Salman Rushdie y cuándo ocurrió?
La bomba cayó el 14 de febrero de 1989, cuando el ayatolá Ruhollah Jomeini, con 86 años y ya bastante enfermo, tomó los micrófonos de Radio Teherán para pronunciar palabras que retumbarían en todo el mundo. No se anduvo con rodeos: declaró que Rushdie y todos los que hubieran participado en la publicación de "Los Versos Satánicos" conociendo su contenido merecían la muerte. Las palabras exactas de Jomeini fueron escalofriantes: "Informo a todos los musulmanes que el autor del libro titulado 'Los Versos Satánicos', que ha sido compilado, impreso y publicado en oposición al Islam, el Profeta y el Corán, así como a todos los editores que conocían su contenido, han sido condenados a muerte".
Como añadido, el ayatolá ofreció una recompensa millonaria. Con el tiempo, varias fundaciones iraníes fueron subiendo la apuesta hasta alcanzar cifras que harían palidecer a cualquier cazarrecompensas de película. Todo esto ocurrió apenas unos meses después de que Penguin Books publicara la novela en Reino Unido, en septiembre de 1988. Era algo nunca visto: un líder religioso de un país extranjero dictando sentencia de muerte contra un ciudadano británico por escribir un libro.
¿Cuáles fueron las razones específicas para emitir este edicto religioso?
Las autoridades religiosas islámicas que respaldaron la fatwa veían "Los Versos Satánicos" como algo más que una simple novela irreverente. Para ellos, era un ataque frontal, calculado y malicioso contra todo lo que consideraban sagrado. El libro, según ellos, se burlaba del Profeta Mahoma y su familia, ridiculizaba figuras veneradas, tergiversaba eventos cruciales de la historia islámica y —esto era lo peor— ponía en duda la autenticidad divina del Corán.
Los capítulos más polémicos presentaban personajes ficticios con nombres que sonaban sospechosamente parecidos a Mahoma y sus esposas, recreando episodios de sus vidas de formas que muchos musulmanes encontraron profundamente hirientes. Pero el verdadero punto de quiebre fueron las referencias a los llamados "versos satánicos", un episodio controvertido (y para muchos, apócrifo) donde supuestamente Satanás engañó al Profeta haciéndole creer que ciertos versos venían de Alá.
Jomeini veía todo esto como parte de una conspiración mayor del "imperialismo arrogante" contra el Islam. Y aquí es donde la política se mezcla peligrosamente con la religión: Irán acababa de salir de una revolución, estaba en guerra con Irak, y necesitaba consolidar su posición como defensor del Islam. La fatwa contra Rushdie llegó en el momento perfecto para que Jomeini se presentara como el campeón de todos los musulmanes, sin importar si eran chiítas o sunitas.
¿Cómo influyó la novela "Los Versos Satánicos" en la emisión de la fatwa de febrero de 1989?
¿Qué contenido de Los Versos Satánicos fue considerado ofensivo para el islam?
¿Qué escribió Rushdie que causó tal revuelo? El problema más gordo fue su uso del personaje "Mahound", un nombre que en la Europa medieval se usaba específicamente para insultar a Mahoma. Es como si alguien escribiera sobre Jesús pero lo llamara con el peor apodo posible. Rushdie presenta sueños y visiones donde aparecen prostitutas que adoptan los nombres de las esposas del Profeta. Imagínate el escándalo si alguien hiciera algo similar con figuras veneradas del cristianismo.
Pero el verdadero punto de ebullición fue cuando Rushdie tocó el tema de los "versos satánicos" propiamente dichos. Según algunas tradiciones (muy disputadas y controvertidas), hubo un momento en que Satanás engañó a Mahoma haciéndole recitar versos que permitían adorar a diosas paganas. La mayoría de los eruditos islámicos rechazan esta historia como una invención, pero Rushdie la tomó y corrió con ella, usándola como elemento central de su narrativa.
Y por si fuera poco, el libro sugiere —aunque sea en contextos oníricos y metafóricos— que el Corán podría ser creación humana y no divina. Para un musulmán devoto, esto es como decirle a un científico que las leyes de la física son opcionales. La novela también incluye escenas donde se burla de personajes que claramente representan al ayatolá Jomeini.
¿Cómo reaccionó la comunidad musulmana mundial ante la publicación?
La reacción fue como un tsunami que empezó con pequeñas olas y terminó arrasando continentes enteros. Antes de que Jomeini dijera nada, el libro ya había sido prohibido en India (el país natal de Rushdie), Pakistán, Bangladesh, Sudán, Sudáfrica y varios otros países con poblaciones musulmanas importantes. Las protestas empezaron relativamente tranquilas en el subcontinente indio, pero rápidamente escalaron a manifestaciones masivas. En Bombay, la ciudad donde Rushdie había crecido, los disturbios dejaron varios muertos. La gente estaba furiosa, y no era para menos desde su perspectiva.
La indignación se propagó como pólvora desde Marruecos hasta Indonesia. Había quemas públicas del libro, efigies de Rushdie ardiendo en las calles, y líderes religiosos de todas las ramas del Islam —sunitas, chiítas, no importaba— condenando la obra al unísono. Era raro ver tal nivel de unanimidad en el mundo islámico.
Después del 14 de febrero de 1989, cuando Jomeini soltó su bomba, todo explotó. Miles de musulmanes sintieron que defender su fe era ahora una obligación sagrada. Organizaciones islámicas empezaron a ofrecer recompensas adicionales, como si fuera una subasta macabra. Librerías en países occidentales fueron atacadas. Lo que para muchos occidentales era una cuestión de libertad de expresión, para millones de musulmanes era una afrenta imperdonable contra el corazón mismo de su identidad. Dos mundos chocando, y Rushdie atrapado en medio.
¿Qué defendía Salman Rushdie sobre su obra literaria?
Rushdie, que ya tenía un Premio Booker en su estantería, nunca se bajó del caballo. Siempre mantuvo que "Los Versos Satánicos" era ficción, pura y dura. Una exploración literaria sobre identidad, migración, fe y duda. Según él, no había intención de insultar a nadie, mucho menos al Islam o a Mahoma.
El escritor argumentaba que los pasajes más polémicos estaban envueltos en capas y capas de contexto: eran sueños, alucinaciones, delirios de personajes ficticios. No eran afirmaciones del autor, insistía. En múltiples entrevistas después de la fatwa (cuando se atrevía a darlas, claro), Rushdie machacaba el mismo punto: en las sociedades libres, los libros se debaten, no se queman. "Si no te gusta mi libro, escribe una crítica demoledora, no amenaces con matarme", parecía decir entre líneas.
Lo más frustrante para Rushdie era que muchos de sus críticos más vociferantes jamás habían leído el libro. Se basaban en fragmentos sacados de contexto, en el "me dijeron que dijiste". El autor señalaba, con razón, que él conocía el Islam desde dentro, había crecido con estas historias, tenía todo el derecho de reflexionar sobre ellas desde su perspectiva única como alguien formado entre múltiples culturas.
A pesar de vivir con una diana en la espalda, Rushdie nunca se retractó. Ni una disculpa, ni una modificación, nada. Se convirtió, le gustara o no, en el símbolo mundial de la libertad literaria frente a la censura religiosa. Un papel que, hay que reconocerlo, requiere agallas de acero.
¿Qué papel jugó el Ayatolá Jomeini en la fatwa contra el escritor británico Salman Rushdie?
¿Quién era Ruhollah Jomeini y cuál era su influencia en el mundo islámico?
Para entender el peso de la fatwa, hay que entender quién era Jomeini. Este hombre, nacido en 1902 en un Irán muy diferente al actual, no era un clérigo cualquiera. Era un Gran Ayatolá, el equivalente chiíta a un Papa, aunque la comparación se queda corta. En los años 60, Jomeini empezó a hacer ruido oponiéndose al Sha, un monarca pro-occidental que quería modernizar Irán a la fuerza.
El Sha lo exilió en 1964, pensando que así se libraba del problema. Gran error. Jomeini se convirtió en una leyenda viviente desde el exilio, primero en Turquía, luego en Irak, y finalmente en Francia. Desde allí orquestó la caída del Sha, enviando casetes con sus sermones que se copiaban y distribuían clandestinamente por todo Irán. Cuando regresó triunfante a Teherán en 1979, millones de personas salieron a recibirlo. Era como el retorno del rey, versión islámica.
Lo que hizo después fue revolucionario, literalmente. Creó un sistema político único: una república islámica donde él, como Líder Supremo, estaba por encima de todos, incluido el presidente electo. Su concepto del "gobierno del jurista islámico" (velayat-e faqih, para los que quieran impresionar en las cenas) transformó Irán de arriba a abajo. La sharia se convirtió en la ley del país, punto.
Pero su influencia iba mucho más allá de las fronteras iraníes. Para millones de chiítas en todo el mundo, era prácticamente infalible. Incluso muchos sunitas (que normalmente no se llevan muy bien con los chiítas) respetaban su postura antiimperialista y su apoyo a los palestinos. Cuando este hombre hablaba, el mundo musulmán escuchaba. Así que cuando emitió la fatwa contra Rushdie en 1989, a sus 86 años y a pocos meses de su muerte, sus palabras tenían el peso de una montaña.
¿Cómo se difundió el edicto del Ayatolá Jomeini mundialmente?
La difusión de la fatwa fue uno de los primeros casos de "viralización" global antes de que existiera internet. Estamos en 1989, no hay Twitter, no hay Facebook, y aun así, en cuestión de horas, todo el mundo sabía que un líder religioso iraní había puesto precio a la cabeza de un escritor británico. Radio Teherán transmitió las palabras de Jomeini ese 14 de febrero, y fue como tirar una piedra en un estanque: las ondas se expandieron a velocidad de vértigo.
Las agencias de noticias —Reuters, Associated Press, todas las grandes— captaron la historia inmediatamente. Al día siguiente, era primera plana en todos los periódicos del mundo. Las cadenas de televisión interrumpían su programación regular. Era el tipo de noticia que los periodistas sueñan y temen a partes iguales: dramática, sin precedentes, con implicaciones globales.
En el mundo musulmán, la cosa funcionó de manera más orgánica pero igual de efectiva. Los imanes la compartían en los sermones del viernes, el momento de la semana cuando las mezquitas están más llenas. Las embajadas iraníes actuaban como centros de distribución oficial, repartiendo copias del texto completo. Y aquí viene lo interesante: el fax, esa tecnología que ahora nos parece prehistórica, fue crucial. Permitió que el texto íntegro de la fatwa llegara a comunidades musulmanas en los lugares más remotos del planeta en cuestión de minutos.
En las comunidades musulmanas de países occidentales, organizaciones islámicas imprimieron panfletos explicando las razones religiosas de la condena. No era solo "maten a Rushdie"; venía con todo un aparato teológico de justificación. La fatwa se convirtió en tema de conversación en cafeterías de El Cairo, mercados de Karachi, y mezquitas de Londres. Era imposible escapar de ella.
Los intentos de asesinato a Salman Rushdie
Y aquí llegamos a la parte más oscura de esta historia. El ataque más reciente —y más brutal— ocurrió el 12 de agosto de 2022 en Chautauqua, Nueva York. Rushdie estaba a punto de dar una charla (irónicamente, sobre cómo Estados Unidos es un refugio para escritores perseguidos) cuando Hadi Matar, un joven de 24 años, saltó al escenario y lo apuñaló con aproximadamente diez puñaladas en el cuello, abdomen, pecho, mano y rostro.
Las secuelas fueron devastadoras. Rushdie perdió un ojo y el uso de una mano. Su hígado quedó seriamente dañado, los nervios de un brazo destrozados. Después de décadas esquivando la muerte, parecía que finalmente lo habían alcanzado. Pero sobrevivió. Y no solo eso, siguió escribiendo.
Pero retrocedamos un poco, porque la historia de violencia contra Rushdie empezó mucho antes. En 1989, un terrorista en Londres voló por los aires con su propia bomba, que aparentemente iba destinada al escritor. Ese mismo año, tres librerías en Berkeley, California, fueron atacadas con bombas incendiarias. El mensaje era claro: vender "Los Versos Satánicos" tenía un precio.
La violencia se extendió como una mancha de aceite hacia aquellos que trabajaban con el libro. En 1991, Ettore Capriolo, el traductor italiano, fue atacado en Milán. Sobrevivió, pero quedó marcado de por vida. Hitoshi Igarashi, el traductor japonés, no tuvo tanta suerte: fue asesinado a puñaladas en la Universidad de Tsukuba ese mismo año. Un profesor universitario, muerto por traducir un libro.
Durante años, Rushdie vivió como un fantasma. Protección policial las 24 horas, cambios constantes de ubicación, el seudónimo "Joseph Anton" (combinación de los nombres de Conrad y Chéjov, sus escritores favoritos).
Lo extraordinario es que nunca dejó de escribir. Después del ataque de 2022, cuando muchos esperaban que finalmente se retirara, publicó "Victory City" en 2023, una novela que había terminado antes del atentado. Es como si le dijera al mundo: "Pueden herirme, pueden desfigurarme, pero no pueden callarme".
El caso Rushdie se ha convertido en algo más grande que él mismo. Es una marca, un territorio, una línea en la arena. Cada vez que un escritor es amenazado en cualquier lugar del mundo, el fantasma de la fatwa contra Rushdie vuelve a aparecer. Su historia nos recuerda que la libertad de expresión no es gratis; a veces, el precio es altísimo.
Al final del día, la historia de los intentos de asesinato contra Salman Rushdie es una paradoja cruel: mientras más intentaban silenciarlo, más fuerte resonaba su voz. Las cicatrices en su cuerpo son reales, profundas, permanentes. Pero su espíritu escritor, esa necesidad compulsiva de contar historias, de provocar, de hacer pensar, esa sigue intacta. Y quizás, solo quizás, esa es la verdadera victoria sobre aquellos que querían verlo muerto.