Biografía
¿Sabías que Julio Cortázar nació en Bruselas en 1914? Sí, el mismo escritor que tanto amamos los hispanohablantes vino al mundo en plena Primera Guerra Mundial, lejos de Argentina. Pero fue Buenos Aires la que lo vio crecer, la que moldeó su mirada única del mundo. Y cuando en 1951 decidió irse a París (porque el peronismo lo ahogaba, confesaría después), nadie imaginaba que esa ciudad se convertiría en su hogar para siempre. Era un tipo alto, desgarbado, con una voz grave que podía hablar durante horas sobre jazz o boxeo. Un intelectual, sí, pero de esos que no te miran por encima del hombro.
Su primer golpe literario llegó con Bestiario en 1951, justo antes de cruzar el charco. Esos cuentos ya mostraban algo raro, algo que te dejaba pensando: ¿qué diablos acaba de pasar aquí? Pero el verdadero terremoto fue Rayuela en 1963. Imagínate: un libro que podías leer de mil maneras diferentes, saltando capítulos como quien juega a la rayuela de verdad. Los críticos no sabían si aplaudir o rasgarse las vestiduras. ¿Un rompecabezas literario? ¿Una tomadura de pelo? La verdad es que Cortázar había pateado el tablero, y el Boom latinoamericano tenía a uno de sus grandes arquitectos.
Pero seamos honestos: donde Cortázar brillaba como nadie era en el cuento. "La casa tomada" te deja con esa sensación incómoda de que algo anda mal en tu propia casa. "Axolotl"... bueno, después de leerlo nunca vuelves a mirar igual a esos animalitos en el acuario. Y ni hablar de "La noche boca arriba", que te hace dudar de tu propia realidad. Sus colecciones Final del juego y Las armas secretas son como cajas de Pandora: las abres y ya no hay vuelta atrás. Ah, y entre cuento y cuento, el hombre traducía a Edgar Allan Poe (¿coincidencia que ambos fueran maestros del terror psicológico?) y a Marguerite Yourcenar. Le gustaba Charlie Parker, tomaba fotos por las calles de París y seguía el boxeo con pasión de hincha.
Cortázar nos dejó en París en 1984, pero ¿realmente se fue? Cada vez que alguien lee Rayuela y decide empezar por el capítulo 73, cada vez que un escritor juega con la estructura de su relato, cada vez que la realidad se vuelve un poquito extraña en un cuento... ahí está Julio. Su gran logro no fue solo escribir libros geniales (que vaya si lo hizo), sino convencernos de que leer podía ser una aventura, un juego, hasta una forma de rebelión. Como él mismo decía, había que "romper los moldes", y vaya si los rompió. Nos enseñó que la literatura podía ser jazz: improvisación, ritmo, y esa magia que ocurre cuando todo fluye.