Biografía
¿Alguna vez has leído algo que te hace sentir como si alguien te hubiera dado un golpe en el pecho? Así era la poesía de Gabriel Celaya. Este tipo nació el 8 de marzo de 1911 en Hernani, ese rincón de Guipúzcoa donde las montañas se encuentran con el Cantábrico y el viento sabe a sal. Poeta y ensayista de pura cepa, Celaya acabó siendo una de las figuras más importantes —quizás la más valiente— de la poesía española del siglo pasado. Sus versos no se andaban por las ramas, iban directos a la yugular.
Durante los años 30 empezó a tantear el terreno literario, pero la cosa se puso seria después del horror de la Guerra Civil. En el 47 publicó "La soledad cerrada", un libro que cayó como una piedra en el estanque de la España franquista. Hablaba sin tapujos de la opresión, de las injusticias que veía cada día, de esas ganas locas de respirar libertad que todo el mundo tenía metidas en el pecho pero que casi nadie se animaba a gritar. Los censores del régimen se pusieron como fieras y lo prohibieron. Ironías de la vida: esa prohibición lo convirtió en el poeta rebelde que el país necesitaba, aunque fuera a escondidas.
Me pides que elija su obra cumbre y la verdad es que me pones en un aprieto, pero si me obligas, me quedo con "Cantos íberos" del 55. En esos poemas, Celaya intentaba descifrar qué narices significaba ser español en aquella España gris y amordazada. Nada de florituras ni versos enrevesados que solo entendían cuatro intelectuales; él escribía para la gente de a pie, con palabras que cualquier currante podía pillar mientras se tomaba un vino después del tajo. Sus poemas eran como cócteles molotov literarios, chispas para prender fuegos en las conciencias adormecidas.
Pero Celaya era mucho más que un poeta. También le dio fuerte al ensayo y a la crítica literaria. En trabajos como "Exploración de la poesía" e "Inquisición de la poesía", se hacía las preguntas del millón: ¿Para qué coño sirve la poesía? ¿Puede un puñado de versos cambiar algo en este mundo de locos? ¿Tiene que mojarse el artista o puede quedarse en su torre de marfil? Cuestiones espinosas que hoy día seguimos debatiendo en los bares y las facultades.
Lo que más me flipa de Celaya es su coherencia brutal. El tío mantuvo su compromiso con la justicia y la libertad durante décadas, aunque eso le trajera más de un dolor de cabeza con el régimen. Sus poemas eran puñetazos sobre la mesa, recordatorios constantes de que había que pelear por algo mejor que aquella mediocridad impuesta. Generaciones enteras de jóvenes encontraron en sus versos las agallas para plantar cara al sistema.
Los premios gordos tardaron en llegar, pero al final cayeron. En el 86 le dieron el Nacional de Poesía, y en el 91, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Para entonces sus libros ya habían saltado fronteras y se traducían a mogollón de idiomas. Aunque siendo sinceros, ¿qué falta le hacían los galardones a alguien que ya había conquistado el corazón de miles de lectores anónimos?
El 19 de abril de 1991, Madrid se quedó huérfana de uno de sus hijos más queridos. Pero aquí viene lo bueno: los versos de Celaya siguen tan vivos como el primer día, siguen dando guerra, siguen zarandeándonos para que no nos acomodemos. En estos tiempos raros donde parece que nada importa un carajo, su poesía nos agarra por las solapas y nos grita: "¿Y tú qué haces ahí plantado como un pasmarote?". Porque eso es lo que consigue la literatura cuando de verdad vale la pena: nos obliga a mirarnos al espejo, a no tragarnos cualquier cuento, a seguir dando la batalla por las cosas que merecen la pena. Y vaya si las hay.