El choque entre Miguel de Unamuno y José Millán-Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, es uno de los momentos más cargados de simbolismo de toda la guerra civil. Dos visiones de España y de la vida enfrentándose cara a cara: el filósofo y rector salmantino, con su fe inquebrantable en la razón y el derecho, frente al fundador de la Legión, portavoz del militarismo irracional que se había alzado en armas contra la República. Como emblema de ese conflicto, las palabras de Unamuno que todavía hoy resuenan en el inconsciente: "venceréis pero no convenceréis".
¿Qué ocurrió en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936?
¿Cuál fue el contexto histórico del acto del 12 de octubre?
Para entender lo que pasó aquel día, hay que situarse en el momento. Apenas habían transcurrido tres meses desde que empezara aquella pesadilla que fue la Guerra Civil. España estaba partida en dos: de un lado los republicanos fieles al gobierno, del otro los militares sublevados, a los que se habían unido falangistas, carlistas y conservadores. Y Salamanca se había convertido en el corazón político y militar de los sublevados, que se llamaban a sí mismos nacionales.
La Universidad de Salamanca, con sus ocho siglos de historia a cuestas, se había transformado en un escenario donde los insurgentes intentaban darle lustre a su causa. Y Miguel de Unamuno, el rector se encontraba en una situación complicadísima. Al principio había visto con buenos ojos el alzamiento —pensaba que podría poner orden en el caos que vivía el país—, pero la violencia que se desató después le abrió los ojos de golpe. Mientras tanto, España se desangraba. Los intelectuales como él miraban horrorizados cómo todo aquello en lo que creían se hacía pedazos ante sus ojos. La tensión era tal que cualquier acto público podía saltar por los aires, y más uno celebrado en el mismísimo templo del saber salmantino.
¿Quiénes asistieron al evento en el Paraninfo?
El Paraninfo estaba hasta los topes aquella mañana de octubre. En la presidencia, el obispo Enrique Pla y Deniel, el mismo que había bendecido el alzamiento con su pastoral "Las dos ciudades". También estaba Carmen Polo, la mujer de Franco, representando a su marido recién proclamado Generalísimo y ausente en aquellos momentos. Y por supuesto, el general Millán Astray, el fundador de la Legión, mutilado en combate y defensor acérrimo de los valores castrenses hasta las últimas consecuencias.
Entre los intelectuales del bando nacional destacaba José María Pemán, que tenía preparado uno de los discursos principales. Unamuno, como rector, ocupaba su sitio en la mesa presidencial, representando a la Universidad. A su lado, varios catedráticos de diferentes facultades. El público era un hervidero: falangistas con sus camisas azules, militares, estudiantes y ciudadanos salmantinos que apoyaban la causa nacional. Un ambiente, hay que decirlo, bastante hostil para cualquiera que se atreviera a disentir.
¿Por qué se conmemoraba el Día de la Raza en la Universidad de Salamanca?
La elección del Día de la Raza (hoy denominada Día de la Hispanidad) para este acto no fue casualidad, ni mucho menos. Esta festividad, que recordaba el descubrimiento de América, había cobrado mucha fuerza durante los años de Primo de Rivera como celebración de la "hispanidad" y del pasado imperial de España. Y claro, la Universidad de Salamanca, fundada allá por 1218, representaba perfectamente ese legado cultural que los sublevados querían reivindicar.
Los organizadores querían trazar una línea directa entre el glorioso pasado imperial y el "nuevo amanecer" que prometía el alzamiento. El Paraninfo, el espacio más solemne de la universidad, prestaba ese barniz académico e intelectual que tanto necesitaba un movimiento que, al fin y al cabo, había nacido de un golpe militar. Lo que se pretendía era vincular lo que ellos llamaban la "reconquista" de España con la empresa americana, presentando ambas como misiones civilizadoras. Esta apropiación de símbolos formaba parte de todo ese tinglado ideológico que estaba montando el primer franquismo, y la universidad salmantina, con su prestigio histórico, era la pieza perfecta del puzle.
¿Por qué se enfrentaron el rector Miguel de Unamuno y el fundador de la Legión Millán-Astray?
¿Qué postura defendía Unamuno como rector de la Universidad?
Para Unamuno, la universidad era algo sagrado. No un edificio con aulas, sino un espacio donde el pensamiento crítico y el diálogo racional debían reinar por encima de todo. Esta convicción no le había venido de la noche a la mañana; llevaba décadas como catedrático y pensador defendiendo que el conocimiento debía ser libre, independiente de cualquier presión política o ideológica.
El hombre era tozudo en esto, hay que decirlo. Durante toda su carrera había defendido la libertad intelectual con uñas y dientes, y eso le había costado caro: Primo de Rivera lo mandó al destierro junto con otros intelectuales, precisamente por no callarse. Y ahora, aunque al principio había apoyado el alzamiento (desilusionado por cómo iban las cosas con la República), empezaba a ver con horror la violencia que se había desatado. Como rector, sentía que su obligación era proteger la esencia misma de la universidad. Para él, era mil veces mejor convencer con argumentos que vencer por la fuerza, y esa idea guiaba cada una de sus decisiones. El problema es que defender estos valores en plena guerra civil era como caminar por el filo de una navaja, porque precisamente quienes decían luchar por la tradición española eran los primeros en querer acabar con la tradición universitaria de libertad de pensamiento.
¿Cuál era la ideología del general Millán-Astray?
Si Unamuno representaba el mundo de las ideas, Millán-Astray era todo lo contrario: pura acción, pura fuerza bruta. El fundador de la Legión había construido toda su filosofía vital alrededor del culto a la muerte heroica, la disciplina de hierro y un desprecio absoluto por todo lo que oliera a reflexión intelectual. Su lema, ese escalofriante "¡Viva la muerte!", lo dice todo: glorificaba el sacrificio hasta el punto de despreciar la propia vida.
El general había bebido de muchas fuentes para crear su mística militar. Le fascinaba el bushido japonés, el código de los samurais, y lo había mezclado con sus experiencias en las guerras de Marruecos. El resultado era una doctrina que exigía obediencia ciega y consideraba cualquier cuestionamiento como debilidad o traición. El hombre llevaba sus mutilaciones —le faltaban un brazo y un ojo— como medallas, como pruebas vivientes de su entrega a la patria. Su desprecio por los intelectuales no era una pose o una excentricidad; era parte de su manera de ver el mundo, en el que la fuerza siempre debía imponerse a la razón. Y en la Guerra Civil, como jefe de Prensa y Propaganda del bando nacional, dispuso del altavoz para propagar su discurso guerracivilista, demonizando al enemigo y justificando cualquier atrocidad en aras de la victoria.
¿Qué provocó la reacción de Unamuno durante el acto?
Lo que hizo estallar a Unamuno fue una mezcla de cosas que se fueron acumulando hasta que no pudo más. Según cuentan los que investigaron aquellos hechos (como Severiano Delgado), la gota que colmó el vaso fueron las palabras del profesor Francisco Maldonado, que se despachó a gusto contra Cataluña y el País Vasco, llamándolos "cánceres de la nación" que había que extirpar. ¿Te imaginas cómo debió sentirse Unamuno, vasco de nacimiento, defensor de la pluralidad española, al oír semejante barbaridad?
Pero no fue solo eso. Los discursos anteriores, especialmente el de Pemán, habían estado llenos de ataques a los intelectuales y a la razón. Y Unamuno llevaba días dándole vueltas al fusilamiento de su amigo Atilano Coco, un pastor protestante, y de otros intelectuales republicanos. Todo aquello le había abierto los ojos sobre la verdadera naturaleza del movimiento que inicialmente había apoyado. El ambiente en el Paraninfo era irrespirable: gritos de "¡Viva la muerte!" por parte de los falangistas, exaltación de la violencia... Todo lo opuesto a lo que una universidad debería representar. Fue demasiado. Unamuno no pudo aguantar más y tomó la palabra para defender lo que creía justo, sabiendo perfectamente lo que se jugaba.
¿Cuál es el significado de la frase "Vencer no es convencer" en el discurso de Unamuno?
¿Cómo contraponía Unamuno los conceptos de vencer y convencer?
Cuando Unamuno se puso en pie y dijo aquello de "vencer no es convencer", estaba resumiendo toda una filosofía en una frase. Para él "vencer" era avasallar al otro, someterlo por la fuerza bruta, sin razón ni justificación. Era la manera fácil, la de las armas y la fuerza. "Persuadir", en cambio, era mucho más complicado y precioso: conquistar las mentes y los corazones con la palabra, los argumentos, la razón.
Cuando les dijo "venceréis porque tenéis fuerza sobrada, pero no convenceréis", Unamuno les estaba diciendo algo terrible a los nacionales: podéis ganar la guerra, sí, pero nunca ganaréis la batalla moral e intelectual. En una universidad, donde las ideas se supone que vencen por su propio poder y no por edicto, esas palabras resonaban con fuerza. El rector esperaba lo peor: una victoria militar no haría más que dejar un país destrozado, resentido, dividido durante generaciones. Y acertó.
¿Qué implicaciones filosóficas tiene esta distinción?
La distinción que hace Unamuno va mucho más allá de aquel momento concreto en el Paraninfo. En realidad, está tocando temas que vienen desde Sócrates: la idea de que la verdad se busca mediante el diálogo, no se impone a golpes. Unamuno, que había bebido tanto del racionalismo ilustrado como de sus propias dudas existenciales, estaba estableciendo una jerarquía moral clarísima: la razón que persuade está por encima de la fuerza que coacciona.
Hay algo profético en esta distinción, porque anticipa reflexiones que después desarrollarían pensadores como Adorno o Horkheimer sobre cómo la propia razón puede volverse instrumento de dominación. Desde el punto de vista ético, "vencer no es convencer" es una crítica demoledora a esa mentalidad del "el fin justifica los medios". Para Unamuno, la legitimidad no viene solo del resultado, sino de cómo se llega a él. En términos políticos, estaba defendiendo que el poder solo es legítimo cuando cuenta con el consentimiento de los gobernados, no cuando se impone por la fuerza. Y todo esto conecta perfectamente con su obra anterior, con esa idea de la "agonía" como lucha constante por la verdad, con su amor por las paradojas como forma de acercarse a la realidad sin caer ni en el dogmatismo ni en el todo vale.
¿Cómo refleja esta frase la postura intelectual del catedrático salmantino?
Si tuviéramos que resumir todo el pensamiento de Unamuno en una sola frase, "vencer no es convencer" sería una candidata perfecta. Ahí está todo: su rechazo al pensamiento único, su amor por el debate y la contradicción, su concepción de la vida como una lucha constante (esa "agonía" de la que tanto hablaba) por encontrar la verdad. Esta frase es Unamuno en estado puro.
Como catedrático, siempre había defendido que en la universidad debe ganar el mejor argumento, no el que grita más fuerte o el que tiene más poder. Para él, el intelectual tenía que ser una especie de moscardón que no deja en paz al poder establecido, que cuestiona, que molesta. Y eso es exactamente lo que hizo aquel día. La frase también refleja perfectamente su "sentimiento trágico de la vida", esa tensión constante entre razón y pasión, entre lo que sabemos y lo que sentimos, que atraviesa toda su obra.
¿Qué consecuencias tuvo para Unamuno el enfrentamiento con Millán-Astray?
Las consecuencias fueron devastadoras, y rápidas. Después de su discurso y su famoso "Venceréis, pero no convenceréis" respondiendo al "¡Viva la muerte!" de Millán Astray, los asistentes al acto a punto estuvieron de linchar a Unamuno allí mismo. Solo la intervención de Carmen Polo, que se cogió del brazo del filósofo y lo sacó de la sala, evitó que lo asesinaran. Sin embargo, las consecuencias no habían hecho más que empezar: Franco no tardó ni un día en destituirlo como Rector. Así de simple, así de brutal.
Por supuesto, la cosa no quedó ahí. Lo pusieron bajo arresto domiciliario en su casa de Salamanca. Prácticamente incomunicado, vigilado constantemente. El régimen lo condenó al ostracismo más absoluto: no podía hacer declaraciones públicas, apenas podía ver a nadie. Un castigo terrible para alguien que había vivido para el debate y la palabra.
Todo aquello —el aislamiento, la angustia por lo que estaba pasando en España— lo hundió en una depresión profundísima. Su salud se fue a pique y murió poco después, el último día de 1936, en su casa de Salamanca. Sus últimos meses debieron ser terribles: desengañado con los republicanos, desengañado con los nacionales, viendo cómo España se destruía a sí misma. Y lo peor de todo: muchos de sus antiguos amigos y colegas lo abandonaron por miedo a las represalias. Murió solo, abandonado, pero con la dignidad intacta. Había dicho lo que tenía que decir, aunque le costara todo.