Biografía
Arthur Rimbaud nació en Charleville el 20 de octubre de 1854. Un caso único en la literatura. Escribió todo lo que iba a escribir antes de cumplir veintiún años, y luego calló para siempre. Cinco años bastaron para darle la vuelta a la poesía francesa, para abrir caminos que los surrealistas recorrerían décadas después. ¿Cómo explicar a alguien así? Un adolescente con visiones de profeta, genio precoz que se consumió rápido y dejó a todos preguntándose qué había pasado.
Ya a los quince años escribía versos que dejaban a sus profesores boquiabiertos. "El durmiente del valle" es de esa época: un soldado muerto que parece dormido entre las flores, y tú no te das cuenta de que está muerto hasta el último verso. "El barco ebrio" lo escribió con dieciséis, antes siquiera de haber visto el mar. Un barco a la deriva por todos los océanos del mundo, perdiendo el rumbo y la razón, disolviéndose en colores y visiones. Los surrealistas leerían ese poema sesenta años después y entenderían que Rimbaud ya había llegado adonde ellos querían ir.
En mayo de 1871 mandó unas cartas a sus profesores que cambiarían la historia de la poesía. Las "Cartas del vidente", las llaman ahora. "Yo es otro", escribió, una frase que todavía da que pensar. Y el programa: "desarreglar todos los sentidos" para ver lo que otros no ven. La formulación "Je est un autre" ("Yo es otro") y el programa del "dérèglement de tous les sens" (desarreglo de todos los sentidos) proponen una nueva función del poeta como explorador de lo desconocido, anticipando las concepciones del inconsciente que desarrollará posteriormente el psicoanálisis. De esa época viene también "Vocales", el poema donde Rimbaud le pone colores a las letras: A negra, E blanca, I roja... Un experimento con la sinestesia que los simbolistas tomarían como bandera.
Septiembre de 1871: Rimbaud conoce a Verlaine. Lo que sigue son dos años de locura, poesía y autodestrucción. Vagaron por París, Bruselas, Londres, escribiendo algunos de los textos más salvajes de la literatura francesa. Ahí nacieron los poemas de "Iluminaciones": prosa poética que rompe con todo, que libera al lenguaje de la métrica y de la lógica. "Adiós", "Democracia"... Rimbaud estaba viendo algo que sus contemporáneos ni sospechaban, anticipando grietas en la civilización occidental que tardarían décadas en hacerse evidentes.
"Una temporada en el infierno" (1873) es el único libro que Rimbaud publicó él mismo, y es también su despedida. Una autobiografía espiritual escrita a los diecinueve años, donde ajusta cuentas consigo mismo y con su proyecto de "vidente". Alterna prosa y verso, lucidez y delirio. El "Adiós" final suena a renuncia definitiva: el chaval que quiso cambiar la poesía está tirando la toalla.
"Iluminaciones" apareció después, publicada por otros, pero probablemente la escribió entre 1872 y 1875. Son poemas en prosa que funcionan como relámpagos: "Después del diluvio", "Infancia", "Genio". No siguen ninguna lógica narrativa, parecen brotar directamente del sueño o del delirio. Mallarmé los admiraba, los surrealistas los venerarían. Rimbaud había inventado una forma nueva de escribir poesía.
¿Y después? Silencio. Rimbaud dejó de escribir hacia 1875. Tenía veintiún años. Se dedicó al comercio en Abisinia y Arabia, mandando cartas que hablaban de negocios y nunca de literatura. ¿Por qué abandonó? Nadie lo sabe con certeza. Quizás agotó lo que tenía que decir. Quizás buscaba otra clase de intensidad. Sus cartas africanas no tienen ni rastro del poeta que fue.
La obra de Rimbaud cabe en un libro de bolsillo, pero su influencia es desproporcionada. Anticipó la alienación urbana, la crítica de Occidente, la explosión del yo poético. Simbolistas, dadaístas, surrealistas: todos pasaron por él. La muerte le llegó en Marsella el 10 de noviembre de 1891, tras el regreso forzoso desde África debido a un tumor en la pierna, cierra prematuramente una existencia que había consumido en cinco años todas las posibilidades de la experiencia poética. Su figura de "ángel en el exilio", según la expresión de Verlaine, cristaliza el ideal romántico del genio incomprendido, mientras que su obra continúa irradiando una modernidad que cada época redescubre según sus propias necesidades.